La maldición de Lot
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Jueves, 22 de Septiembre de 2011 13:11

altEl retorno de Carlos Andrés Pérez puede coincidir con la refundación de la república, como parece augurarlo. O con la caída en los abismos.


“La serpiente que mordió a tu padre, hoy ciñe la corona”                                                      

La sombra del Rey Hamlet, a Hamlet, hijo.                                                                                                                     

Shakespeare, Hamlet

1

Finalmente, el fallo de la corte de La Florida ha dictado sentencia y los restos de Carlos Andrés Pérez pueden regresar a Venezuela. Una sabia y justa decisión que pone fin a un inútil y apasionado diferendo que empañó las relaciones de las dos familias con las que el dos veces presidente de la república sellara su existencia.

Viejas tradiciones culpan por los desaguisados que puedan sobrevenirle a las descendencias de célebres difuntos al desasosiego que sufren restos insepultos. De niño escuché decir cerca de mi casa y frente a un recién asesinado que yacía boca abajo, soportando sobre sus espaldas una lluvia inclemente que se llevaba agua abajo la profusa sangre de la víctima, que por ese hecho maldito – yacer muerto boca abajo – obligaría al asesino a regresar al escenario del crimen. Era la venganza postrera del apuñaleado. Llevarse consigo al asesino.

La muerte, de la que Borges solía decir que llegaba con sumo recato, a veces es escandalosa, tiene sus leyes, sus rituales. ¿Por qué la de Carlos Andrés Pérez no habría de reincidir en las tragedias de Bolívar, de Páez, de Guzmán Blanco, de Cipriano Castro, de Pérez Jiménez, de Rómulo Betancourt – todos muertos lejos de su patria? ¿Por qué no habría de recibir el postrer consuelo de volver a descansar para siempre oliendo la tierra que llevara en su sangre?

Su regreso plantea una interrogante cuya respuesta es perentoria: ¿Por qué las más grandes figuras de nuestra vida como república han debido morir desterradas, sea por la brutal imposición de las circunstancias o por un exilio escogido como última voluntad del desterrado? ¿Por qué esos odios cainitas? ¿Por qué esa ingratitud llevada al extremo de la aniquilación física, luego de una acuciosa y sistemática destrucción moral? Un asunto de alta filosofía política, toda vez que ninguna de esas muertes, como lo quisiera expresamente Simón Bolívar, sirvió siquiera a la unión de los partidos. Todas se cumplieron al margen de la voluntad de las víctimas, bajo el bochinche, el oprobio y el rechazo. Todas se cumplieron bajo el odio y el escarnio de los nuevos poderes. Allí quedaron los desterrados. A la espera de una eventual aunque ya inútil reivindicación.

Hay otra consideración, aterradora, que bien podría ser sustentada: todos nuestros notables desterrados estuvieron involucrados de alguna u otra forma en el destierro anterior: Páez en el de Bolívar, Guzmán en el de Páez, Castro en el de Guzmán, Rómulo en el de Pérez Jiménez, Pérez Rodríguez en el de Rómulo. No se trata, entiéndaseme bien, de una cadena de culpabilidades. Sino de una suerte de maldición que espera infatigable a verse cumplida sobre quien se montara en los restos de su adversario. ¿Se cumplirá el maleficio en la figura del actual presidente de la república? ¿Morirá en el destierro?

2

Esta forma trágica de cerrarse los ciclos de nuestra atribulada historia parece querer insistir en cumplirse como si de una maldición faraónica se tratara. Vuelven los restos de Carlos Andrés Pérez no sólo cuando el principal causahabiente de su muerte política vive él mismo el acecho tenaz de una enfermedad mortal que podría terminar con sus días muchísimo antes de lo que él y sus seguidores lo quisieran, sino cuando el régimen que se asentara sobre las ruinas de ese pasado inmediato sufre sacudones mortales y parece definitivamente condenado al fracaso. ¿Quién cree de verdad en la supervivencia de esta llamada revolución bolivariana? ¿Quién le da más años de vida que no le sean arrancados al destino mediante el fraude, la violencia extrema e incluso la anarquía? ¿Quién que no sea uno de sus fanáticos y obligados ayudas de cámara está dispuesto a apostar un centavo por su longevidad dictatorial?

Vuelve Carlos Andrés Pérez en andas de una nueva certidumbre: el régimen se hunde inexorablemente atenazado por un descomunal fracaso, en medio de la debacle moral, espiritual, material y física del país y como si de una desgracia telúrica se tratara. Vuelve enhiesto e implacable a mostrar con su dedo acusador al homicida, como si del fantasma de Hamlet se tratara. Poniendo en el ojo del huracán al culpable de la ruina y la devastación de su Patria. Mientras quien ciñe la corona, trata de esquivar el sino de su suerte con misas, bailes y sahumerios.

Vuelve reviviendo viejas brasas y reavivando viejos tormentos. Que muchos de quienes contribuyeron a su caída y muerte quisieran olvidar para hacer como que aquí no ha pasado nada. Ni el crimen ni sus nefandas consecuencias, a cuyo naufragio hoy asistimos. Insisten en aventar la maldición de Lot: no volverse al pasado para no convertirnos en estatua de sal. Olvidan que no hay cuentas nuevas sin rendición de las pendientes. Y que de insistir en el olvido, podríamos volver a caer en los viejos errores. Como nos lo recordara Santayana: quien olvida el pasado corre el riesgo de repetirlo.

El retorno de Carlos Andrés Pérez puede anunciar la refundación de la república, como parece augurarlo. O precipitar la caída en los abismos. Apostemos por la refundación. Prohibido olvidar.


blog comments powered by Disqus
 
OpinionyNoticias.com no se hace responsable por las aseveraciones que realicen nuestros columnistas en los artículos de opinión.
Estos conceptos son de la exclusiva responsabilidad del autor.


Videos



Banner
opiniónynoticias.com