| La inseguridad como problema (económico) |
| Escrito por Víctor Maldonado C. | X: @vjmc |
| Lunes, 12 de Septiembre de 2011 15:53 |
Fue Hobbes el primero que puso el dedo en la llaga. El hombre, obnubilado por sus ganas llega a ser el peor enemigo de sí mismo. El hombre es el lobo del hombre
porque no se resigna a ser un perdedor en un contexto de escasez. Y la única salida fue entregar sus derechos a la legítima defensa para que en su nombre fuera el Estado el que definiera las reglas de convivencia social y las formas legítimas para satisfacer sus deseos. Para que eso fuera posible, al gobierno le fue conferido el uso monopólico de la violencia (la única legítima) y la administración de la justicia. Fue, de acuerdo con las hipótesis ius-naturalistas del ilustre pensador inglés del siglo XVII, un compromiso irreversible porque la alternativa era el caos y la guerra de todos contra todos.
Lo que estaba en juego, en la mente del autor del Leviatán, eran las dos condiciones cruciales para cualquier persona. El derecho a la vida y el derecho de propiedad. Por una parte sobrevivir al asalto artero del otro más fuerte, y por la otra, poder usar, disfrutar y disponer de aquello legalmente adquirido. Desde el principio toda la construcción del Estado, y las concesiones que hay que reconocerle para garantizar el orden social tenían como propósito fundamental el poder garantizar el intercambio pacífico de bienes y servicios, basados en el respeto del contrato, en la buena fe de los que realizan esas transacciones, y en la capacidad del gobierno para castigar severamente a los disidentes. De esta forma el ansia infinita de poseerlo todo quedo subsumida en el poder tener algo sin que en ello tuvieras que concentrar todos tus esfuerzos. Fueron el Estado de Derecho y la capacidad de los gobernantes para hacerlo respetar los que hicieron la diferencia. Caso contrario, se garantizaba una realidad pobre, breve, solitaria y brutal para todos, donde los más débiles se convertían en los perdedores conspicuos. Sin embargo, lo peor que puede ocurrir es que sea el gobierno el que traicione su propia justificación, bien sea por lenidad o por contumacia. Más infame aun es la mezcla de incapacidad y perversión que se expresa en la promoción oficial de la impunidad y la celebración de cualquier acto ilegal bajo el espurio criterio de que todo vale para apoyar a esta revolución. Un gobierno puede envilecer su propia realidad social. Cuando se intenta el imperio de la arbitrariedad y se esgrime como argumento universal que todo puede tener una justificación dentro de los oscuros caminos de un proceso revolucionario, se llega a donde nosotros hemos arribado. Cientos de miles de muertos por violencia que se suman uno a uno mientras se muestra la indolencia incapaz de los que son responsables de resguardar la vida de todos los ciudadanos. Cientos de miles de delitos contra la propiedad que no importan a nadie, pero sobre todo son ignorados por los cuerpos de seguridad simplemente porque ellos saben que no tiene sentido procesar una denuncia que casi nunca termina en la administración de justicia. Inseguridad que se cuenta, pero que sobre todo se siente y provoca decisiones como el repliegue de las inversiones, la postergación del emprendimiento, la caída de nuevas oportunidades de empleo y la salida de capitales hacia zonas donde por lo menos la presión psicológica no sea tan corrosiva. Los venezolanos ansían un poco de paz y sosiego que el gobierno no quiere y no puede proveer. Y por eso es que la sociedad funciona tan mal, porque la mayoría está totalmente consciente de que esa es la posición oficial de un gobierno fundado en la expoliación del futuro de los ciudadanos. ¿Qué significa un mal funcionamiento social? Que las instituciones no resuelven los problemas esenciales de la sociedad. Que algunas de ellas están colonizadas por la ideología del odio y la discriminación política. Y muchas otras están paralizadas por la corrupción, el miedo o la desesperanza. ¿Cuáles son los síntomas de todo este cuadro? La violencia, el desaliento y el desmadre económico que estamos sufriendo. Pero no en espacios estancos sino confluyendo en una realidad angustiante que impide una visión crucial y determinante del futuro y que nos ha confinado al tiempo presente, al intentar transcurrir indemnes un día tras otro, sin un balazo, un secuestro, una expropiación, una ocupación o cualquier proceso de fiscalización. El gobierno nos ha convertido en huida y repliegue, tanto si somos empresarios como si somos trabajadores. Por eso es un error afirmar que la inseguridad no es un problema de las empresas y de los sectores económicos. Hay inflación, desinversión, desempleo e informalidad porque no hay libertades ni derechos que se garanticen, ni vida que esté asegurada. Pura violencia administrada y celebrada por esta revolución de la barbarie.
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