| Recapitulemos sobre la política |
| Escrito por Luis Fuenmayor | X: @LFuenmayorToro |
| Lunes, 20 de Enero de 2025 00:00 |
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o de aventuras publicadas en la prensa, algo que después, en la medida que la cultura gringa nos penetraba, se comenzó a llamar “cartoon” o “comic”. Una de mis favoritas era la de “El Fantasma” (The Phantom), o duende que camina, de origen gringo, al igual que Tarzán (quizás la precursora de todas las tiras de aventuras), Trucutú, Mandrake el mago y varias otras. El nombre de este artículo me recordó un mensaje, que cada cierto tiempo se encontraba en la tira de El Fantasma, como un recordatorio del argumento central de la historieta. Decía: “Para quienes llegaron tarde”, e inmediatamente contaba el origen del relato. Es lo que queremos hacer en este artículo: recapitular los hechos más resaltantes de nuestra política, para ver si entendemos las causas de lo sucedido y cómo debemos actuar ahora. Mes y medio antes de la realización de las elecciones presidenciales, los grandes medios internacionales y nacionales de prensa, lograron implantar la matriz de opinión de que era imposible que Maduro ganara las elecciones. Mientras algunos hacíamos predicciones, que dependían del número de personas que votaran, es decir, basadas en la abstención, la matriz creada señalaba que ni un milagro podía hacer que Maduro ganara. Esto significaba, como lo denunciamos, que si Maduro ganaba, todo el mundo desconocería su victoria y cantaría fraude, como lo venía haciendo un sector de la oposición desde comienzos de este siglo. Siempre cantaron fraude. Si la matriz era cierta, no se requería entonces ni siquiera hacer elecciones, pues la derrota de Maduro era más que segura, y su victoria nunca sería creíble. Éste fue el primer paso importante de todo lo que vino después. En ese momento, denunciamos que la participación de María Corina no era sincera y que estaba motivada más por los hechos que se producirían luego de los comicios, que por el proceso electoral mismo. De hecho, sólo se empeñaron en ganar o en hacer creer que ganaban. No les interesó lo que, siguiendo a los chilenos cuando Pinochet, llamaban “cobrar”, es decir que les reconocieran el triunfo, ni tampoco la última fase: que les entregaran el gobierno. Estas son fases vitales de toda elección contra un régimen dictatorial o autoritario. Pero, una transición pacífica no era lo conveniente a los planes de María Corina. La PUD, dirigida por ella, la puso como la elegida, a sabiendas de que el gobierno no la iba a aceptar en ningún caso. Impedida de participar, destruyó a pre candidatos como Manuel Rosales, cuya presencia fue la que garantizó la prórroga, que permitió tuvieran un candidato guarda puesto, que terminó siendo el candidato presidencial impuesto por María Corina: González Urrutia, un desconocido que prácticamente era su alter ego. La gente votó por quien suponía tenía más apoyo para derrotar a Maduro, pues el voto fue realmente contra Maduro. Aun así, la votación no fue masiva, la abstención fue alta, escenario que hacía posible el triunfo de Maduro. Casi a media noche del 28 de julio, Amoroso declaró ganador a Maduro, cuando los resultados presentados estaban muy lejos de ser irreversibles, pues la diferencia entre los dos primeros no era grande y faltaba el 20 por ciento de los votos por escrutar. El CNE se paralizó luego, escudándose en un supuesto jaqueo del sistema informático del organismo. Se incumplió con la obligación legal de terminar las auditorías pendientes, de publicar los escrutinios mesa por mesa y totalizados y de proclamar sólo cuando el 100 por ciento de los votos hubieren sido escrutados. Como era esperable, González Urrutia no pudo cobrar su real o supuesto triunfo, pues María Corina trabajó intensamente para ello, como lo hemos dicho. El gobierno argumenta que no puede permitir que el fascismo tome el país y arranca una campaña de persecución, de