| De los buhoneros de la comida |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 13 de Noviembre de 2023 00:00 |
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se encuentra la conversión de nuestras ciudades y pueblos en todo un enjambre comercial, planteado el radical desafío frente a los establecimientos formales, tradicionales y consolidados, pagadores puntuales y resignados de impuestos, sometidos implacablemente a la legislación laboral. Las llamadas calles del hambre que tejen progresivamente las metrópolis del deterioro, diseñando un paisaje y una funcionalidad diferentes de los espacios públicos, buhonerizan el consumo de la comida-chatarra a precios que se suponen accesibles para las grandes mayorías. A diferencia de la otra y muy cuestionada comida-chatarra de las viejas franquicias transnacionales que cundieron en las áreas más cotizadas de la ciudad, ubicadas en locales adecuados y con los más elementales servicios de electricidad, agua e higiene, a los actuales buhoneros del estómago poco o nunca se les cuestiona por la calidad de los productos ofrecidos, por cierto, entendidas las hamburguesas y perros calientes como las “cochinitas” que nada más y nada menos se confunden con nuestra venezolanísima identidad. Subempleadores que se aprovechan descaradamente del servicio público eléctrico, indiferentes ante las mínimas técnicas en el manejo de alimentos, sin la provisión adecuada de agua, se ofrecen como los propagadores de toda suerte de bacterias al aire libre. Luce obvio que los ruidosos expendedores callejeros de comida operan sin las más elementales condiciones sanitarias, tan evidente como el uniforme corporativo que pone a sus numerosos subempleados y que delata ciertos niveles de monopolio en la ciudad. Poco pueden hacer los inspectores del ramo, porque la orden de protección viene de arriba, y se le exige a los empresarios de muchos años el mantenimiento de sendos baños en sus locales, como jamás al que vende hamburguesas, perros calientes, cachapas y prueba con otras alternativas; además, esos subempleados tienen por urinario las adyacencias de la calle misma. Ya no sólo, esos carros se cogen las vías públicas, sino que operan en medio de los más increíbles charcos. Constituye un milagro que no hayan generado una importante epidemia, o, en todo caso, que sospechemos de la censura como un mecanismo para ocultarla. Un problema nada baladí, tenemos frente a la nariz sin querer verlo. Después se quejarán, sin que el oficialismo haya hecho algo para impedir la tragedia, como cínicamente acontece con el Esequibo.
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