| Un llanto en el invierno ruso |
| Escrito por Alexander Cambero | X: @alexandercamber |
| Domingo, 07 de Junio de 2026 01:29 |
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La mirada perdía vigor cuando el músculo de la inclemencia se atragantaba de irresolución; la furia forjó su episodio, percudiendo las ilusiones. La nieve llegó impetuosamente para hacerse huésped de una escenografía donde las ilusiones fueron arrastradas. Ventiscas infernales que convierten las orillas oceánicas en el blanco caparazón donde se hunden las huellas del puerto, es el lenguaje de los viejos lobos de mar que volcaron sus ilusiones entre las manos agrietadas que sostuvieron redes tejidas con la ilusión de lograr encontrar los misterios que oculta el abismo. La fuerza de los monzones arremete, haciendo crujir los barcos que estoicamente resisten el maremágnum que trae consigo el desasosiego. El esfuerzo se multiplica entre hombres que son el espíritu de Vladivostok. Son hechos de los torbellinos que desde siempre han apresurado su marcha, tratando de reducir sus arrestos de seres con las cicatrices de los episodios en cada eslabón de la cadena familiar. Aquello parecía la historia de siempre hasta que un grupo de hombres escuchó un llanto. La vorágine había despedazado a una pequeña embarcación hasta casi sepultarla frente al astillero Zveda; un niño chino lloraba tratando de animar a sus padres muertos. Estaba abrazado a ellos como en la búsqueda del último calor. Sus gritos se hicieron ensordecedores cuando tuvieron que separarlo. Los pescadores construyeron fogatas alrededor del astillero, sacaron los cuerpos; los mismos presentaban un cuadro desolador. Al parecer, habían sido asesinados y lanzados al mar. La madre se abalanzó sobre el muchacho para preservar su vida; el amasijo de huesos era cubierto por unas pieles de oso ensangrentadas; la agresión fue tan brutal que cada pescador hizo una fogata en su corazón para acompañar la desdicha de aquel chiquillo. Como poseído por extrañas fuerzas, el niño seguía a los hombres que preparaban un sitio para darles sepultura; el hueco en donde depositaron los cuerpos fue abruptamente cubierto por la nieve. La furia climatológica descargaba todo su arsenal para llenar el ambiente de un semblante blanco. Los hombres sujetaban las barcazas al muelle del puerto. Las historias de viejos errantes se contaban entre tragos de vodka; la imaginación llenaba de luz a la oscuridad. Todos se ofrecían para cuidar al niño; desde aquella noche comenzaron a llamarlo Jrabryi, que significa en ruso "valiente". El haber sobrevivido al naufragio con la pérdida de sus padres era una carga emotiva muy grande para una criatura. Descubrir una realidad distinta se convertía en una experiencia difusa para él. Recordaba la vida campestre en Cholelai; sus padres se vieron obligados a huir por rebelarse en contra de las repugnantes pretensiones del jefe del partido en su obsesión por convertir a su madre Li Zhang en esclava sexual; ella era una mujer muy hermosa que despertaba el deseo en muchos hombres. Había llegado desde Zijiang de vacaciones hasta la pequeña comarca, enamorándose de Wang Bao, quien era el maestro de la escuela. Un déspota cacique del pueblo de nombre Yang Liu se enfureció por el hecho. Durante años la acosó con resultados infructuosos. Encendió su residencia y mandó a detener a su esposo en dos oportunidades. Ellos resistieron con valentía hasta que la situación se tornó aún más grave. Allí habían sido muy felices y más cuando les nació Ming Hao. Un vástago muy osado que ya contaba con nueve años. En una noche donde se ausentó la luna, tomaron al niño y, con la complicidad de la madrugada, salieron hasta el puerto de Suifenhe en la provincia de Heilongjiang, días intensos donde las dudas se cruzaban por sus mentes a cada instante. Al llegar al astillero, fueron capturados y ultrajados hasta más no poder. Al niño lo echaron al mar con los restos de sus padres. Una vieja barcaza