| Ramón Palomares: La eterna luz de la palabra |
| Escrito por Delsy Mora | @delsynn |
| Jueves, 09 de Abril de 2026 00:00 |
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La casa estaba girando, girando
La poesía venezolana (un tapiz diverso ), ha sido tejida por una mirada de grandes voces y grupos literarios, con diferentes formas de enfrentar el hecho poético, la misma ha sido influenciada por la geografía y cultura de nuestro país, conformando así una antología de poetas con los cuales hemos vibrado y nos hemos reconocido como lectores a través de la materia verbal, de los versos hechos ritmos, sonoridades, imágenes e identidades llenas de palabras e historias, en función al sistema de valores estéticos de cada época hasta nuestros días. Dentro de ese gran coro de creadores, espacio poético heterogéneo y la pasión vivida por la palabra, la figura de Ramón Palomares emerge no sólo como un poeta premiado y celebrado, sino como un gran maestro en su paso por la Escuela de Letras de la Universidad de los Andes al dejar una huella indeleble en las almas y corazones de quienes tuvimos el privilegio de ser su estudiante. Corría el año 1985 y desde el primer dìa de clase en la Facultad de Humanidades, la antigua, me conectó con la palabra hecha casa en una escuela de letras, sin aburrimiento y llena de camaradería: amigos, pasteles, tertulias se apreciaban y se disfrutaban en aquella época en los pasillos, en el cafetín o frente al Tàbano con Arminda ofreciendo los títulos recién llegados a su pequeña librería. Para nuestro profesor, Premio Nacional de Literatura (1974), la poesía era un ámbito al que nadie debería renunciar, expresaba a viva voz que el arte es un conocimiento que deviene de la libertad, que las palabras nos hacen libres, nos hacen luminosos y se contraponen a la constante y abundante producción de información y de conocimiento que nos hace inestables e inseguros.
“Abrir los ojos y encontrarse el mundo” Palomares no era un profesor convencional en lugar de disertar sobre la métrica o la estructura, hablaba del pulso de las palabras, de la sangre que las alimentaba. Aún retumban sus palabras: “ La literatura, como la vida, no es un ejercicio de virtuosismo, sino un acto de entrega, cada palabra que escriban debe nacer del amor, del respeto por el otro que se esconde detrás de la página”. Nos decía. “El poeta es un hombre comprometido, su lenguaje y su temática son esencia de comunicación y esencia de vida”, La poesía es un patrimonio de todos, es un golpe en el aire…es un orden con sentido de la belleza y el equilibrio en relación con el mundo, le subrayaba a Pedro Ruiz en una entrevista publicada por el Perro y la Rana en 2019. En esos días de joven alegre y hiposa ulandina de los ochenta resaltan sentados en la mesa del cafetín junto a Palomares: el poeta Pepe Berroeta, Lubio cardozo, Alicia Thiele, Jesús Serra, Eddy Pérez, Márquez Carrero, Enrique Obediente, Alberto Rodríguez, Ednodio Quintero, los hermanos Ruiz Tirado, Teresa Espar, Amparo Pastor, Viki Ferrara, Carlos César Rodríguez, Laura Craco, Mireya Krispin, Angel Vilanova, Stalin Gamarra y Adelis León Guevara. Sus pupilos siempre atentos: Alejandro Oviedo, Belford, Gregory Zambrano, Ramón Medero, Carlos Baptista, Octavio González, David González y Eduardo Rivero, entre otros.
