| ¿Y si nos acostumbramos? |
| Escrito por Víctor Maldonado C. | X: @vjmc |
| Lunes, 10 de Octubre de 2011 14:23 |
Cuesta acotar lo que estamos viviendo. ¿Qué es el chavismo? Es una pregunta que tiene muchas aproximaciones, desde las que reivindican el supuesto empoderamiento del pueblo
hasta las que hacen referencia a la constitución de un régimen que aspira al poder total, y que sin embargo invierte pocas energías en el gobierno. Hemos aprendido que actos de poder y actos de gobierno son sustancialmente diferentes al momento de valorar su utilidad pública. Pero esa discriminación no es suficiente para comprender nuestra situación política, y cómo esta experiencia se conecta con nuestra tradición patrimonialista y caudillista. Chavismo es la disposición de lo público con criterio privado. También es la repulsa constante de todos los límites institucionales, permanentemente injuriados como barreras a la supuesta fuerza transformadora que tiene la voluntad del líder. Es concentración de todo el poder con la justificación de la reivindicación social. Y por supuesto, es la conexión emocional con las promesas factibles pero tramposamente postergadas. Chavismo es lotería y apuesta con la intención de mantener a la gente en vilo, en constante tensión con el acaso de la suerte. Chavismo es un aparato de propaganda especializado en demoler y destruir todas las convenciones republicanas para sustituirlas por la ideología de la supremacía impuesta por la fuerza y del odio. Chavismo es linchamiento y hegemonía, corrupción y extorsión. Es la debacle de la decencia y la pérdida de cualquier sentido de fronteras entre espacios, tiempos y contextos. Todo esto es cierto, pero también que esta forma de dirigir el país tiene una gran capacidad para retribuir al grupo que está en el poder con una capacidad de disposición que no requiere de controles. ¿Y si nos acostumbramos? El peligro está en que un nuevo gobierno invoque la emergencia nacional para no intentar una transición hacia una gestión diferente. Es demasiado atractiva la PDVSA insustancial pero organizada como una potente “yes man” disponible para cualquier capricho presidencial. También resulta tentadora esa posibilidad para la reelección perpetua que atornilla a los gobernantes en el poder e impide cualquier alternancia o relevo entre las élites. Demasiado poderosa esa capacidad para disponer de fondos en dólares escamoteándole las atribuciones a un Banco Central que debería ser independiente. Y muy cómoda esa práctica de la mayoría que aplasta cualquier disidencia y se niega al debate pluralista y al trámite cotidiano del conflicto a través del diálogo social. Nos podemos acostumbrar al chavismo arrogante que solo está equipado para la descalificación y que desprecia cualquier aporte social ante la más pequeña disidencia de la línea oficial. Podemos pensar que la mejor manera de conducir al país es desde un estado poderoso, tal y como lo entendemos por estas latitudes, más allá del derecho y depredador de las instituciones, el mercado, y la sociedad. Nos podría parecer apropiado el continuar disponiendo del país como si el hecho de estar en el gobierno nos otorga una patente de infalibilidad frente a una masa que consideramos incapaz pero a la que halagamos como clarividente. El peligro es que administremos el post-chavismo con las mismas herramientas del chavismo, bajo el supuesto de que mientras más grande, poderoso e interventor sea el Estado mejor nos irá a todos. El riesgo, pero también la tentación, es la inercia. El talante democrático no se improvisa. Y ya son muchos años los que nos distancian de esa práctica dialógica en la que el adversario podía ser un aliado para salvaguardar los altos intereses de la patria. Por eso hay que sortear desde ahora mismo los peligros de esta inercia autoritaria que se presenta en forma de tentación constante. Hay que romper con la inercia autoritaria. La no reelección es un imperativo moral. El restablecimiento de los derechos y garantías constitucionales no pueden ser negociables. Y la constitución de un gobierno limitado, no intervencionista, y que practique la división de poderes no debe admitir discusión. Y si se confía en la gente y en la ley, entonces no pueden mantenerse las trabas al emprendimiento. Estamos arruinados por un gobierno especializado en asfixiarnos. No podemos resignarnos a que esa sea la única forma de encarar nuestro destino, y hay que debatir no solamente “los qué” sino también “los cómo”. Hemos comprado por muchos años que un venezolano transformado en burócrata tiene la capacidad taumatúrgica de resolver cualquier entuerto. Por eso no sobran las declaraciones de principio y los acuerdos unitarios, sobre todo porque en algunas caras se ve un hambre ancestral de poder chavista que hay que controlar antes que sea demasiado tarde. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla |
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