| Venezuela y la ilusión de la solución externa |
| Escrito por Freddy Marcano | X: @freddyamarcano |
| Martes, 02 de Septiembre de 2025 00:54 |
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Cada ciclo político despierta nuevas esperanzas en sanciones internacionales, en declaraciones de organismos multilaterales o en alianzas estratégicas con potencias que, se supone, actuarían como palancas del cambio. Esta narrativa, repetida una y otra vez, ha terminado por desviar la atención de lo esencial: ningún país actúa por solidaridad desinteresada. Como advierte Pedro Baños, experto en Geoestrategia, en su libro El dominio mundial, donde explica que las naciones mueven sus fichas motivadas por estrategia, conveniencia y poder, no por altruismo. Esta realidad es confirmada por el pensamiento de Hans Morgenthau, quien es una figura del realismo político en las esferas internacionales donde plantea que la política exterior se rige por el interés nacional expresado en términos de poder. Así se entiende por qué los Estados Unidos, Rusia o China solo intensifican su acción cuando la inestabilidad venezolana compromete su seguridad energética, su influencia regional o su estabilidad interna. Las promesas de rescate democrático o apoyo humanitario suelen ser narrativas justificativas, más que objetivos genuinos. Por ello, pese a la gravedad de nuestra crisis, la acción internacional decisiva se mantiene contenida: no hay intervención sin interés concreto. A esto se suma la lectura del politólogo estadounidense Robert Gilpin desde la economía política internacional. En un mundo de competencia hegemónica, las prioridades geopolíticas responden a equilibrios económicos globales y no a la magnitud de las tragedias sociales. Venezuela, con sus vastas reservas petroleras y su posición estratégica en el Caribe, ha sido más una ficha de negociación que un objetivo prioritario. Su potencial económico despierta interés cuando conviene a los grandes actores, pero no genera la voluntad sostenida de transformar el orden interno, salvo cuando afecta sus rutas energéticas, mercados o flujos migratorios. Pedro Baños refuerza esta visión al señalar que los países en crisis que esperan soluciones externas terminan en una trampa de dependencia, donde las promesas de ayuda se convierten en herramienta de control o moneda de cambio. En nuestro caso, la crisis ha servido como elemento de presión para agendas energéticas y comerciales foráneas, mientras los discursos de apoyo se activan y desactivan según la coyuntura de cada potencia, no según la urgencia de los venezolanos. De este diagnóstico y análisis se desprende una conclusión inevitable: la reconstrucción nacional no depende de la buena voluntad de la comunidad internacional, sino de la capacidad interna para generar consensos y ofrecer valor estratégico real. Morgenthau señalaría que solo la estabilidad proyecta poder negociador; Gilpin insistiría en que quien ordena su economía se convierte en socio y no en carga; y Baños advertiría que la autonomía es la única vía para dejar de ser pieza de tablero. Por tanto, el camino es claro: no se trata de rechazar la cooperación internacional ni de subestimar su importancia, sino de comprender que su activación real solo se produce cuando exista un proyecto nacional sólido, predecible y confiable. Venezuela debe abandonar la política de la espera y asumir la política de la propuesta: reconstruir su institucionalidad, restaurar la confianza y negociar en condiciones de respeto y beneficio mutuo. Mientras sigamos aguardando que otros se incomoden para actuar, estaremos cediendo la iniciativa y prolongando nuestra parálisis. |
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