¡Omar, no seas tan Barboza! ¡Julio, qué tipo tan Borges!
Escrito por Argenis Machado   
Martes, 11 de Agosto de 2009 21:09

altEstamos entrando a la arena. El toro aturnea mostrando sus cuernos y brama porque se sabe herido. Huele el hedor de la sangre. Su sangre. Y apuesta más al terror  que provoca que el daño que adivina en su cornamenta.

La diferencia entre un político, con minúsculas,  y un POLÍTICO, con mayúsculas, radica en dos apéndices: la nariz, base del olfato; y el corazón, base de las decisiones. Cuando se está ante un político con minúsculas, tengan ustedes por seguro que carece de olfato y corazón. Da palos de ciego o sigue a la manada. Tranca a la caravana y retrasa el galope. Se está de hecho ante un administrador, un contable, un peón. Jamás ante un POLÍTICO. Cuando por el contrario se enfrenta usted a un POLÍTICO, se asombrará por la conciencia del momento, el sentido de la oportunidad, la cabal comprensión de su circunstancia. Tiene el olfato afilado y educado a diferenciar los distintos aromas que emergen de los volcanes profundos del escenario nacional. Y se echa a correr delante de los rezagados, dando el ejemplo para el ataque final.

Aquel, el político, no logra descifrar el entorno. Y por supuesto posterga todas las decisiones. Prefiere el conciliábulo, las tratativas, las postergaciones y componendas. Las comisiones de trabajo y los documentos encargados. Le aterra el momento de la verdad y se devuelve en cuanto huele el humo de las lacrimógenas, no digamos el fragor de los cañones o el filo de los aceros.

Éste, el POLÍTICO, ve debajo del agua y adivina detrás de los montes, se enerva ante el ruidos de los sables y afila sus cuchillos. Sabe que el enfrentamiento es inevitable y prepara sus huestes. No le teme al asalto: lo dirige hacia la victoria.
La oposición venezolana ya comienza a diferenciarse entre políticos y POLÍTICOS. Mire a su alrededor y ya verá cómo se distinguen unos de otros. Los que dan el pecho y preparan las celadas, de los que prefieren colocarse detrás de los burladeros. Aquellos saben que, como en el toreo, el asunto es de vida o muerte. Y preparan su acometida. Estos, quisieran salir corriendo y evitar no sólo que la sangre llegue al río, sino de evitar el menor pinchazo. ¿Torear con alfileres?
Estamos entrando a la arena. El toro aturnea mostrando sus cuernos y brama porque se sabe herido. Huele el hedor de la sangre. Su sangre. Y apuesta más al terror  que provoca que el daño que adivina en su cornamenta. ¿Quiénes saldrán a darle la estocada?
Los POLÍTICOS. El resto es silencio.


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