Librerías de pensamiento único
Escrito por William Anseume | @WilliamAnseumeB   
Viernes, 09 de Septiembre de 2022 06:21

altMe refocilé observando una vidriera de una antigua librería en el centro de la capital.

Obviamente, ya no tiene el nombre de antaño, aquella voz indígena que expresaba bajos precios y pluralidad absoluta para la obtención del conocimiento al contacto con la hoja de papel. Ante los tiempos que ¿corren?, repletos de tecnología, el libro en la mano es una antigualla, un arcaísmo, una aguda reminiscencia, lo sé. Pero el concepto de librería no es una tendencia de ¿pensamiento? para ofertar. 

De allí que sin sorpresa alguna; o, más bien, con sorna profunda, me acerqué al anaquel mostrado, a sabiendas de lo que confrontaría: títulos rojos, manchas rojas. Pérdida de tiempo y de dinero, de creencias que pretenden esparcirse o que más bien fueron en su momento una manera más de compensación económica para sus ¿autores? Casi todos allí, quienes presiden algunas instituciones de eso que debería ser el Estado. Esto me llevó a elaborar la idea de que la ficción y la reflexión ya no están en los libros. No caben en ellos, en eso, de tan trabajada en la realidad. Algunos se hacen la idea de que sus palabras transcritas serán recibidas por alguien que además aspira a comprenderlas. Finalmente no será así. ¿Quien va a esas librerías del supuesto Estado? ¿A que? ¿Leerán esos libros direccionales? ¿Para que? 

Hace años lo supe. Cuando daba clases de teatro venezolano y solicité a los autores en otra sucursal de esa misma cadena. La respuesta no fue, aunque ha podido ser: están agotados. Me resultó sorprendente. Entonces los alumnos me señalaban, para mi asombro, que a los grandes autores dramáticos nuestros no los encontraban en ningún rincón. Digo de hace años, cuando aún no estaban tan esparcidos los libros  electrónicos. La respuesta del vendedor fue un insólito: esos autores no se venden aquí. Búsquelos en las librerías comerciales. Donde tampoco los encontré. El tema de la edición es otro asunto en el que no pretendo ingresar hoy. Se imposibilitaba para mí la trasmisión del conocimiento, sin la letra de primera mano. Pero la respuesta me orientaba hacia esto que vendría. 

Muy similar a los primeros años de este régimen macabro y continuado entre el difunto y el sobreviviente, cuando acudí a preguntar porque se retrasaba la salida de la imprenta de un libro que contenía las palabras expresadas en la Emisora Cultural de Caracas por los hacedores de teatro en Venezuela y la respuesta de mi amigo editor fue: tienes que sacar varios de los entrevistados cuyas palabras estaban en el libro, porque, si no, no sale. Y le respondí: pues no sale. Temprano entendí la cerrazón ante la pluralidad, ante eso que en la universidad abunda: la aceptación de múltiples ideas, aunque no las compartamos. El fascismo, tan moda ahora en Venezuela, de un lado y otro, encerrado en ese coartar la diseminación del pensamiento, de donde venga. ¿Que diferencia esto de quemar libros o dejar morir de hongos o humedad una biblioteca? Por suerte el pensamiento en la mente de los individuos no puede ser quemado. No tan fácilmente. 

El pensamiento debe dejarse correr, así no sea el que a mí, a nosotros, de inmediato nos interese. La basura morirá sola o servirá para documentar la falacia que se trató de implantar a juro. Para algo servirá en un futuro. El libro persistirá. La biblioteca virtual conserva la facultad de brindarse a todos al alcance de la mano, de los dedos, sin mayores cortapisas ideológicas. 

Leí que han cerrado más del ochenta por ciento de la librerías. ¿Y que? Si son así, como estas, se entiende. El remate de libros bajo el puente de las avenida Fuerzas Armadas, ¿se sigue llamado así? Que raro.  Ante la desesperación de rementar todo, tendrán alguna razón por dejar ese nombre que luce hoy cuando menos pintoresco. Decía del remate que continúa imperturbable ante el paso del tiempo y la tecnología. No pierdo la costumbre y me traje unos tomos variados, no de la mal llamada librería. O sí, ahí venden libros muy útiles para incrementar el tamaño de algo, a mi parecer, pero de allí no me traje tomo alguno, inservible a mi interés vital. Me divertiré con la variedad de textos, incluyendo uno que me regaló un cercano amigo. El libro sigue como concepto y como realidad; así sea virtual, es también realidad actual. El concepto de librería de este régimen no encaja en el de vida. Queda como un remanente de su fallido pensamiento único. Como si esa mentira fuera posible siquiera como utopía. En fin...  


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