| Socialdemocracia con brújula |
| Escrito por Freddy Marcano | X: @freddyamarcano |
| Martes, 01 de Julio de 2025 00:00 |
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Bajo la égida de Rómulo Betancourt, la política se entendió como un oficio comprometido con el bienestar colectivo, pero también como una práctica profundamente vinculada al ejercicio del poder y al uso de la renta petrolera como instrumento para generar transformación social. Durante décadas, esa socialdemocracia criolla construyó instituciones; consolidó la democracia y la modernización; y, en sus mejores años, promovió la movilidad social. No obstante, también se fue acomodando al clientelismo, al populismo y a una peligrosa cultura rentista que terminó por deteriorar sus propias bases éticas y políticas. El problema no estuvo en la socialdemocracia como modelo, sino en su incapacidad para actualizarse, para romper con el paternalismo y entender que un ciudadano maduro no necesita un Estado que lo mantenga, sino uno que lo habilite. Aquí es donde cobra sentido mirar más allá de nuestras fronteras y considerar las lecciones de la Tercera Vía impulsada por Tony Blair en el Partido Laborista británico. Blair no demolió la socialdemocracia, la reinventó. Comprendió que el Estado no puede ser ni omnipresente ni ausente; debe ser eficiente, inteligente y facilitador. Mientras en Venezuela ahora seguimos enfrascados en el dilema entre estatismo y liberalismo salvaje, Blair propuso una síntesis: un mercado fuerte con un Estado social activo, pero sin sobreproteger ni asfixiar la iniciativa individual. Si Venezuela quiere rescatar su tradición socialdemócrata y evitar caer en los extremos de un populismo perpetuo o de un liberalismo desalmado, debe caminar hacia una socialdemocracia moderna y flexible. Se trata de pasar de un Estado dador a un Estado habilitador, que no garantice riqueza, sino igualdad de oportunidades. La educación debe ser el nuevo petróleo, la productividad debe reemplazar la renta como motor de la prosperidad y la ética del trabajo debe superar la lógica de la dependencia. Es urgente construir un nuevo contrato social que deje atrás la relación paternalista entre el ciudadano y el Estado y lo sustituya por un vínculo de corresponsabilidad: el Estado, bajo esta visión, crea las condiciones de aplicación de las políticas, y el ciudadano responde con esfuerzo y compromiso. El liderazgo que necesitamos no es el que reparte prebendas, sino el que explica las realidades con crudeza y convoca a la ciudadanía a asumir sacrificios racionales. Debemos formar líderes con vocación y competencia, que practiquen la política como ciencia, pero más importante como un oficio serio y responsable. La época de los caudillos providenciales debe quedar atrás. Es tiempo de liderazgos que construyan consensos, no que fabriquen aduladores. La socialdemocracia venezolana necesita mirar hacia adelante, no como una moda, sino como una oportunidad para corregir sus vicios históricos y modernizar sus prácticas. Venezuela tiene una tradición democrática que, aunque maltratada, no está perdida. Lo que se requiere es un proyecto que recupere la confianza, que rompa con los ciclos de frustración y promueva una ciudadanía activa, productiva y consciente. La verdadera socialdemocracia del siglo XXI no es la que promete todo, sino la que enseña a cómo construirlo. No se trata de renunciar al rol social del Estado, sino de redefinirlo. Esta nueva idea nos ofrece pistas: ni todo es mercado, ni todo es Estado. La respuesta es lograr un equilibrio virtuoso, donde el desarrollo no dependa de la dádiva, sino de la capacidad colectiva de generar bienestar sostenible. Frente a las propuestas liberales que apuntan a reducir al máximo la intervención del Estado y que desconfían de sus capacidades redistributivas, es importante advertir que las sociedades profundamente desiguales y fragmentadas difícilmente sostienen democracias estables. La eficiencia del mercado es necesaria, pero no suficiente. Por eso, debemos seguir generando ideas y, la socialdemocracia renovada, ofrece una alternativa más equilibrada, donde el mercado tiene espacio para crecer, sin dejar de lado la protección social ni la igualdad de oportunidades. El verdadero desafío es no repetir los errores del pasado: ni el paternalismo ni la indiferencia y, muchísimo menos, el populismo o el egoísmo liberal. Una socialdemocracia modernizada y racionalizada, como lo ensayó el laborismo británico, puede ser el camino para una nueva forma alternativa de lucha en un mundo donde está prevaleciendo los extremismos y las diferencias, y que nos ayude a recuperar el futuro y la democracia que tanto añoramos, dejando a un lado la desilusión que nos embarga. |
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