De monseñor Arias a monseñor Basabe
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 23 de Enero de 2023 00:00

altLa Iglesia Católica no es un partido político, ni tiene propósito alguno en serlo. Empero, el descubrir a Jesús en el otro

y en los otros, implica también una terrenalidad a la que no debe  renunciar, ni renuncia.

Cortejada por la dictadura de Pérez Jiménez, no cedió a la tentación del silencio y de los privilegios. Por aquellos días, redondeada la faena plebiscitaria, todo parecía blindado para un gobierno que había reducido a su mínima expresión a la oposición, agigantando los cementerios, las cárceles y el exilio: nada ni nadie parecía capaz de perturbar al régimen de faraónicas inversiones que intimidaban, sin que crujiera una pulgada de todo el andamiaje.

Antes de la alarma del primero de enero de 1958, luciendo como dos tentativas diferenciadas de golpe en un mismo día, encendids los tanques y los aviones, hubo una poderosa señal el primero de mayo de 1957, con la pastoral de monseñor Rafael Arias Blanco.  La agotadora propaganda y publicidad gubernamental, hablaba de una prosperidad ilimitada, en medio de una forzada paz laboral que, por supuesto, no era paz, sino terror.

 prelado denunció que “una inmensa masa de nuestro pueblo, está viviendo en condiciones que no se pueden calificar de humanas”, incumplida la Ley del Trabajo, además, exigiendo mejoras en el trabajo femenino. En medio de la más férrea censura, los órganos eclesiásticos trataron temas decididamente vinculados a la justicia social y la libertad, ventilados por las homilías, elevadas las tensiones con la polémica entre monseñor Jesús Hernández Chapellín y el ministro Laureano Vallenilla Lanz, concluyendo en la detención del sacerdote junto a otros que saldrán de los calabozos al compás de los acontecimientos del 23 de enero de 1958.

La realidad había estallado en el rostro de los gobernantes con la resuelta, fundada y corajuda palabra de la Iglesia Católica que marcó senderos para el derrumbe de la dictadura antes que la metralla de los aviones de Martín Parada, o los cañonazos de Hugo Trejo, en Caracas. Ya no existe eufemismo alguno para encubrir situaciones, inaceptable una realidad que atenta ferozmente contra la dignidad de la persona humana. 

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En días recientes, la homilía de procesión de monseñor Víctor Hugo Basabe, valientemente pronunciada en la celebración de la Divina Pastora, ha levantado la ira de los personeros de la usurpación. Obviamente, lo acusan de cuanta cosa se les ocurra al mismo tiempo que insinúan un aporte del Estado para los grupos religiosos que así lo requieran, como si fuese suficiente para demoler el prestigio y la fuerza moral del sacerdocio católico que se sabe muy bien en estas duras circunstancias.

De monseñor Arias Blanco a monseñor Basabe, no median demasiadas distancias, excepto la del tiempo transcurrido.  Una profunda convicción con dos milenios a cuestas, un mismo testimonio de fe, sirven y servirán de soporte a la hora que se abran las puertas de la libertad, la solidaridad manifiesta, el respeto y la tolerancia: esto ocurrió un 23 de enero de 1958, presto a repetirse.


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