| Harakiri (1962): No hay honor sin humanidad |
| Escrito por Ángel Rafael Lombardi Boscán | X: @lombardiboscan |
| Jueves, 21 de Agosto de 2025 00:00 |
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No hay que ser muy sesudo ni mucho menos marxista o historiador para concluir que la Historia es un asunto entre los buenos y malos; entre los de arriba y los de abajo; entre los ricos y pobres. Así de sencillo. Que hay matices y zonas grises: obviamente. Desde la ambigüedad del menosprecio los órdenes sociales se manifiestan como pulcros y normales. En realidad, es una vida social caótica y sólo con destellos de felicidad. El individuo es una pieza anónima de un puzle sin resolución. Razón por la cual la imaginación nos protege de la desgracia. Para unos pocos es una imaginación creativa y liberadora, para la mayoría, las habas se cuecen dentro de su propia alineación soportando las miserias de unas vidas tristes. Razón por la cual el Poder controla y castiga; somete y engaña; traiciona y humilla. La finalidad siempre es una sola: preservarse de cualquier rebelión que cuestione su primacía. Los desventurados de la Tierra, sin padrinos ni riquezas, entonces recurren a Dios Salvador. O al ritual religioso que ayuda a disimular los miedos y penurias. El harakiri japonés es uno de esos rituales donde el dolor físico extremo se convierte en epifanía espiritual. Un medio de control social. “Seppuku es muerte honorable o suicidio ritualista por destripamiento que sólo puede ser llevado a cabo por un samurái. Hara-kiri significa cortar el estómago en japonés donde la palabra hara se refiere al estómago y kiri se refiere al corte”. “La costumbre del seppuku se remonta al Siglo XII como medio exclusivo para las clases altas y samuráis para expiar crímenes, recuperar el honor perdido o evitar capturas vergonzosas. Cuando se ejecutaba correctamente, el seppuku se consideraba la forma más noble de morir para un samurái y, según relatos de testigos presenciales de ese suicidio ritual, probablemente la más dolorosa. Sólo los samuráis pueden realizar harakiri; los plebeyos no pueden (pueden, pero la acción no tendría ningún valor significativo)”.
Visto de ésta manera el harakiri es una ceremonia de la más alta alcurnia de la aristocracia japonesa de su llamado período feudal o edad guerrera. Esa edad guerrera que el mismo cine japonés (jidaigeki) más tradicional terminó por exaltar como patrimonio cultural positivo del Japón. Esta simbología ilustre solapa el deshonor que implica la pobreza para la mayoría de los japoneses de a pie de ese entonces: campesinos, prostitutas, artesanos, pescadores, servidores y los rōnin sin empleo como es el caso del protagonista de la película. La desgracia social como resultado de las injusticias es la pulpa natural del Poder absoluto. Educar a las masas y promover vidas más satisfactorias es contraproducente para el que manda desde la fuerza y la tradición. Fuerza que se permite desde la legitimidad de las leyes, elaboradas casi siempre por los banqueros y mandamases. Todo el sistema de explotación está muy claro para los aprovechados y muy confuso para las víctimas. Los mitos vienen a representar los lavados mentales que calman la frustración de los que no tienen nada y llevan vidas compartiendo el espanto. Uno de los mitos más utilizados es que "todos somos iguales ante la Ley". Otro Mito pendenciero es el de la Libertad. Tan libres somos que no vemos las cadenas que nos someten de múltiples maneras creyendo que somos libres. Otro Mito, es el nacionalista y patriótico, que chantajea de tal forma que inmolarse en la guerra defendiendo una bandera es motivo de honores, estatuas y celebraciones. Bueno, un director japonés de nombre Kobayashi, que vivió los horrores de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y fue prisionero de los Aliados, hizo una película: HARAKIRI, que ubica en los inicios del siglo XVII japonés de la llamada era feudal con la presencia del dominio Tokuwaga. Lo que para Kurosawa es brillo y nobleza, para Kobayashi es hipocresía. Aunque seamos justos, ambos son directores supremos, y abordan sus temas de acuerdo a los contextos escogidos. Kobayashi, no utiliza el cine para vender mitos, por el contrario, su propuesta es muy audaz ya que los ataca y denuncia por estar al servicio de una casta privilegiada cuya endogamia pretensiosa detesta. Kobayashi, toma partido por los perdedores de la Historia; de la llamada “pobresía” esquilmada por los más ricos. El protagonista de HARAKIRI es un antihéroe acompañado de la lucidez que produce el desengaño. Un hombre al que le fue arrebatado todo y consigue un último acto de dignidad y redención aun pagando caro con su propia vida. Esta película de "izquierdas" no la podrían tolerar todos los regímenes de izquierda que cuando tienen el Poder se comportan como opresores y nunca lo quieren soltar. Toda referencia al pasado siempre es contemporánea. Razón por la cual HARAKIRI hurga en las heridas de guerra de un Japón invadido por los estadounidenses y en proceso de reconstrucción. HARAKIRI denuncia al militarismo fanático que llevo a los japoneses a una inmolación colectiva en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) bajo consignas peregrinas como el honor y sacrificio patriótico. La idea que tenemos de unos Kamikazes felices por encontrarse con la muerte defendiendo al Emperador y las creencias patrióticas, disimula el hecho de que estos muy jóvenes suicidas contra su voluntad, tuvieron mucho miedo y querían seguir viviendo. Masaki Kobayashi (1916-1996) puso en su sitio todo el imaginario Samurái. Kobayashi destruye la filosofía imperial del Bushido y concluye que no hay ningún honor en practicar el harakiri y sus derivados. Que los códigos de honor son una patraña más para ofender a los más desvalidos socialmente. Kobayashi es un lobo estepario. Y también un aguafiestas. Porque el muy querido género de los samuráis, llevado al cine como un hurra patriótico, lo hace añicos por completo. La escena final es apoteósica y sinfónica. Épica y redentora; porqué el perdedor abrió sus propios ojos y enfrentó la verdad. Más grande liberación que esta no puede existir, aunque ello contemple la derrota física más no moral. El Jefe del Clan o Regente se da cuenta que su victoria es amarga. Que hubo un outsider que se atrevió a retar a los mecánicos de la dominación señorial. La venganza es inútil por qué nos convierte en lo mismo que combatimos, aunque en algunos casos es reparadora y hasta saludable para alcanzar el desagravio. El ser humano es a veces, me atrevo a decir muchas veces, más bestia que humano. Ya Charles Darwin se había referido a ello. El humanismo, de éste director de cine japonés, nos permite reflexionar sobre la Historia que no es otra cosa que la muy paradójica aventura humana. Con sus debacles y tiempos promisorios, estos últimos, en realidad, son pocos. Finalmente acudimos al "control de daños" del Poder que fue desafiado. Las derrotas no forman parte de las historias heroicas y blanqueadas. El criminal es criminal sólo si pierde. Si se sale con la suya es un héroe venerado nacionalmente. Un bribón afortunado. El monopolio de la historia oficial está en manos de los que mandan y cualquier disrupción debe ser atajada y censurada. Por ello, la Historia, el Poder siempre la reescribe a su medida modificando los hechos. O inventando los hechos.
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