con algunas reservas de agua y pan fue lo único que le suministraron; gigantescas olas se alzaban como ejércitos incombustibles; aguas profundas sobre los brazos de mayores agonías. Durante catorce días tuvo que contender contra su dolor. Luchaba por sobrevivir con la compañía del miedo y de los cuerpos de sus padres, un océano desafiaba, mientras se llenaba de intrepidez para no rendirse. Enfrentó a las aves que revoloteaban en la búsqueda de los extintos, de tiburones que sentían la fetidez que emanaba de aquellos cuerpos sanguinolentos, se llenó de mucho valor para impedir que los restos de su historia no terminaran en las mandíbulas de los escualos. Cada familia lo fue asumiendo como suyo. Aprendió con los estibadores a mantener limpios los andenes. Sus tiernas manos aprendieron a tejer las redes. Conoció las diferentes formas de preparar el pescado para llevarlo a los sitios de venta. Los fines de semana iba con los hombres hasta la isla Russky para la cacería y la observancia del tigre silvestre. Comenzó a recibir lecciones para aprender el idioma ruso. Era un niño que captaba todo de manera asombrosa. El verse rodeado de amor aportaba nuevos deseos de vivir para alguien que lo había perdido todo. La tristeza inicial fue cediendo hasta que la sonrisa fue iluminando su rostro. Todo parecía ir de manera normal hasta que, en una incursión en el bosque, Jrabryi se extravió. Una buena cantidad de hombres iniciaron la intensa búsqueda. Recorrieron un extenso territorio con resultados infructuosos. La incertidumbre fue apoderándose de todos. El temor que los acorralaba era que pensaban que podía haber sido devorado por osos salvajes. Cuando regresaban, escucharon nuevamente el llanto. Jrabryi encontró la tumba de sus padres y, abriendo un hueco con sus manos, se abrazó a la nieve. La brújula de su corazón lo había conducido hasta aquel espacio donde retornaron los dolores. De pronto se secó las lágrimas y se marchó con los hombres. Ambicionaba regresar a China para encontrarse con los pasos perdidos. Descubrir por qué los habían asesinado inundó su alma de sed de venganza; el haber encontrado la tumba lo hizo un ser taciturno. Aunque andaba entre los pescadores del puerto, su espíritu marchaba lejos. No comprendía cómo dos personas honestas eran cruelmente exterminadas. Las imágenes de las agresiones lo perseguían para dejarlo abatido y sin deseos de vivir; la gente buscaba ayudarlo, pero se topaba con una pared. Fue haciéndose un niño que encontraba calma entre la naturaleza. El océano no le gustaba porque le recordaba la muerte; cuando andaba con los pescadores, se imaginaba que los cuerpos de sus padres flotaban entre las olas, que las redes traerían alguna respuesta entre los cardúmenes. Otra vez escuchando los latigazos y la súplica de Li Zhang para que no le hicieran nada a su hijo. En medio del escarnio se dejaron matar para salvarlo; aquella imagen regresaba una y otra vez, como un tormento eterno. Jrabryi se levantó con una sensación extraña. Caminó al bosque para adentrarse en sus dominios. El espíritu interior lo agitaba como adherido a misteriosos signos. No comprendía el mensaje que traía consigo la hojarasca. De pronto observó que una enorme águila volaba hasta un árbol para comerse unos pichones. Los padres trataban de repelerlo, pero todo parecía inútil; desistieron ante la agresividad del ave acostumbrada a esta rutina. Todo parecía consumado: el águila puso sus garras sobre el nido, los pichones se abrazaron para recibir el zarpazo. Minutos de angustia en un reino animal que se conduce con sus reglas. Sorprendentemente, la imponente águila les perdonó la vida. Esa escena, viendo al rapiño alejarse sin producir una herida, trajo nuevas sensaciones a Jrabryi; la suerte que no tuvieron sus padres, sí la obtuvieron las crías. De regreso, entendió que perdonar era un don de Dios. Que vivir atrapado a la venganza era seguir muriendo cada día.
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