| La resistencia digna de los venezolanos, a la luz de las enseñanzas de San Juan Pablo II |
| Escrito por Douglas C. Ramírez Vera | @AccHumGremial |
| Jueves, 20 de Marzo de 2025 00:00 |
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hubo un encuentro de reflexión a la luz del pensamiento de S. Juan Pablo II. De dicho coloquio salen estas ideas que se expresa hoy en esta columna. La realidad que enfrentamos como venezolanos, se entrelazan desafíos profundos que ponen a prueba nuestra resistencia, nuestra dignidad y nuestra capacidad de soñar con un futuro mejor. S. Juan Pablo II, con su profunda reflexión sobre la dignidad humana, el bien común y las estructuras de pecado, nos ofrece un faro de esperanza en medio de la oscuridad. Somos un pueblo que resiste con dignidad, aún en medio de la escasez, las dificultades y la diáspora que ha separado a tantas familias. Como nos recuerda el Papa Amigo, la dignidad de cada ser humano no depende de las circunstancias económicas ni de los sistemas políticos. Es un valor intrínseco, inalienable, que nace del hecho de estar hechos a imagen y semejanza de Dios. La principal riqueza de Venezuela, no es el petróleo, el oro, el coltán o cualquier objeto material que los testaferros de turno, lo convierten en sus dioses. La principal riqueza de Venezuela es el pueblo venezolano que con su trabajo transforma la realidad. En un país donde el salario mínimo no alcanza para un cartón de huevos y las largas esperas para resolver un problema se han normalizado, la voz de San Juan Pablo II resuena como un recordatorio de que nuestra dignidad no puede ser arrebatada. El bien común, tan ausente en nuestro entorno, es otro llamado urgente que el pontífice nos hace. Este no es un concepto abstracto, sino un objetivo concreto que requiere la solidaridad de todos. Como él mismo define, la solidaridad es la determinación firme de trabajar por el bien de todos y asumir la responsabilidad mutua. En un momento donde las divisiones sociales y políticas nos fragmentan, debemos recordar que solo unidos podemos construir una Venezuela más justa y llena de oportunidades. Asimismo, el principio de subsidiariedad nos invita a tomar acción desde nuestra comunidad, desde el nivel más cercano a los problemas que enfrentamos. Ya sea formando redes solidarias o apoyándonos mutuamente en los momentos más difíciles, la subsidiariedad nos ofrece una vía para fortalecer el tejido social y devolver la esperanza a nuestras comunidades. San Juan Pablo II también nos advierte sobre las estructuras de pecado, esas dinámicas sociales y sistemas que perpetúan la injusticia y el sufrimiento. En nuestra realidad, estas estructuras se manifiestan en la corrupción, la desigualdad y la indiferencia ante el dolor del otro. Sin embargo, no estamos llamados solo a identificarlas, sino a confrontarlas con valentía y compromiso, a partir de una conversión personal que nos impulse a actuar por el bien común. Nuestra realidad, aunque dura, no está exenta de posibilidades. Como nos enseña, S. Juan Pablo II, la reconciliación comienza con una conversión personal. Cada uno de nosotros tiene el poder de cambiar, de construir relaciones más humanas y de restaurar la comunión con los demás. La Venezuela que soñamos no es un imposible; es una tarea que requiere de nuestra fe, nuestro esfuerzo y nuestro corazón. Hoy más que nunca, debemos recordar que, incluso en las circunstancias más adversas, nuestra dignidad y nuestra esperanza son inquebrantables. Al enfrentar los desafíos de nuestra nación, cada acto de amor, cada gesto de solidaridad y cada esfuerzo por el bien común son semillas de un mañana más justo y lleno de luz. Venezuela es un país de luchadores, un pueblo que no se rinde. Que las palabras del Papa Amigo nos inspiren a ser agentes de cambio, a renovar nuestro compromiso con la justicia, la verdad y la paz. Solo así, juntos, podremos reconstruir nuestra tierra y devolverle la esperanza a quienes la han perdido. Porque ser venezolanos es resistir con dignidad y nunca dejar de soñar. San Juan Pablo II, en su profunda reflexión sobre las estructuras de pecado, nos invita a mirar más allá de los actos individuales y a reconocer cómo la acumulación de pecados personales puede configurar realidades sociales que obstaculizan el bien común. Estas estructuras no son más que la manifestación de factores negativos que se oponen a una verdadera conciencia del bien común universal, tal como él describe: "la suma de factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera conciencia del bien común universal y de la exigencia de favorecerlo". El pontífice identifica estas estructuras bajo tres aproximaciones principales. En la primera, el pecado social emerge cuando se transgreden derechos esenciales de la persona, como el derecho a la vida, la libertad de creer y adorar a Dios, o la dignidad y el honor del prójimo. Tales transgresiones evidencian una agresión directa contra el individuo y la humanidad en su conjunto. La segunda aproximación se relaciona con el bien común y su vínculo con los derechos y deberes de ciudadanos y de los líderes. Los pecados de omisión, ya sea por dirigentes que no actúan con sabiduría para transformar la sociedad o por los trabajadores que no cumplen con sus obligaciones, son ejemplos claros de cómo la negligencia puede perpetuar las desigualdades y el sufrimiento colectivo. Por último, el pecado social también se refleja en las relaciones entre comunidades humanas. Las tensiones de clase, las divisiones nacionales o los conflictos entre grupos contrarían el designio divino de justicia, libertad y paz. Aunque estos males sociales suelen adquirir una naturaleza anónima y compleja, no por ello se eximen de responsabilidad moral. La reflexión de San Juan Pablo II no solo expone las raíces de estas estructuras de pecado, sino que también nos interpela a actuar con responsabilidad y valentía frente a ellas. Cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar en la construcción de una sociedad más justa y solidaria. En un mundo que a menudo se enfrenta a la tentación del egoísmo y la indiferencia, estamos llamados a ser agentes de cambio. No basta con señalar las estructuras de pecado; debemos comprometernos a derribarlas mediante el amor, la justicia y la solidaridad. Cada acto de bondad, por pequeño que parezca, cuenta y tiene el poder de transformar corazones y sembrar las bases de una nueva sociedad. Hoy más que nunca, necesitamos hombres y mujeres dispuestos a defender el bien común, a proteger la dignidad humana, a promover la democracia y a lograr la paz, en la reconciliación con justicia y la libertad Como dijo San Juan Pablo II, el cambio comienza con una verdadera conversión del corazón. Es momento de alzar la mirada, inspirarnos en su mensaje y trabajar juntos por una Venezuela más justa, más digna y reconciliada.
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