Acción Democrática y el Pacto de Puntofijo
Escrito por Ramón Escovar León | @rescovar   

altEl pasado 31 de octubre se cumplieron 64 años desde la firma del Pacto de Puntofijo, el acuerdo político que sirvió de apoyo a la democracia

que se inició en 1958. Su vigencia se estableció para el quinquenio 1959-1964, pero, en la práctica, se extendió por más tiempo, pese a que el partido URD salió del gobierno en 1962, debido a la exclusión de Cuba de la Organización de Estados Americanos. 

Una posible falla de este acuerdo político fue haber excluido al Partido Comunista, que tuvo una participación muy vigorosa en la lucha contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. La izquierda se había fortalecido por la popularidad que tenían Fidel Castro y la Revolución cubana, lo que se sentía dentro de AD y de URD, con lideres como Américo Martín y Fabricio Ojeda, respectivamente. Lo que habría sucedido si Gustavo Machado hubiese suscrito el acuerdo cae en el terreno de la especulación: ¿Cómo sería la historia si los comunistas hubiesen sido incluidos? Más allá de esta polémica, el Pacto de Puntofijo es un texto fundamental de nuestra democracia; incluso fue calificado por Manuel Caballero como “el documento más importante en la historia de la República de Venezuela después de 1830” (La peste militar, p. 20).

El Pacto de Puntofijo tiene un antecedente en el Tratado de Coche, suscrito el 23 de abril de 1863 por Antonio Guzmán Blanco y Pedro José Rojas, secretario del general José Antonio Páez, con el objetivo de poner fin a la Guerra Federal. Sin embargo, tanto Rojas como Guzmán Blanco tenían en común la falta de escrúpulos para los negocios y la búsqueda del poder como sea, sin limitaciones y atropellando la dignidad humana. Guzmán Blanco aprendió de Rojas las habilidades para construir una fortuna personal a partir de la contratación pública. En cambio, el acuerdo suscrito por Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera llevó el sello de la probidad y del prestigio intelectual de estos líderes de la joven democracia. 

Otra referencia de Puntofijo es el Programa de Febrero de 1936, que fue el puente entre la dictadura gomecista y la democracia. Este plan fue la respuesta a la multitudinaria marcha del 14 de febrero de 1936, encabezada por el rector de la Universidad Central de Venezuela, Francisco Antonio Rísquez y por Jóvito Villalba, quien hizo lucir sus dotes de gran tribuno popular. Los pedimentos de los manifestantes fueron atendidos y el presidente Eleazar López Contreras dio un paso adelante al sustituir en el gobierno a los gomecistas que entorpecían el proceso de apertura política.

De manera que los acuerdos políticos de gran calado no eran desconocidos en nuestra historia. En el caso de Puntofijo, se buscaba un objetivo nuclear: dar estabilidad y aliento al proyecto democrático nacido luego de la caída de Pérez Jiménez. Se firmó el 31 de octubre de 1958, en la quinta Puntofijo, residencia de Rafael Caldera. Este proyecto de gobernabilidad giró en torno a tres ideas: a) Respeto de los resultados electores y defensa de la constitucionalidad, b) Gobierno de Unidad Nacional; y c) Programa mínimo común que se debía elaborar por consenso. La consecuencia de estos acuerdos fue la elaboración de la Constitución de 1961. 

Debido a los compromisos políticos, la joven democracia pudo sortear las amenazas de todos los extremos e ideologías que la acechaban. Permitió derrotar a Fidel Castro y a los sectores perezjimenistas. Esto se evidencia con los tres intentos de golpes de Estado posteriores al 23 de enero. El primero fue el de Castro León, el 20 de abril de 1960 en San Cristóbal; luego siguieron los golpes de Carúpano y Puerto Cabello, organizados por el Partido Comunista. A esto se sumó el atentado contra Betancourt, planificado por Rafael Leónidas Trujillo desde República Dominicana, en junio de 1960, poco después del alzamiento de derecha de Castro León. Los golpes fueron derrotados tanto militar como políticamente, gracias a la unidad de las Fuerzas Armadas y a la lucidez de la dirigencia política. 

