Del oficio político y la especialidad
Escrito por Luis Barragán | @luisbarraganj   
Lunes, 27 de Junio de 2022 00:00

altForzados a hacerlo periódicamente, aunque sarna con gusto no pica, según la expresión venezolana,

surgió del reacomodo de libros y papeles en casa, uno de los títulos que guardamos con gran cariño al representar una etapa lectora de la vida, así como una canción delata alguna remota etapa sentimental.  De título justiciero, diserta el viejo líder gallego para la coincidencia y la discrepancia, como pocos ahora suelen hacerlo, quizá porque la banalidad y el espectáculo se hicieron del oficio, o, siendo lo mismo, la posmodernidad lo ha teñido por completo: “El cañón giratorio. Conversaciones con Eduardo Chamorro” de Manuel Fraga Iribarne (Argos Vergara, Barcelona, 1982).

Consumado constitucionalista al que le correspondió jugar también roles estelares para abrir y mantener a España en una transición sostenida, el entrevistador lo acusó de tener  el Estado en la cabeza, después de ejercitar la cátedra y publicar varios libros de la especialidad.  No obstante, extendiéndonos en las citas, expresó: “Yo creo que la creación humana en política asciende, más bien, de la dificultad permanente, de que no siempre lo que es real es racional, y de que intentar racionalizar la realidad es una empresa muy difícil  […] Porque pensar que el problema de la relaciones entre el poder civil y el poder militar se arregla con leyes es una equivocación. Se arregla con grandes decisiones políticas, se arregla con el prestigio y con la autoridad” (15, 83).

Siguiendo a Fraga Iribarne, podemos profundizar en el fenómeno militar, dominarlo al extremo,  suscribir los más sesudos ensayos, y elaborar magníficas leyes, siendo lo aconsejable, mas no, lo imprescindible, ya que lo crucial reside en el acierto de las decisiones adoptadas, materia prima irreemplazable de la política y de toda política aún capaz de negarse a sí misma. Por supuesto, existe la tentación de cultivarla como una de las bellas artes, pero no es posible ocultarla como una de las facetas más crudas y radicalmente humanas: aceptarlo, facilita el reto de hacerla éticamente eficaz.  

Significa que el oficio político tiene una naturaleza que le es muy propia y, a la vez, no está reñida con alguna disciplina que lo complemente, le dé soporte, e, incluso, e permita cubrir un vacío en la sociedad. Así, ciertamente numerosos, recurrimos a un par de ejemplos: Rómulo Betancourt se hizo experto en materia petrolera en el país que no los tenía en los partidos, ni en la opinión pública; y Rafael Caldera lo fue en el derecho del trabajo, en tiempos desconocedores de la misma clase trabajadora. 

Por ello, hoy, hacer la política es también repensarla en el contexto de una sociedad castigada por la ignorancia que deliberadamente irradia el poder establecido, por lo que no entendemos al dirigente que, combatiéndolo, simultáneamente no se entere y denuncie con fundamento, los apagones, porque conoce con determinada profundidad de la industria eléctrica; la inseguridad alimentaria que nos embarga, enterado a fondo del mundo agropecuario; o la violación de los derechos humanos, porque sabe de los derechos fundamentales y sus dimensiones procesales, dentro y fuera del país. Vale decir, el conocimiento al servicio de la acción impostergable que legítima la política, lo políticos y a los políticos.

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