| Del uso y desuso bibliotecario |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 17 de Marzo de 2025 00:00 |
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representado por Guy Pearce, cuyo hijo quiso darle una sorpresa que, no faltaba más, realmente lo fue. Y es que, con el diseño del arquitecto László Tóth, el pobre inmigrante judío encarnado por Adrien Brody, los libros desaparecieron de la sala para sólo privilegiar al único que se lee en medio de un espacio absolutamente limpio y despejado. Claro, no sabemos cuán inédito fue el diseño del lugar para una meritoria película, pero lo cierto es que nos disgusta por motivos diferentes a los del inescrupuloso multimillonario que lo celebró meses después que sus amigos ponderaran el valor de la novísima estancia. Tenía el dueño de casa, entre varias aficiones, la de coleccionar ediciones príncipes, aunque prefería una estantería convencional, una vitrina para la exhibición de sus trofeos, otra referencia para sus reuniones sociales, incluyendo la de sus negocios más confidenciales, siendo el dinero un principalísimo oficio en lugar del cultivo de alguna inquietud intelectual. Entonces, es comprensible el enfado del propietario en cuestión, pues, no lee por placer, además, equipado por los típicos prejuicios raciales de la época, sintiéndose dueño del mundo por su excesiva riqueza, otras serían sus distracciones. E, igualmente, convengamos, el trazado estético que quita de la vista los libros, aunque los resguarda mejor frente al polvo y los ladronzuelos que le tienten un tomo exquisito, no responde a un usuario que preferiría serlo en la intimidad del hogar y, sin que necesariamente fuere un lector profesional, podría encontrar acomodo en otros ambientes apropiados y cálidos para leer, como la propia alcoba, en lugar del solitarísimo, imperturbable y frio salón circular. Inevitable comparar la versión del arquitecto Tóth con el más reducido espacio de libros que reporta “Aún estoy aquí” de Walter Salles (2024), a todas luces una importante y sentida área de trabajo y de recreación de una pareja de universitarios políticamente comprometidos, además, un fumadero estelar para las conversaciones más divertidas y las rigurosamente serias. Seguro, conformada espontáneamente, marca la distancia entre las bibliotecas de uso y las de desuso.
Entre una y otra modalidad bibliotecaria, la diferencia estriba en el impecable orden, la extrema pulcritud, la vistosidad de los títulos a veces ampulosamente reencuadernados, la perfecta alineación de volúmenes, en los espacios que hacen el protocolo hogareño, empleados de vez en cuando. Al contrario, la biblioteca casera que es trillada frecuentemente, sufre constantes recomposiciones de acuerdo a los intereses de su lector principal, goza del indispensable confort para quien la trabaja hasta altas horas de la noche, dispone de recursos manuales o digitales de apuntación, es motivo de encuentros cordiales y hasta refugio musical y cinematográfico. Los amantes del feng shui, nada pueden hacer con la biblioteca de uso siempre en trance de lo que es una perpetua mudanza. Por lo demás, suele ocurrir, el bibliotecúmeno disfruta de la rotación de sus ejemplares, so pretexto de una limpieza que le permite redescubrirlos con la secreta e inacabada ilusión de una propuesta personal. Quizá en las décadas venideras, completamente liberada del papel, la precursora biblioteca de Van Buren parecerá superior a la de Marcelo Rubens Paiva, el exdiputado brasileño de Salles bajo desaparición forzosa, pues, con el absoluto predominio de los formatos digitales, cabrán los innumerables libros en un dispositivo que dispondrá de otros para proyectarse en las paredes, expresarse a través de un mecanismo alterno para vivir la obra virtualmente, o, como reportó Stanisław Lem en su “Congreso de futorología”, disponer de gaveteros para las pastillas del conocimiento. Esto es, la biblioteca como una experiencia farmacológica.
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