Cabe recordar que la transmisión de mando de Raúl Leoni a Rafael Caldera en 1968 es tal vez el mayor éxito de los acuerdos de Puntofijo. Se trataba de la primera vez que se transmitía la banda presidencial a un opositor. La tradición venezolana era que el gobierno no perdía elecciones; y, si las perdía, no reconocía su derrota, como aconteció en dos oportunidades. La primera, en 1897, cuando Ignacio Andrade, el candidato impuesto por Joaquín Crespo, perdió ante José Manuel Hernández (el “Mocho”), cuyo triunfo no fue aceptado. Eso generó una crisis política que incluyó la muerte de Crespo, lo que sirvió posteriormente de acicate a la Revolución Liberal Restauradora, encabezada por Cipriano Castro. La segunda, en 1952, cuando la dictadura no reconoció el triunfo de Jóvito Villalba en las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente de ese año. Pero en 1968 la situación fue diferente con el reconocimiento por parte de Gonzalo Barrios del triunfo -con escaso margen- de Rafael Caldera. Se puso en funcionamiento el principio de la alternancia en el poder, producto de elecciones libres, lo que era desconocido en Venezuela. Y esta es una imagen que solo puede repetirse si la clase política pone de lado los intereses personales en obsequio de la unidad y del compromiso democrático.

Luego, este acuerdo político fue perdiendo fuerza en la medida en que comenzó la crisis de los partidos y el deterioro institucional, como la politización de la justicia. En ese contexto, se usaba el adjetivo “puntofijismo” de manera peyorativa para referirse a un sistema político que se había basado inicialmente en el entendimiento para luego privilegiar el reparto burocrático y la corrupción. Así aparece con vigor el rostro de la antipolítica, lo que es aprovechado por Hugo Chávez en su sostenido ascenso al poder. 

Los logros del Pacto de Puntofijo durante sus primeros años se fundamentaron en que la clase política entendió que la democracia solo se sostiene sobre la base de acuerdos, entendimientos, probidad, compromiso con la palabra empeñada e inclusión. En esto, Acción Democrática, por encima de sus conflictos y divisiones, fue pieza clave en la confección del acuerdo y en darle base de sustentación. Nadie puede negar la contribución de AD en la construcción de la Venezuela moderna. Su tarea ahora es otra: colaborar en recuperar lo que se perdió. Los adecos, ahora desperdigados en distintos sectores, deben recordar lo que significó este gran partido de masas en la defensa de la libertad. Los movimientos sindicales y gremiales, así como el desarrollo del sistema educativo de nuestro país, fueron aportes de AD. Asimismo, su oposición al pensamiento positivista y al elitismo son parte de la inmensa presencia del Partido del Pueblo en la historia contemporánea de Venezuela.

Los líderes adecos de la democracia ponían la vista más arriba y más lejos de las controversias adjetivas y se concentraban en lo esencial. El reto de la familia adeca de hoy es buscar la unidad y trascender las divisiones para honrar el legado de los lideres fundadores. La mirada debe centrarse en lo grande y en lo trascendente. La falta de espíritu unitario solo contribuye a la consolidación del modelo autoritario y excluyente que se ha impuesto a los venezolanos. Los socialdemócratas pueden seguir siendo un factor del proceso histórico y expandir las condiciones políticas necesarias para enfrentarse al tiempo. 

La oposición venezolana necesita líderes con temperamento de conciliadores, capaces de construir compromisos inteligentes de largo alcance. Un liderazgo que permita que los venezolanos podamos vivir nuevamente la transferencia de la banda presidencial a un opositor, como lo hizo Raúl Leoni con Rafael Caldera. 

Y todo esto merece ser pensado con ocasión del 64 aniversario del Pacto de Puntofijo

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