Crónicas del aire
Escrito por Alirio Pérez Lo Presti | TW: @perezlopresti   
Miércoles, 13 de Abril de 2022 06:28

altRamón había llegado en autobús luego de diecisiete días de viaje.

Partió una mañana desde Barquisimeto, para finalmente llegar a Santiago a finales del mes de abril del dos mil diecisiete. La ciudad le pareció tranquila y el primer empleo fue de mesonero, en un restaurante en el centro de la capital de Chile, el cual era frecuentado por ejecutivos que trabajaban en algunas empresas del pujante país austral.  Su primo Miguel le había conseguido ese primer trabajo, mientras en las noches soñaba con llegar a ser lo que más le gustaba: Poder cocinar en un buen restaurante, o mejor aún, ser el dueño de su propio local.

Esperanzas y persistencias

Antes de comenzar la peste, ya su situación migratoria se había resuelto en forma favorable. Lo de la pandemia le había forzado a cambiar de oficio, así que junto con su primo crearon una pequeña empresa de reparaciones de departamentos. Muchos extranjeros perdían el trabajo, se les hacía imposible seguir pagando los arriendos y se marchaban de madrugada, en forma sigilosa, dejando deudas. Las viviendas que ocupaban quedaban con el deterioro propio del uso y abuso. Hacían el trabajo de manera tan excelsa, que pronto los contrató un par de inmobiliarias para que reparasen los apartamentos que quedaban desocupados. La pandemia había sido una gran oportunidad para surgir económicamente en un país que le abría las puertas de las oportunidades. De esa manera podía ahorrar lo suficiente para enviarle remesas a los familiares que habían quedado en Venezuela y una parte de lo que ganaba lo guardaba para lo que había sido un largo sueño: Poder ir de vacaciones a La Argentina el día de su cumpleaños número treinta. 

Abordando vuelos

Un par de rubios elegantes, con trajes Armani y maletines de cuero fino hacían la fila para abordar. Contrastaban con la totalidad de pasajeros que estaban a punto de montarse en el avión. De aspecto tranquilo y movimientos pausados, ninguno hablaba español. Una vez dentro de la aeronave se sentaron en la última fila, al lado de los baños. Cuando la nave despegó anunciaron que se trataba de los nuevos socios mayoritarios de la compañía aérea. La atención de la tripulación fue desmedidamente afable, con un trato impecable hacia los pasajeros y dadivosos a más no poder al momento de servir el refrigerio. A mi casual compañero de vuelo le preguntaban con insistencia si deseaba algo más, a lo que él respondía afirmativamente, recibiendo tres veces más alimentos y bebidas que cualquier otro pasajero. Sinceramente nunca me habían tratado tan bien en un vuelo. La razón obvia: Íbamos junto a los nuevos dueños. 

En el aire

Ramón nunca había viajado en avión, así que se asesoró a través de internet de cuál era el atuendo más adecuado para ese primer viaje en marzo de 2022. Una gorra de beisbol, zapatos ligeros sin medias, franela negra con letras e imágenes verdes que promocionaban una bebida energética, unas bermudas y anteojos de color naranja hacían muy florida su presencia. No dejaba de tomar fotos y la alegría propia de quien actúa como niño era contagiosa. Llegué a la fila en la que me correspondía la ventana y el se encontraba en el tercero de cuatro asientos que en minutos partía hacia Buenos Aires. Ni siquiera dejó de tomar fotos en pleno despegue, lo cual le hacía alargar la mano frente a mí para poder tomar fotos a través de la ventanilla. Cuando el avión se estabilizó, un pasajero con acento porteño habló con la aeromoza y solicitó cambio de asiento. A mí me hizo gracia y pudimos viajar más cómodos, él iba en el pasillo y yo en la ventana. Entonces empezamos a conversar. 

Destinos comunes

A mí me generó un poco de risa cuando Ramón me confesó con vergüenza que era la primera vez que tomaba un vuelo. Le di el asiento de la ventana, dado de lo importante que era este viaje para él. Intercambiamos historias de vida, como solemos hacer quienes viajamos y luego me hizo notar que le parecía que ir en avión era superior a lo que había imaginado y escuchado. Tragando un sorbo de vino tinto, me decía que la atención le parecía excelente. No quise acabar con su emoción, por lo que no le dije que se trataba de un vuelo con “atención preferente”. De oficios distintos, habíamos trabajado en los mismos sectores de la misma ciudad. Él había llegado al país sureño poco antes de mi arribo y ambos compartíamos la afición por Argentina, siendo para él su primer viaje en avión y su primer viaje al legendario país del sur de Suramérica. Me di cuenta de que el desarraigo era compartido y por razones que ni recuerdo ni comprendo, formábamos parte de un grupo de gente que anda dando vueltas de un lado para otro, conduciéndose de una manera que para muchos es incomprensible. De gustos, contrariedades y logros íbamos conversando cuando ya aterrizando el avión nos sorprendió la inmensidad del Río de La Plata, con miles de veleros surcando sus aguas. Ramón lloraba de la emoción y una y otra vez tomaba fotos a la vez que daba gracias a Dios.


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