| Del confesionario al carril de velocidades |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 21 de Octubre de 2024 06:27 |
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su oferta a través de una potente corneta del camión que se detiene en el lugar a la hora que le viene en gana. Vale decir, nostalgia por el desorden citadino que todavía pretende darnos identidad y gentilicio, francamente insoportable. Por ejemplo, la bulliciosa promoción que entra a un apartamento por la ventana de la sala, mientras que otra promoción – la de aguacates – hace lo propio por cada ventana de las habitaciones traseras, se cruzan a la mitad de los escasos metros² de un sitio que alguna cotización tuvo en el siglo pasado. En la era del cambio de facto de las ordenanzas y, más de las veces, sin hacerlo, el comercio rampante – formal e informal – penetra los espacios residenciales que, todo el mundo lo sabe, tiene a muchos adultos de avanzada edad y enfermos en vilo. El fenómeno de la anomia del que supimos gracias a la sociología que se veía en el bachillerato de humanidades, hoy, dejado demasiado atrás, es el que caracteriza a Venezuela, sentido agudamente desde los ochenta y noventa del siglo pasado. Voces muy calificadas advirtieron los riesgos de una profundización de la que finalmente se aprovechó el chavismo, expresión genuina del fenómeno, orientada a la disolución social que experimentamos ahora. Sin embargo, cuenta con extraordinarias ventajas: se le cree una gracia, en lugar de la morisqueta; nadie se reconoce afectado e inmerso en el proceso de disolución, no sabemos por cuáles providenciales razones, y obra una poderosa autocentura que es, no cabe duda, miedo a afrontar la verdad. Solemos creer que estamos completamente vacunados contra la anomia, por nuestra cultura y el nivel formal de educación. Quizá mejor se dice, por crianza del hogar y explícita consciencia de las personas, el mundo y las cosas, casi siempre derivado de un superior estatus social real o imaginario. El asunto está en descubrirnos, por lo menos, en el marco de una tendencia masiva o generalizada a la que ofrecemos resistencia. Y esto puede perfectamente apreciarse en ámbitos muy estructurados, organizados y reglados, o supuestamente, reglados. Por nuestra propia experiencia que sirve de ilustración, hemos visto a feligreses de una evidente adultez que se colean descaradamente en la fila hacia el confesionario, sin el menor rubor. Sería comprensible que una persona seglar o religiosa de avanzada edad, u otra de una evidente enfermedad, adelantara la cola y, para ello, es habitual que pidan permiso o disculpas, pero no entendemos a los que van a dar cuenta del arrepentimiento de sus pecados, dejando otros a medio camino. Otro caso, en la pista que acostumbramos a caminar y, eventualmente, trotar, tuvimos la ocurrencia de hacer una modesta observación a un par de señoras que obstaculizaban nuestro paso, pues, conversadoras, ocupaban todo el carril de velocidad modesta. De una testarudez digna de mejores causas, siguieron atravesadas y no quedó más remedio que cambiarnos al carril de mayor velocidad, porque las reglas las entienden a su modo. Y es que, necesario es decirlo y denunciarlo, al venezolano promedio le falta sentido autocrítico, aquejado por esta enfermedad de la anomia, sobradotes como nos enseñó el rentismo petrolero y, frecuentemente, vivos pendejos, materia prima del socialismo del siglo XXI. Podemos muy bien vernos en el espejo del paisano o los paisanos delincuentes que ingresaron mal heridos a un hospital de Lima con un par de grabadas, lo cual nos permitiría alcanzar la hondura de una reflexión necesaria. Sabemos de esfuerzos notables para autorretratarnos con fidelidad, como el que ha hecho el psicólogo Axel Capriles, pero sentimos que falta el indispensable choque y, se dice, rechazo equivalente al que produjo “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz en 1950, valorado correctamente con el tiempo. Claro que hay miedo a la verdad, pero también la sentida urgencia de afrontarla para superar todo lo que nos trajo a estas alturas de un siglo que nos es ajeno.
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