Aprendices de brujo
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Martes, 19 de Julio de 2022 00:00

altYa con más de dos milenios de práctica civilizatoria, uno presupone que algo de experiencia va cogiendo la humanidad.

Con el quiebre temporal que generó la peste, uno creía que la efectividad de la tecnología en su sentido más positivo iba a ser más efectiva. Lo cierto es que la peste se quedó entre nosotros. A estas alturas, mayores o ya consabidos males asechan de nuevo a la civilización. En medio de la incertidumbre, de un lado y de otro, aparece la consabida consigna: “El que no está conmigo es mi enemigo y si no votan por mi propuesta comienzo de cero.” - ¿Y la democracia dónde queda? -Pregunto. Si tanta irresponsabilidad no generase tragedias, sería solo una caricatura. Con espacio y tiempo suficiente para poder maniobrar, la aventura de la vida sigue y cada batalla, perdida o ganada es agua para nuestro molino. 

El peligro se hace norma

Tratando de imitar a un pulpo, mientras escribo esta columna, a la par, hago tres cosas más. En esas estamos cuando me veo compelido a sacar cuentas y me recuerdo que todo tiene un costo. Sin la peripecia de tener espacio para la contemplación, la posibilidad de pensar se minimiza. Tal vez la posibilidad de que el ser humano no piense y se robotice en extremo, es el fin último de quienes cultivan la preconización de la ideología de lo que sea como manera de conducir su existencia y la de los demás, por supuesto. Siglo XXI que corre trastabillando se asume atropellado y se muestra como es: La irresponsabilidad es su estilo. Que cada uno asuma su tiempo no tiene nada de especial, pero que se le imponga una realidad virtual por encima de la tangible es cosa para no terminársela de creer. De tanto intentar que lo falso se acople en el espacio de lo real, más de un descuidado va a ser convencido. 

Nuevos liderazgos

Eso que llaman milenials (jóvenes nacidos a partir de los 80) están asumiendo los más importantes roles de poder en este capítulo del siglo. Propensos a lo espasmódico, tal parece que no comieron suficiente Quaker para soportar la larga espera propia de lo vital. Las nuevas maneras de vincularse con el conocimiento difícilmente pueden ser más fatuas y un tufillo a intolerancia y clara propensión a lo autoritario se disfraza a través de aparentes expresiones de aceptación a los demás. Utilizando las banderas de los derechos de las minorías se pretende crear una tenaza que atrape al pensamiento y todas sus maneras de expresión. A los milenials les aterra volar y ven la crítica como una amenaza. La eterna crítica que ha acompañado al hombre desde que vive en grupo es vista con la lupa de la desconfianza cuyo fin último es la desaparición real o simbólica del oponente. Recuerdo aquellos tiempos en los que creía que nada era sagrado. Ahora acudo como testigo de excepción a la sacralización de lo vulgar.

Ya no podemos reír

¿Qué puede ser más peligroso para quien se aferra a sus convicciones que provocar risa? Para quienes entendemos que reírnos de nosotros mismos y de los demás es tan natural como respirar, el tiempo que corre se ha vuelto una carrera con obstáculos en la cual la risa queda ausente. La carcajada es vista con elevado grado de sospecha y ni siquiera a través del arte (último reducto de lo civilizatorio) podemos burlarnos de cuanto nos circunda. Aparece una especie de sentido del humor estándar que la censura permite y otro soterrado y casi clandestino que es el verdadero sentido del humor, el cual por antonomasia va acompañado de lo burlesco y la carcajada. Burlarse del otro, manifestación propia de lo cultural, es visto como temerario. Increíble que el arte, en todas sus formas, se vaya colocando cada día al servicio creciente de las más insulsas ideologías. La inventiva va de la mano con la risa y sin la risa desaparece lo civilizatorio en su más pura acepción.

Bolsas de papel para el cine

Tratando de despejarme, voy al cine y me concentro en la película. Viendo el contenido creo recordar que en mi último viaje en avión no había la bolsa de papel en caso de vomitar. Tampoco la hay en el cine. Que haya tenido que pagar para que me traten de convencer que la naturaleza está errada y todos cuanto nos rodea es solo una caprichosa construcción social me duele profundamente. No por el contenido, sino porque pagué. Mejor me hubiese quedado en casa viendo una película de vaqueros. Sin ánimos de ser nostálgico, me salto un par o tal vez tres generaciones y recuerdo cuando el cine era arte. Que lo vulgar sea lo que predomine no tiene nada de especial. Pero que lo excelso se haya convertido en underground es la más grande de las paradojas. Ahora resulta que ser medianamente civilizado puede ser visto como contracultural. Sobra decir que las vanguardias se han convertido en moda y vienen para vengarse con animosidad. De nuevo persistiremos escribiendo en los rincones; sabemos que conseguiremos complicidades y sin que nos tiemble el pulso, seguiremos tratando de pensar. En buena lid, sin censuras personales o ajenas.

 

 


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