¡Por fin un líder!
Escrito por Efraín Alvarado   
Lunes, 13 de Julio de 2009 23:30

altLarga ha sido la travesía del desierto. Diez años de extravío, una parte del país siguiendo al flautista de Sabaneta hasta el abismo de la ciénaga y la perdición. La otra volteándose desesperadamente para encontrar donde asir la mano que no fuera la imagen de la muerte.
La biblia, que escribió los dos mil quinientos años de historia que Israel, a la cabeza de Occidente,  tenía por delante, anticipó de manera premonitoria los grandes extravíos del siglo, cuando en los Evangelios relatara la escena terrible de los endemoniados lanzándose al abismo como una piara de cerdos. Comenzaron lanzándose a las honduras del horror de Lenin, el malvado. Setenta años de pesadilla infinita. Siguieron luego al vociferante e histérico Benito Mussolini, al que luego de idolatrar despellejaron como a una res, colgando de cabeza. Se abrazaron a Hitler y a Stalin encendiendo la hoguera del apocalipsis. Fuego y furor, odio y cenizas.

También nosotros nos prodigamos en el altar del horror. La guerra a muerte debiera ser una vergüenza tan imborrable como Auschwitz o Treblinka. Las decenas y decenas de miles de cadáveres inmolados por Zamora, el estúpido incendiario, debían contar con monumentos y recordatorios. ¿O las bravuconerías de Antonio Leocadio Guzmán, el pillo, merecen el silencio de la complicidad? Nunca jamás. Esa debió ser la consigna. De haberla erigido, habría sido pisoteada por Castro, por Gómez, por Pérez Jiménez.


Ahora la pisotea un teniente coronel sin Dios ni Ley, ante un pueblo agotado, agobiado, dividido y anonadado. Diez años en el laberinto de la ignominia, en el burladero del horror, desde el puente de la corrupción y los asesinatos.
Pero bien dice la sabiduría bíblica: no hay mal que dure cien años. El odio y el rencor pueden caerle a saco a un pueblo ingenuo y bueno por cinco o diez años. Al cabo viene el despertar. Los líderes salen como empujados por el viento.

Hoy el primero de ellos se asomó a la historia. El vibrante, profundo y lúcido discurso del Alcalde Metropolitano Antonio Ledezma es, sin lugar a dudas, la pieza oratoria más importante de estos últimos diez años. Y ay si no nos quedamos cortos. No se hablaba en Venezuela con esa hondura, con esa grandeza y con ese sentido de la historia desde tiempos tan inmemoriales, que ya ni los recordábamos.


Con una impecable seguridad en si mismo y en la misión que ha hecho suya, liberar a Venezuela, Antonio Ledezma volvió a vincularnos a nuestra maravillosa tradición democrática. Estuvo a la altura de Rómulo. Al lado de su sobria grandeza, la verborrea incontinente y cuartelera del teniente coronel descienden a un prostibulario nivel. Así batan el record de incontinencia.


Venezuela puede mirar al futuro con confianza. En medio de tanto naufragio, ¡por fin un líder!




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