| Gobierno del disimulo |
| Escrito por Luis Pedro España N. |
| Jueves, 25 de Agosto de 2011 06:45 |
Para los que tienen más de 30 años de edad este título les recordará el famoso ensayo escrito por el dramaturgo José Ignacio Cabrujas, a mediados de los años ochenta, y que formó parte de uno de los documentos de la Comisión para la Reforma del Estado.
En ese ensayo se mostraba con ejemplos sencillos, jocosos y tragicómicos, la condición de apariencia que aún tenía nuestro Estado democrático cuando, y para entonces, cumplía con su quinto período presidencial, sin reelecciones y sin acomodaticias reformas constitucionales ni intento de ellas.Hoy no podemos sino hablar de que tenemos un gobierno del disimulo. Primero porque resultaría difícil de sostener que dispone de una de las condiciones básicas del Estado (aunque no su condición originaria), es decir, la existencia de reglas y procedimientos estables que estén por encima de las conveniencias circunstanciales de un gobierno o gobernante particular y, segundo, porque toda la supuesta realización descansa sobre una inmensa propaganda. Somos un gobierno que todo lo simula. Aparenta haber bajado la pobreza según unos números incompletos y cuestionables. Finge atender las necesidades de la población, gracias a una espectacular y grosera relación que no repara en humillar al pueblo exigiéndole lealtad y sumisión a cambio de promesas. Hace como que lucha contra grandes enemigos que se oponen a sus nobles intenciones, cuando en verdad dentro de sí lleva el estigma de la ineficiencia y la corrupción, la cual, cada vez que aparece oculta para defender quién sabe qué clase de proyecto milenarista. Imita ciertas excentricidades de los grandes caudillos y sus cuadros administrativos, para luego pretender ser parte, provenir y deberse al pueblo. Finalmente, no acepta ninguna otra versión de los hechos distinta a la propia, según sus datos e interpretaciones, con lo cual hace que no sólo tengamos un gobierno de maneras ensayadas, sino también descaradamente falaz. Todo lo vuelve parte del escenario para la simulación. Los seudos debates en la Asamblea Nacional, las declaraciones de los funcionarios, la imposibilidad de acceso de la prensa (o de quien sea) a las fuentes. La enfermedad, la salud, las desgracias naturales, los sucesos internacionales, las acciones del adversario, los triunfos deportivos, culturales o intelectuales de los compatriotas; todo, absolutamente todo, forma parte del ejercicio de la apariencia. Hasta la propia democracia es objeto de esta práctica. No hay crítica, sino autocrítica, no hay elecciones sino aclamaciones y asambleas de figurada participación directa. No hay participación sino interpretación de la voluntad del pueblo, no hay libertad de pensamiento, sino ideología única, patriótica y, claro está, verdadera. Pero este eterno ejercicio de la simulación le ha quitado el rostro de autenticidad que alguna vez tuvieron a los vientos de cambio que acompañaron a este gobierno. Le restó pasión y entrega voluntaria, sustituyéndola por temor o necesidad utilitaria, según el caso, atributos que una vez perdidos, como ineludiblemente ocurre con la juventud, nunca más vuelven, por lo menos no en el cuerpo que vendió sus mejores años y oportunidades a utopías cínicas y desvalorizadas. Urge reconstruir instituciones y principios que hagan que nuestros gobernantes dejen de tener que aparentar para efectivamente mostrar realizaciones auditables por terceros, incluso por sus propios opositores, para así gozar del respeto de sus electores y no de un agradecimiento que busca la docilidad del sirviente, cuando no del esclavo. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla EN |
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