| Vuelta a lo básico |
| Escrito por Colette Capriles |
| Jueves, 10 de Noviembre de 2011 07:43 |
No sé si llamarla así, pero hay una suerte de política arquetipal que ha hecho de este régimen un aparato excepcional para producir acumulación de lo superfluo
y escasez de lo básico. Digo esto porque en la cultura pública nuestra ha habido, desde siempre, un desequilibrio enorme entre lo elemental (e incluyo aquí el sentido común y la decencia) y lo monumental (sueños de grandeza y espíritu épico). Nadie pierde su tiempo con los fundamentos de las cosas, modestos, silenciosos y apenas visibles; la atención se dispara hacia las cumbres, la heroicidad, lo excepcional, lo espectacular. La vida tiene una trama sencilla que cuesta mucho esfuerzo y tesón mantener junta; preferimos desgarrarla con la exaltación de lo extraordinario e improbable y luego lamentarnos de los agujeros. Nadie se ocupa de enseñar a leer y escribir sino de adiestrar para conseguir un título; nos interesa la cosecha de medallas y no el deporte modesto para todos; sedientos de héroes olvidamos la sed de nuestros derechos; lo que fracasa en pequeño se nos promete en grande; los relatos de reivindicación, desde las telenovelas hasta los concursos de belleza, nos ocultan los relatos de lo cotidiano, que queda intacto en su silencio.Y como digo, en el libro de la política de estos años se lee la exacerbación y regurgitación ideologizada de todo esto. Ya en sus páginas finales sólo se lee una plana: "Acostúmbrate y calla". Y lo que queda es silencio, porque en la realidad está pasando otra cosa. En definitiva, el espíritu unitario que se ha venido construyendo se ha emancipado de la antigua y primitiva polarización para, cambiando de plano, alojarse en la diferencia, y ésta se ubica precisamente en ese retorno a lo básico: a la vida normal. A la reivindicación de una cotidianidad sin miedo y sin incertidumbres. La unidad electoral y la unidad política tienen un sustrato moral, por así decirlo: una oferta de reconstrucción de la vida ordinaria, o del orden de la vida. Un retorno a una racionalidad primordial y compartida, en contraste con la gruesa, ruda y grotesca arbitrariedad del sultán y sus visires. Esa promesa básica se alcanza por caminos diversos, y he allí la otra virtud del proceso de reconstrucción política que está aconteciendo en el país bajo los ojos atónitos e impotentes de los cortesanos del régimen: sobre un mismo lenguaje moral se edifica con distinto talante y con las diferencias ideológicas necesarias. En las candidaturas promovidas hay carisma, hay maquinaria, hay propuestas ideológicas densas, hay simpatías y antipatías, hay trompadas estatutarias, hay acuerdos y desacuerdos. La manera en que el país ha recibido las diferencias es alentadora. Revela que el mediocre espíritu totalitario ha quedado confinado a la cúpula gobernante y, sobre todo, muestra que hay hambre de diversidad. Se va perfilando la ecología política del futuro: la socialdemocracia y la democracia cristiana, el liberalismo y una izquierda que tendrá que purgarse del secuestro infame que unos militares con discapacidad moral le aplicaron. La unidad de propósito, la unidad del fundamento moral que sostiene a la alternativa democrática (ese volver a la decencia de una convivencia respetuosa y al poder constitucional) genera a la vez las condiciones para la diversidad política, el diálogo táctico y, espero, la discrepancia ideológica. Hay una felicidad de la diferencia que estamos volviendo a degustar. @cocap EN |
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