la que todos hemos sido testigos y muchos han sido víctimas. Recurre al absurdo de acabar con la democracia para defenderla y de enfrentar al fascismo con medidas fascistas. Los poderes institucionales competentes: el CNE y el TSJ, controlados por el Ejecutivo gracias a la abstención opositora de 2005, señalan ganador a Maduro, a quien proclaman sin cumplir con los requisitos legales existentes y a quien juramentan el 10 de enero pasado. Se entiende de todas maneras que no es la OEA, ni la UE, ni EEUU, ni la ONU, unos expresidentes, quienes determinan quién es el Presidente de Venezuela. Al no presentar los escrutinios electorales que demostraran su triunfo, el gobierno recién instalado no goza de la legitimidad de origen debida. Esto es claro. Pero, los opositores que se atribuyen el triunfo, tampoco presentaron sus pruebas donde tenían que hacerlo. Es más, los tres partidos que apoyaron a EGU declararon en el TSJ, que no tenían las copias de las actas, que no sabían de dónde habían salido las actas publicadas en la Web, que ignoraban quien las había publicado y que fue SUMATE la organización encargada de las actas. Por lo tanto, nadie puede tener la seguridad, con absoluta certeza, de quién fue realmente el ganador de las elecciones, a menos que se siga por la matriz de opinión creada por los medios o por las decisiones institucionales controladas por el gobierno. Se entiende y se acepta, aunque explícitamente no se diga o se niegue en forma vehemente, que en el proceso de toma del poder político todo vale, incluyendo las acciones ilegales e inconstitucionales como el golpe de Estado o la insurrección popular. Cuando son exitosos, son legitimados por sus victoriosos protagonistas. De hecho, casi todos conmemoran el golpe del 23 de enero de 1958, una buena parte de la socialdemocracia conmemora el golpe “cívico militar” del 18 de octubre de 1945, los seguidores de Chávez y de Maduro conmemoran y casi lo convierten en fecha patria, el golpe fracasado del 4 de febrero de 1992, mientras María Corina y los suyos conmemoran el golpe del 12 de abril de 2002. Al del 4F lo han querido convertir en una insurrección cívico militar, lo que está muy alejado de la realidad, pero los ganadores hacen la historia a su conveniencia. Realmente, el uso de la violencia para lograr cambios políticos sigue siendo, en el mundo entero, el pan nuestro de cada día, y nuestro país está muy lejos de ser la excepción. Al final, no es un problema ético ni moral si María Corina y EGU se proponen utilizar la violencia para sus fines políticos, pero si no tienen la fuerza necesaria para ello, es irresponsable asumirlo y crear esas expectativas en la población. Convocar a la gente a las calles, para que sean reprimidos, los hieran, los maten o los apresen, y abandonarlos luego, tal y como siempre han hecho, no es algo que se pueda apoyar, independientemente de lo pésimo que sea el gobierno. Mucho menos se pueden apoyar sus llamados a invasiones militares o la contratación de mercenarios, que cínicamente presentan como intervenciones humanitarias. Por otra parte, no se puede apoyar la deriva autoritaria-dictatorial del régimen de Maduro, la cual hay que enfrentar sin desviaciones supuestamente heroicas, que individualmente pueden ser muy enaltecedoras, pero que colectivamente conspiran contra la lucha a largo plazo. Y claramente hay que seguir luchando por la satisfacción de las necesidades de la gente y porque nuestra nación, además de soberana e independiente, alcance a tener lo que Bolívar dijo: la mayor suma de felicidad posible, afirmación que simplemente ha sido convertida, por quienes se autodenominan bolivarianos, en palabrería hueca, demagógica y hasta cínica. Por delante tenemos un trabajo arduo a mediano y largo plazo, cuyos resultados muchos no veremos, ni disfrutaremos, pero que necesariamente se harán realidad para satisfacción de la nación venezolana. |
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