Los economistas y la piedra filosofal
Escrito por Rodolfo J. Méndez   
Viernes, 29 de Mayo de 2026 00:10

altLa predominante visión de un irreductible conflicto entre la mentalidad científica y la fe religiosa se basa en creencias anacrónicas de naturaleza filosófico-metafísica sobre lo que realmente son la ciencia y la religión.

Los economistas estamos en la mejor posición intelectual posible no sólo para comprender la raíz de este problema y ayudar al resto de la sociedad a superarlo, sino para iluminar el potencial papel de esta superación en una escapatoria al callejón sin salida en el que parece encontrarse la humanidad frente al cambio climático y otros retos de escala global que enfrenta en el siglo XXI.

Los no economistas que lean esto se preguntarán escandalizados y escépticos: ¡¿pero por qué los economistas?! La respuesta es triple. En primer lugar, porque los argumentos filosóficos para desmontar estas anacrónicas creencias fueron formulados en el siglo XVIII, en su forma más rigurosa y definitiva, por dos de los padres de la ciencia económica: David Hume (1711-1776 ) y Adam Smith (1723-1790), grandes amigos entre sí. En segundo lugar, y tal vez lo más importante, porque los nuevos fundamentos de la ciencia establecidos tras esa demolición —gracias a los filósofos Immanuel Kant (1724-1804) y Hans Reichenbach (1891-1953) — requieren del tipo de razonamiento típico de la ciencia económica para ser comprendidos a plenitud. En tercer lugar, por la potencial relevancia para la economía global que la superación de estos prejuicios puede tener. 


El espejismo cientificista y la ilusión de la certeza

El supuesto conflicto esencial entre la ciencia y el cristianismo (y la religiosidad en general) suele sustentarse en una premisa muy concreta: que el único conocimiento y visión legítimos del mundo son los que se derivan de manera lógica de la evidencia de los sentidos, obtenida a través de la observación y la experimentación metódica.

Bajo este prisma cientificista, las teorías científicas —especialmente las físicas—, al ser presumiblemente las únicas en satisfacer este requerimiento serían también las únicas proposiciones legítimas sobre la realidad tanto natural como social. 

Desde esta perspectiva, resulta totalmente ilegítimo postular, como lo hace el cristianismo, una finalidad o un sentido en la estructura del universo, incluso si se trata de uno tan loable como para sustentar la esperanza en  el triunfo final de la bondad, la justicia y la felicidad en las sociedades humanas. Para el cientificismo, este tipo de creencias religiosas no son más que creencias irracionales nacidas de necesidades psicológicas muy humanas pero que nunca deben ser la base para nuestra visión del cosmos.

¿Pero qué ocurre entonces con la moral? ¿Cómo puede fundamentarse y motivarse el deber moral, en especial la solidaridad y la prosocialidad entre seres humanos sin vínculos familiares directos? En este punto, los cientificistas defienden que el deber a la solidaridad y la defensa de los derechos humanos pueden derivarse lógicamente de supuestas premisas autoevidentes, y que quien las comprende se ve automáticamente motivado a cumplir dicho deber, una visión de larga tradición en filosofía,  remontándose al menos a Sócrates (siglo V a.C) y relanzado en los tiempos modernos por Kant.

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La revolución filosófica de Hume

Aquí es donde entra la revolución de  David Hume. Con la misma agudeza analítica que el Hume economista desentrañó muchos fenómenos monetarios (en "On Money"), el Hume filósofo mostró (en "An Enquiry Concerning Human Understanding")  que las teorías científicas no pueden derivarse únicamente de la evidencia empírica, sino que se complementan con supuestos metafísicos tan infundados como los de la religión.

El más básico de ellos es el  supuesto de validez del juicio inductivo. El cientificismo ingenuo asume que el pasado garantiza el futuro: que si el sol ha salido siempre, saldrá mañana. Pero Hume demostró que no existe ninguna estructura lógica que garantice que el futuro vaya a replicar al pasado (o que el pasado remoto sea una una réplica del presente). Que hayamos visto diez mil cisnes blancos solo demuestra que hasta ahora no hemos visto ninguno negro, pero no permite descartar que aparezca uno en el futuro o haya existido alguno en el pasado remoto. Para conectar los datos observados con el futuro (o el pasado remoto), la ciencia se ve obligada a asumir de forma infundada la existencia de inmutables y universales leyes naturales, además de la validez de la causalidad. Estos supuestos no son verdades lógicas puras; al igual que los supuestos religiosos, se derivan de necesidades psicológicas humanas que se han desarrollado en el transcurso de nuestra evolución presumiblemente por sus ventajas para nuestra sobrevivencia.

