| Simetrías y singularidades |
| Escrito por Colette Capriles |
| Jueves, 15 de Septiembre de 2011 07:29 |
Diez años después, las imágenes continúan provocando el mismo estado de desconcierto. Mirando de nuevo el brillante cielo azul contra el que se destacan,
como dinosaurios heridos, esos monolitos atravesados por el odio, pienso que lo más extraordinario de ese día fue la conciencia de espectáculo que se revela a través de la minuciosidad de la puesta en escena y del efecto de devastación psíquica causado.No es tanto el daño y la sangre lo que se perseguía, como su visibilidad, su multiplicación en cada retina posible. El mal es prodigioso a veces, sobre todo cuando toma formas que nos devuelven a la vulnerabilidad de la infancia o de los primeros tiempos. Fue un guión que combinó varios espantos que la modernidad ha desafiado porque, en definitiva, la palabra clave es esa: aviones y torres inmensas, comunicaciones sofisticadas, otros tantos altares de lo moderno mostrados entonces como verdaderos instrumentos de la destrucción de esa misma modernidad. Cada año se reflexiona sobre ese día, tratando de ligarlo con unos antecedentes y unas consecuencias, tratando de hacerlo parte de una historia. Florecen las teorías de la conspiración atesoradas por mentalidades simples o fanáticas (es contradictorio, pero la sofisticación de los complots imaginados es inversamente proporcional a la inteligencia de quienes los propagan). Quizás la implacable racionalidad de los medios de la destrucción es lo que hace más difícil descifrarla, exactamente como ocurrió con la maquinaria nazi de la muerte. Tanto orden, tanta precisión, tanta eficacia con tan pocos medios resultan casi inverosímiles, precisamente porque están al servicio de la aniquilación. Y también porque se trató de la escenificación de una idea. Esto es quizás lo que los complotistas más resisten: prefieren pensar en que hubo una batalla de intereses megapolíticos. En realidad, se combatía contra la historia y eso es difícil de comprender: el proyecto fue, esencialmente, anular la idea de progreso que es lo característicamente moderno de la civilización occidental. Una idea de retorno al mundo vertical a través del Islam. Y diez años después, ese mundo vertical está desapareciendo. No en único espectáculo apocalíptico sino con el sudor y las lágrimas de gente que quiere ser ciudadana y moderna. Que el décimo aniversario de aquel evento coincida con el despertar de millones de musulmanes que se niegan a que la historia les pase al lado, no deja de ser otro increíble imprevisto, otra singularidad. Sobre la primera capa de interpretación que veía el debilitamiento del poder estadounidense, y por extensión del occidental, como consecuencia mayor de los eventos del 11 de septiembre es necesario poner otras: que el modo de vida de occidente se reinventa permanentemente, que la innovación en una sociedad libre engendró nuevas formas de comunicación instantánea que, como una enzima, aceleraron los procesos de descomposición de aquel proyecto reaccionario que guiaba al fanatismo terrorista. Que el aplanamiento del mundo, como dice Thomas Friedman, proviene de esa misma multiplicación de las opciones que se produce en la libre interacción, y no de la utopía del regreso a un universo tribal. Aquel día se produjo una tragedia y una reconfiguración simbólica; hoy somos testigos de cómo se pone fin a la tragedia del despotismo y cómo la reconfiguración sigue otro camino: el de reducir la brecha entre occidente y el resto del mundo. @cocap EN |
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