La huella del maestro: un eco que perdura La obra literaria de Ramón Palomares es una sinfonía de metafòras, musicalidad, imágenes vividas y emociones entrelazadas, un universo donde cada verso es una ventana abierta a su cosmovisiòn, como si cada palabra estuviera cuidadosamente elegida para encajar a la perfección. Su obra es un testimonio de que lo sagrado se esconde en la intimidad de la vida y que la poesía, como la siembra es un acto de fe. Su huella perdura como un campo, esperando ser recorrido por aquellos que buscan en la literatura un reencuentro con la verdad simple y genuina, donde la palabra al igual que el pajarito que viene tan cansado revelan la fatiga y la fragilidad del alma. A través de sus versos y sus textos, Palomares no sólo narra, sino que nos invita a un encuentro con lo sagrado que habita en lo simple, en un gallo de pelea, un pajarito, en una cosecha, un arroyo, en el patiecito, la noche, el sol, un gavilán, una culebra, o en el gesto de una abuela. El espacio de la casa de su abuela se convierte en un refugio donde la inocencia y lo sagrado del pasado están a salvo del paso del tiempo. Sus versos son una celebración a la vida, demostrando una maestría para convertir el habla popular en un vehículo de trascendencia. La palabra dirige su cauce hacia lo oral, hacia la poética musical con la que habla el campesino. La palabra no está sometida al código socialmente necesario y dominante, diría Walter Ong, sino que la expresión oral es capaz de existir. Sus poemas no son meras descripciones, sino actos de revelación con un paisaje místico, el poeta nos invita a celebrar la belleza de lo cotidiano. Nos invitó también desde esos días de la academia a ser conscientes de la brevedad de nuestra existencia, una lección que no tiene precio para quienes tuvimos la oportunidad de estar en su aula de clase como lectores de su obra y de la literatura venezolana en general. Su legado está intacto y vigente como la responsabilidad del creador hacia la realidad que nombra. Sus consejos no era una norma moral, sino una prescripción para la conciencia estética, amar a la palabra y a los seres que la habitan.La escritura no como un ejercicio de habilidad, sino un acto de reconocimiento y dignificación, como un campo de encuentro donde lo sagrado y lo profano no se oponen, sino que se fusionan. Recientemente tuve la oportunidad de visitar Trujillo para participar en la Bienal de Literatura que lleva su nombre, acompañada de su querida esposa María Eugenia y de una voz portentosa y poética como la de Maria Isabel Novillo. El reconocimiento a su legado que presencié tanto en Trujillo como en su natal Escuque fue de un goce que aún resuena en mi ser. Es de resaltar que así como era su vida personal serena, así eran sus clases. Al leer las consideraciones que hizo el poeta sobre su tìa paterna Polimnia, la de su abuelo, su tío Julio y de su padre Rómulo quienes estimularon desde niño su afición por la lectura y su amor por su terruño suenan igual a la descripción de él mismo, esas ausencias son èl : un maestro normalista, egresado del Pedagógico de Caracas, un andino transfigurado de universalidad en su habilidad de destilar lo local en una verdad universal.
“Uno se reconoce como un continuo” Su capacidad se fundamenta en ser testigo honesto, un custodio de la memoria y un mediador entre el alma del mundo y el lector. La poesía expresada en más de una docena de sus libros se transfigura como un vehículo para la manifestación del poeta como un ser humano que posee una sensibilidad particular para percibir y honrar a la existencia misma, a la historia y sus personajes, a la palabra y su escuela de Letras. Las experiencias vividas en la Facultad de Humanidades fueron vitales para un entendimiento pleno de lo que significaba leer y escribir. Nos indicó que la literatura, lejos de ser un simple oficio, es un camino ético y amoroso que nos obliga a mirar y sentir para poder hablarle al mundo con autenticidad. Es decir, para escribir bien, primero hay que ser un ser humano honesto. La suya es entonces una impronta que como un río, sigue nutriendo nuestra profesión de docentes, escritores, poetas e investigadores. Nos enfatizó que la literatura no es una simple construcción de letras, sino una arquitectura de afectos. Y esa huella, la de un hombre que amó a la literatura, así como la de todos los intelectuales y profesores anteriormente mencionados de la Facultad de Humanidades y Educación, nos formaron para amarla a través de la honestidad y el respeto: es el eco que ahora, en mis clases, sigo intentando transmitir. Sus enseñanzas y la eterna luz de su palabra fueron esenciales tanto como su producción literaria. El poeta Palomares logró equilibrar el rigor académico con una poética y amistad fluida. Fue y es una presencia en la historia de la literatura venezolana, un testimonio imprescindible para entendernos en nuestra afinidad cultural como país y a la Universidad de los Andes que lo cobijó y le concedió un “Doctorado Honoris Causa". De este modo, la literatura sigue siendo una herramienta poderosa para la construcción de identidades, sigue siendo testimonio y crónica de la búsqueda persistente del ser humano por encontrar su voz en el universo. Al mismo tiempo, la creación poética es una actividad que todos disfrutamos, y recordar a un gran poeta como Ramón Palomares, supone una ventana para asomarme al legado de un gran maestro que forma parte de la historiografía literaria venezolana, hacer visible su verbo y premisas nos da la oportunidad de reencontrarnos en cada historia contada que nos inspira y motiva a continuar honrando su memoria y herencia. Su obra es un testimonio de que lo sagrado se esconde en la intimidad de la vida y que la poesía, como la siembra, es un acto de fe. El poeta continúa siendo un guardián de la memoria que dignifica su herencia al darle voz. Su obra perdura como un campo, esperando ser recorrido por aquellos que buscan en la literatura un reencuentro con la verdad simple y genuina, donde la palabra al igual que el pajarito que viene tan cansado revelan la fatiga y la fragilidad del alma, pero en su incansable vuelo hacia la luz halla su descanso y su hogar en el corazón de quienes la habitan.
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