Irán: el derecho internacional como coartada
Escrito por Trino Márquez C. | X: @trinomarquezc   
Jueves, 12 de Marzo de 2026 00:00

altEl ataque a Irán por parte de Estados Unidos e Israel ha puesto de nuevo en la agenda pública el debate acerca del derecho internacional,

la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos, tres conceptos cada vez más desdibujados y difíciles de defender. Han servido para que la izquierda y la derecha dogmáticas justifiquen la permanencia en el poder de regímenes sanguinarios.

Irán, a partir de la revolución islámica de 1979, se transformó en un sistema teocrático totalitario gobernado por clérigos chiitas ultraconservadores, al frente de los cuales se hallaba Ruhollaw Jomeini, el más radical de todos los ayatolas. Fue designado por el nuevo orden como Líder Supremo de la República Islámica. Todo el poder del Estado se concentró en su figura, colocada por encima del Presidente de la República y el Parlamento (Asamblea Consultiva Islámica). Desde los inicios de la revolución, Jomeini enfiló los ataques no solo contra las reformas modernizantes prooccidentales impulsadas por el sha Mohammad Reza Phalavi, sino contra todo signo de occidentalización del país. Occidente, especialmente Estados Unidos, se convirtió en enemigo jurado del nuevo modelo.

Este intempestivo giro siempre me llamó la atención. El ayatola Jomeini había vivido la última etapa (solo cuatro meses) de su largo exilio, no en un país musulmán, sino en un pequeño pueblo cerca de París, en la Francia culta, liberal y tolerante, símbolo conspicuo de Occidente, al que él calificó abiertamente de ‘decadente’, una vez convertido en semidios por los iraníes.  En Francia, disfrutó plenamente de la libertad de prensa, que luego prohibió.

La represión y brutalidad del régimen de Reza Phalavi, tan condenados por Jomeini y gran parte de las democracias occidentales, palidecieron frente a los desafueros de la teocracia chiita liderada por el Líder Supremo. Durante los diez años que duró su liderazgo vitalicio (murió en 1989), en Irán los clérigos impusieron un régimen de terror ante cualquier cuestionamiento o disidencia que se alejara de las estrictas normas establecidas por la teocracia. En el plano externo, intentaron exportar la revolución islámica. Se declararon abiertamente enemigos de Estados Unidos, el Gran Satán, de Israel y de Arabia Saudita, donde la rama dominante del Islam son los sunitas. Para promover la expansión del chiismo en el Medio Oriente y alentar el enfrentamiento con Israel, promovieron y financiaron grupos paramilitares: Hezbolá, en Líbano, Hamás, en Gaza, y los Hutíes, en Yemen. Un esquema sencillo: hacia el interior, control y coerción; hacia el exterior, financiamiento de milicias terroristas, portadoras de un mensaje violento.

Luego de la muerte de Jomeini en 1989, su sucesor, Ali Jamenei, siguió las líneas fundamentales trazadas por el fundador. Durante casi cuatro décadas Jamenei se mantuvo impermeable a los cambios renovadores exigidos por la población. El control sobre las mujeres no cedió, a pesar de los reclamos de los jóvenes de ambos sexos, que trataron de sacudirse el yugo de la teocracia en diferentes oportunidades. El momento más crítico se registró en 2022, cuando la joven kurda Mahsa Amini fue asesinada en Teherán a golpes, por no llevar bien colocado el hiyab (velo) que debía cubrir su cabello, por agentes de la Policía de la Moral, cuerpo encargado de velar por el estricto cumplimiento de las normas chiitas. Durante las protestas que se desataron ante la barbarie, hubo varios centenares de muertos. El régimen reafirmó su poder dogmático acribillando a ciudadanos inermes.

Ahora, los ataques de Estados Unidos e Israel han sido justificados por ambos países debido a que, supuestamente, el régimen iraní continuó el proyecto de construir armas atómicas. Según Benjamín Netanyahu, las negociaciones que tenían lugar en Omán con Estados Unidos, no perseguían otra cosa que ganar tiempo y crear la ilusión de que Irán no buscaba alcanzar tales armas.

La verdad probablemente nunca se sepa. Estados Unidos e Israel sostendrán una tesis mientras los iraníes la negarán. Lo que sí es una realidad inocultable es que el régimen liderado por el ahora fallecido Alí Jamenei, fue durante décadas un factor de perturbación regional muy activo, que fue aislándose de forma progresiva y permanente porque carecía de aliados importantes en Medio Oriente y el resto del mundo; que financió grupos terroristas que perturbaban la región y ponían en peligro permanente el Estado de Israel; y que dentro de Irán mantenían un clima de terror cuyas víctimas favoritas eran las mujeres y los jóvenes.

El poder de la teocracia se basa en el funcionamiento de una aceitada maquinaria represiva cuyos ejes residen en la fanatizada Policía Moral y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica.  Frente al omnipresente Estado creado por la teocracia chiita, la sociedad civil carece de instrumentos para actuar. Sus mecanismos de organización han sido desmantelados. El pueblo no puede ejercer su soberanía.

Esa es la realidad de los ciudadanos iraníes, cuyo poder ha sido confiscado por un sistema cerrado que desconoce la voluntad popular. Por esa razón, miles de ciudadanos salieron a celebrar la muerte de Jamenei.

El principio de la no intervención y el derecho internacional se convierten en coartadas, cuando se utilizan para justificar la permanencia y crueldad de déspotas entronizados en el poder.  Aunque no se sabe cómo terminará el conflicto en Irán, hay que celebrar que el totalitarismo teocrático sufrió un duro golpe.

@trinomarquezc


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