Pero, además, Hume acabó también con el espejismo de la posibilidad de derivar el "deber ser" del "ser", la moral a partir de los hechos empíricos, mostrando que no existe puente lógico posible entre ambas esferas. Describir cómo es la naturaleza no nos dice cómo debemos actuar. Al igual que ocurre con nuestras ideas metafísicas de leyes naturales y causalidad, nuestros más excelsos valores morales son fenómenos psicológicos instintivos y evolutivos.


Reichenbach: La ciencia como estrategia dominante

La demolición de Hume pareció dejar sin fundamentos tanto a la ciencia como a la ética, como barcos flotando en el escepticismo absoluto. Immanuel Kant intentó buscar un nuevo fundamento objetivo para la primera en la estructura de la mente humana, pero fue el filósofo Hans Reichenbach quien lo consiguió, recurriendo como ya hemos dicho a una perspectiva propia del análisis del comportamiento económico.

Reichenbach abandonó definitivamente el intentó de demostrar que la inducción científica fuera una verdad metafísica objetiva y, en su lugar, planteó el problema como una elección bajo incertidumbre profunda (en el sentido del economista Frank Knight, 1885-1972), utilizando el enfoque Maximin o principio Minimax, que consiste en elegir la estrategia que minimice nuestra máxima pérdida posible ante el peor escenario.

Imaginemos un juego contra la naturaleza. Solo hay tres mundos posibles:

●    El mejor escenario: El universo posee regularidades y leyes subyacentes totalmente estables. 

●    Escenarios intermedios: El universo posee regularidades y leyes subyacentes transitorias y erráticamente fluctuantes.
 
●    El peor escenario: El universo es un caos absoluto y su predecibilidad solo aparente y efímera (un escenario defendido por el filósofo francés contemporáneo Quentin Meillassoux, n. 1967). 

En el primer caso, actuar de acuerdo al método inductivo (aprender de la experiencia) eventualmente descubrirá las regularidades y leyes y convergerá hacia la verdad; en el segundo caso, al menos permitirá sacar ventaja de las regularidades y leyes que persistan por suficiente tiempo; pero, en el tercer caso, el método inductivo fallará estrepitosamente. Sin embargo, y aquí entra el giro economicista de Reichenbach, en este último caso, el de en un mundo caótico, cualquier otro método (la astrología, la intuición o el azar) también fallará.

Para un economista, esto es la demostración matemática de una estrategia dominante. La inducción domina a cualquier otro método de predicción: si el mundo es predecible en mayor o menor medida, es el único billete de lotería que puede ganar poco o mucho; si no lo es, da igual el billete que compres porque nadie ganará. Apostar por la ciencia no requiere un fundamento metafísico objetivo; es simplemente una apuesta racional, un posit basado en la utilidad esperada.


El debate sobre la religión 

Si la ciencia y la religión comparten la misma raíz —ser estructuras metafísicas subjetivas ancladas en necesidades psicológicas humanas—, ¿qué conclusiones pueden derivarse respecto a la legitimidad y/o utilidad de la fe religiosa a la luz de las críticas de Hume? En este punto, los dos grandes amigos, Hume y Smith, llegaban a conclusiones muy distintas, a pesar de que Smith estaba de acuerdo con las críticas de Hume.

Ambos coincidían en que no se sostenía la supuesta objetividad metafísica de las teorías científicas frente a la subjetividad de toda visión religiosa. Al final del día, toda visión metafísica resultaba subjetiva y anclada en necesidades psicológicas humanas, con lo que en ambos terrenos los seres humanos deberían abandonar el dogmatismo y ser tolerantes, lo que puede considerarse la principal conclusión a la que ha convergido en el siglo XX toda la historia del pensamiento filosófico.

También coincidían en que, a pesar de ello —y esto es lo que Reichenbach demostraría siglos después con su enfoque económico—, la fe metafísica en la estabilidad de la naturaleza y la causalidad era, claramente útil para la supervivencia humana, ya que estimulaba a los seres humanos a persistir en la detección y recopilación de las regularidades empíricas potencialmente útiles (aunque ya no con certeza metafísica) para la predicción y desarrollo tecnológico,  sin que exista aproximación alternativa que pueda hacerlo mejor en los hipotéticos casos en que esta fe fallase. 

