| El club de los escritores |
| Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | X: @perezlopresti |
| Jueves, 22 de Agosto de 2019 00:01 |
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por más que les tengamos apego y gratitud, son difíciles de llevar encima, a la par de la esposa, las grecas y un budare, pues con esto de que en Venezuela las cosas se han puesto enmarañadas para seguir llevando una vida medianamente normal, ha sido impostergable haber migrado de un lado para otro y siendo la lectura una de mis aficiones más importantes, al punto de dedicarle buena parte de mi vida al estudio acucioso y a la compilación de excelentes textos que me han permitido no tener una sino tres bibliotecas en el curso de mi existencia. Así las cosa, grandes tesoros he ido perdiendo. Los viajes, las mudanzas e ir de la mano con la aventura no van de la mano con cargar una biblioteca de un lado para otro, al menos para alguien que generalmente ha tendido a desplazarse con escaso equipaje y en muchas ocasiones estrictamente con lo que he llevado puesto. Recuerdo todos los libros que durante años compré casi a diario al señor Santos en la ciudad de Mérida, librero peruano, de atinado juicio, cuyas recomendaciones de rigor eran suficientes para ir creando un verdadero mapa de lecturas que habrían de acompañarme durante buena parte de mi juventud temprana. Luego, las grandes librerías de Caracas, deslumbrantes y con textos de colección que eran literalmente objetos que deslumbraban por las hermosas cubiertas de pasta y el inmaculado papel que llevaba impreso tantas palabras apiñadas, a las que había que hincarles el diente. De Caracas también recuerdo las ratoneras en donde necesariamente se iba para rebuscar algún libro, que por una u otra razón, solo era posible encontrar en esos lugares en los cuales era inevitable salir con un ataque de asma con el fin de conseguir el texto anhelado. También recuerdo la infinitud de venta de libros que fui dichoso de visitar tantas veces en Bogotá, en las cuales daba lo mismo preguntarle a cualquier librero el nombre, autor e idioma del libro que anhelaba y sin necesidad de ir al siguiente vendedor de textos, cualquiera de ellos le conseguía el ejemplar que uno estuviese buscando, como si se tratase del genio de las mil y una noches. Durante el tiempo que viví en Madrid, ir a las librerías era como para un católico devoto poder entrar a diario en la Capilla Sixtina, siendo una librería mejor que la siguiente, generando la sensación de que estaba en una ciudad irreal, en donde el libro podía ser el eje de lo que iba a ser el día entero. ¡Cómo visité librerías y bibliotecas en Madrid! Además, cuentan los regalos, en los que cada amigo se ponía de acuerdo con tratar de sacarme la información secreta de si tenía tal o cual texto y si había leído uno u otro ejemplar. Lo cierto es que el reloj suizo que significó el espionaje de los libros que quería funcionó y un buen libro era el regalo de rigor de cuanta celebración he participado como homenajeado hasta el día de hoy. Es así como los libros, las bibliotecas que he creado, las bibliotecas que mis amigos han compartido y la necesidad de escribir, me han llevado a una segunda experiencia de vida que es la de haber sido amigo de escritores que han llevado por dentro esa rara tendencia a plasmar las ideas, que en el siglo XXI pareciera oficio de extravagantes, por no decir que quienes escribimos somos una especie que se niega a extinguir, constituyendo una suerte de logia o club de gentes de los más disímiles orígenes, que comparte el extraño acto de darle sentido a aquellas cosas que le van pasando por la cabeza, sea porque crea en ellas o porque la escritura es una especie de patología en la cual el sujeto se desdobla y no puede dejar de mantener el vicio de escribir. Copartícipe de la compilación de textos para la elaboración de revistas literarias, coautor de volúmenes de literatura y autor de una docena de libros, con medio siglo de vida encima, creo que de las mejores cosas que he podido hacer en esta vida es haber desarrollado el extraño hábito de escribir. En estos días de especiales trajinares y necesidad de vencer los obstáculos más extraños, tanto los libros como el hecho de escribir, han sido como una tabla de salvación que me ancla a ciertos espacios de la vida que haré todo lo posible por no dejarme arrebatar. Una joven va caminando por Santiago Centro, me dice que es de Tovar y me pregunta si soy el que escribió La creación del rosado y no puedo dejar de ruborizarme por dos cosas: La primera, porque sigue existiendo una cantidad de lectores que me recuerdan que cada vez que escribo, potencialmente existe un lector a quien le llegarán las palabras. La segunda, porque daba por hecho que mis libros ya no existían y me sorprende los alcances que un texto puede llegar a tener. Libros, escritores, y por supuesto, los lectores, sin los cuales, todo el empeño que hacemos por dar sentido a las cosas, quedaría en el aire.
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