| De las construcciones irregulares |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 31 de Julio de 2023 00:00 |
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Y, por casi un cuarto de siglo, ha realizado un determinado modelo de metrópolis ya consolidado. A guisa de ilustración, en tiempos de absoluto dominio y auge popular del chavismo, los de la dupla Barreto-Bernal, invasores presuntamente espontáneos tomaron extensas áreas de El Pinar, como nunca antes había ocurrido, en la cota 905. A pesar de las reiteradas y también reprimidas protestas de los vecinos de El Paraíso, debido a la afectación de una zona ambientalmente protegida, considerada parque nacional, nació otra barriada con las consecuencias del caso, por no extendernos en torno a una modalidad de negocios. La promisoria como arriesgada barriada que todavía trepa el cerro, cuando ya pocas cumbres quedan por alcanzar en la histórica ciudad, expone algunos contrastes harto visibles desde el observatorio privilegiado de un conocido centro comercial. En un sentido, hay inmuebles de varios pisos, frisados y pintados, un poco más inmediatamente accesibles, cuyas capacidades sugiere un empleo comercial que va más allá de resguardar a una modesta familia, al lado de los ranchos hechos a la vieja usanza para ganar espacio al quemar la vegetación y terracear la cuesta, levantando periódicamente sendas columnas de humo; y, en otro, es notable la coexistencia con las viejas edificaciones de una urbanización venida a menos. En uno y en otro ámbito, prosperan las construcciones irregulares, trátese de una casa levantada sobre bases inciertas, o de un penthouse coronado por habitaciones adicionales, sin contar con los cálculos – al menos – legalmente correspondientes para su debida autorización. Desde Hoyo de La Puerta es posible observar una suerte de palacetes de bloques desnudos, con terrazas que imaginamos de una envidiable vista panorámica, como de una distribución interna bien argumentada por sus tres o cinco pisos que penden de la colina como si un par de tachuelas lo sostuvieran cual cartelera de corcho. Y tampoco es difícil imaginar el itinerario a cumplir para tocar a la puerta principal, escaleras arriba, superadas las alcabalas de varias bandas delictivas, y distante de la ruta troncal. En las vecindades del Centro Médico de San Bernardino, o del Mercado Municipal de Quinta Crespo, se aprecian los edificios invadidos de azoteas que cuentan con el múltiple rancherío en franco desafío al diseño arquitectónico de los lugares, el inmediato y el de las adyacencias. De todos modos, la torre de Confinanzas, en la avenida Andrés Bello rumbo a la Urdaneta, por demasiados años de peligros, demostró el provecho que puede obtenerse de cualquier rincón y recodo. Recientemente, entre los puentes Páez y Ayacucho de la parroquia Altagracia, colapsó un edificio al que dio tiempo de filmar en el curso del suceso. Y, si bien es cierto que las autoridades públicas actuaron diligentemente para evitar una mayor tragedia, no registrando pérdida humana alguna (*), no menos lo es que un evento semejante era y es previsible, en una reconocida quebrada, como la de Catuche, embaulada décadas atrás, a cuyas orillas y casi inadvertidamente brotaron los excesos, tal como alguna vez apreciamos desde el antiguo puente de El Guanábano. Lo peor que puede pasar es que olvidemos el colapso del edificio en cuestión y todas las construcciones irregulares que la demagogia populista ha visado, sin interpelarnos en relación al modelo y las políticas urbanas vigentes que apenas puedan reputarse de tales. El olvido es mal consejero: por demasiado tiempo el acontecimiento fue advertido y, sencillamente, a Chávez Frías se le cayó un tramo decisivo del viaducto Caracas-La Guaira, ¿o, acaso, fue un invento del imperialismo y sus lacayos, pues, jamás y nunca acaeció?
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