Finalmente, compartían que, bajo esta perspectiva, la creencia en ideas metafísicas religiosas sólo podría justificarse si pudieran encontrarse configuraciones de ellas que mostraran ser de utilidad para la supervivencia y bienestar de las sociedades humanas. Esta utilidad, obviamente, no podría encontrarse en el campo de la predicción y la innovación tecnológica, pero sí potencialmente en el de la motivación del comportamiento ético social solidario y el del bienestar psicológico individual.

Aquí es donde los dos amigos se separaron de forma radical. David Hume estaba convencido de que las creencias religiosas eran en este sentido siempre perjudiciales y, además, innecesarias. Para él, nuestra moralidad instintiva ya nos aportaba toda la solidaridad que requeríamos.

Adam Smith difería profundamente. Si bien también confiaba en nuestros instintos éticos, que desentrañó en su tratado "The Theory of Moral Sentiments", sostenía que la fe religiosa jugaba un papel fundamental en potenciar y reforzar estos sentimientos, una posición de utilidad social que luego contribuiría a defender también Kant en su "Crítica de la Razón Práctica".

El verdadero imperativo de la responsabilidad

Al final del camino, descubrimos que admirar la ciencia no exige arrodillarse ante el mito del inductivismo metafísico. La ciencia es la mejor apuesta que tenemos en un tablero irreductiblemente incierto y este baño de humildad puede resultar crucial en el que tal vez sea el momento más crítico de la historia humana.

Frente a desafíos colosales como el cambio climático, ha quedado claro que nuestras sociedades padecen un peligroso déficit de solidaridad. El optimismo de Hume, que creía que nuestra moralidad instintiva nos aportaría de forma natural toda la cohesión necesaria, ha resultado insuficiente ante problemas de escala global. Nuestros instintos biológicos sirven para cuidar a la tribu cercana, pero se congelan cuando tienen que proteger el clima del próximo siglo o coordinar sacrificios económicos a nivel planetario.

Por eso, filósofos y científicos sociales de la talla de Jürgen Habermas (1929-2026), Hans Joas (n. 1948) o Hartmut Rosas (n. 1965), o nuestro compatriota y mentor, el economista y filósofo venezolano Emeterio Gómez (1942-2020), nos invitan a romper el viejo tabú ilustrado que negaba cualquier lugar a la religiosidad en el futuro de la humanidad. Nos proponen mirar a la religiosidad con ojos de ingenieros institucionales y de manera profundamente abierta y creativa. No se trata simplemente de un regreso a las formas tradicionales, dogmáticas o ya institucionalizadas de la fe religiosa, sino de explorar el potencial de lo trascendente como una tecnología simbólica, narrativa y ritual flexible y adaptable a las nuevas necesidades humanas tanto en los planos ético como psicológico.

Se trata de desentrañar cómo las estructuras de sentido, los rituales colectivos y la noción de lo sagrado pueden ser reinterpretados y adaptados para expandir nuestra prosocialidad y despertar una ética de la responsabilidad intergeneracional que el razonamiento puro o el cálculo oportunista son incapaces de generar. Al fin y a la postre, tanto la historia como la moderna psicología social apuntan en la misma dirección: las narrativas y rituales que conectan al ser humano con algo más grande que sí mismo han sido, y pueden seguir siendo, el pegamento de cooperación más potente de nuestra especie, ya sea en sus formas tradicionales o, más probablemente, bajo nuevas y creativas formas secularizadas como la "fe filosófica" propuesta por Karl Jaspers (1883-1969) o la "fe común" soñada por John Dewey (1859-1952).

Despojadas de sus falsos absolutos, las élites intelectuales y políticas deben abandonar sus disputas contra todo tipo de creencia religiosa o espiritual y sustituir la soberbia por la tolerancia. Ya no pueden apelar a una supuesta superioridad del conocimiento científico en el plano metafísico que nuestro colega Hume demostró inexistente. 

Tanto las ecuaciones que describen la evolución del planeta como los sistemas simbólicos que nos motivan a quererlo y cuidarlo nacen de la misma raíz evolutiva: mitigar el peso insoportable de la incertidumbre y proteger la vida. Ante un planeta herido y un futuro incierto, la reconciliación y la exploración conjunta entre la razón predictiva y la motivación espiritual no es un retroceso al pasado; es la decisión más humilde, urgente y racional que nuestras sociedades pueden tomar.

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