Los azares geopolíticos de la guerra
Escrito por Claudio Briceño Monzón | @CabmClaudio   
Miércoles, 30 de Marzo de 2022 00:00

alt“La geografía es el telón de fondo de la historia de la humanidad.

A pesar de las distorsiones cartográficas, puede revelar tanto las intenciones a largo plazo de un gobierno como sus consejos secretos. La situación de un Estado en el mapa es lo primero que lo define, incluso más que la filosofía de gobierno… La geografía… tiende un puente entre las artes y las ciencias, relaciona el estudio de la historia con factores medioambientales, algo que los especialistas en humanidades a veces descuidan… Los mapas censuran la idea de la igualdad y la unidad de la humanidad tan pronto como nos recuerdan los distintos entornos del planeta que contribuyen, de múltiples formas, a la profunda desigualdad y desunión de sus habitantes, lo cual conduce al conflicto…”[1]

Robert Kaplan. La Venganza de la Geografía. 

La geografía estudia la superficie terrestre en su diferenciación espacial, como hábitat del hombre. Es una ciencia de análisis de conjuntos –físicos y humanos– que explica las diversas características de la superficie terrestre. Iniciamos este artículo citando un libro de Robert Kaplan que tiene una vigencia contemporánea extraordinaria, titulado: La Venganza de la Geografía. La geografía marca el destino de las naciones. El mismo nos proyecta a la ciencia de los lugares y su correlación con la política exterior de los países –es decir, la geopolítica-, que explica las relaciones internacionales como la confrontación por el dominio sobre la soberanía territorial y marítima de las diversas regiones del mundo. Esto cobra relevancia es este momento cuando los intereses geopolíticos de ciertos países están llevando nuevamente a la guerra, definida como enfrentamiento armado organizado y no ocasional entre dos sociedades humanas.    

Al contrario de lo que algunos creen, la guerra es producto de debilidades y deficiencias humanas, no de una fuerza o una actitud consciente y evolucionada. No hay una sola guerra en la historia de la humanidad en la cual no se respire el fenómeno de un líder inconsciente, dominado por sus emociones y seduciendo a los ciudadanos con discursos arcaicos de imperios imaginados.

En tiempos de griegos o romanos, la guerra era considerada como el supremo torneo, una lucha sin cuartel mediante la cual se determinaba cual población merecía vivir, cual sería aniquilada o esclavizada. Según Aristóteles en La Políticahabía cierta justicia en ello, porque una vez que el torneo culminaba el más fuere, el más resistente, el más astuto, merecía no sólo vivir sino también mandar. 

Así lucharon en imponentes conflagraciones persas contra griegos, Esparta y Atenas, Roma y Cartago. Con el tiempo, no obstante, surgieron doctrinas limitativas de la guerra. Cuando se creó la concepción de guerra justa se hizo ver que no toda guerra lo era, que únicamente aquéllas que respondían a un motivo valedero podían ser libradas sin cargo de conciencia.

El horror de las guerras del siglo XX promovió la paz como horizonte. En la Carta de las Naciones Unidas, en efecto, sólo se admite como justa la guerra defensiva y queda condenada toda guerra ofensiva, cualquiera sea su motivo. Actualmente podemos asegurar que no siempre se acata la norma, pero el hecho de que ella exista marca un hito en el progreso moral de la humanidad.

La actitud grecorromana ante la guerra no dejaba de tener raíces religiosas (la guerra se parecía a una duelo o juicio de Dios, cuyo veredicto era el premio de las virtudes o el castigo de defectos ostentados). En Occidente la guerra fue considerada como la última razón que se empleaba en un conflicto, cuando los procedimientos pacíficos se habían agotado. Ahora bien, quien usa una última razón pretende ser razonable. La guerra puede ser vista desde esta mirada como el último recurso al que acuden seres racionales en busca de soluciones, como un  recurso cada vez menos estimado a medida que aumenta su peligrosidad.

Torneo para los romanos, la guerra es casi una locura para el hombre de hoy. Hay quienes hasta deliran con abolirla de forma absoluta. Pero al aludir al creciente anti belicismo de la sociedad contemporánea, sólo estaremos contando una parte de la historia. El hecho es que la guerra ha sido considerada como un sacramento en los diferentes tiempos y regiones del mundo. Por ejemplo, la cristiandad pasó por ese periodo cuando los cruzados salían a matar en nombre del Santo Sepulcro, o incluso cuando católicos y protestantes se degollaban en nombre del mismo Dios. Lo grave es que el uso de la violencia en nombre de ideales religiosos continua vigente en buena parte del islam. Cuando alguien levanta la espada para defender algún interés, su acción queda limitada por el balance racional de lo que está haciendo. Si los costos van a ser mayores que los beneficios, la guerra deja de ser racional. Por esta razón no ocurre la guerra nuclear.

En cuanto al antagonismo ideológico que existió durante la guerra fría, ese estado de tensión permanente primero entre las grandes potencias y luego entre los dos bloques acaudillados por las superpotencias –Estado Unidos y la URSS, separados por lo que Winston Churchill denomino en 1946 el telón de acero-, se detiene ante el peligro de choque directo. Vemos así que la tensión retrocede ante la perspectiva de una guerra general a la que las armas tecnológicas y especialmente la bomba atómica habría convertido en un suicidio de la Humanidad. Pero lo cierto es que esta tensión ha sido alimentada históricamente, no solo por la disuasión de las fuerzas militares, sino por factores ideológicos, económicos y sociales.      

Hoy pareciera que la guerra reapareció del pasado al presente y las ideas nacionalistas hacen pensar que la historia repite acontecimientos. Esto nos hace reflexionar sobre la paz como un interés mundial que no tiene concordancia con los intereses nacionales, como lo explica exhaustivamente Hans Morgenthau: 

“…cuando se desarrolla una amenaza concreta a la paz, la guerra no se ve contrariada por una opinión pública mundial, sino por las distintas opiniones públicas de aquellas naciones cuyos intereses están amenazados por la guerra. De ello se deduce que es obviamente fútil fundar esperanzas para la preservación de la paz en el mundo, tal como está constituido, sobre una opinión pública mundial que existe sólo como sentimiento general, pero que no es fuente de acciones de prevenir una guerra en ciernes.

Cuando se indaga por debajo de la superficie de la fraseología popular, hallamos que una opinión pública mundial limitativa de la política exterior de un gobierno nacional no existe. Como consideración final respecto de la naturaleza de la opinión pública, tal como se muestra en las costumbres de la sociedad, podemos decir que no puede ser de otra manera bajo las presentes condiciones del mundo. En tanto es posible concebir una sociedad en la que no haya una activa opinión pública –y que sin duda existieron y existen aún sociedades autoritarias donde la opinión pública no opera como una fuerza activa en la política internacional–, no existe, obviamente, ninguna opinión pública fuera de la sociedad. Esta, sin embargo, significa consenso respecto a ciertos problemas básicos de carácter moral y social. Este consenso es predominantemente moral cuando las costumbres de la sociedad se refieren a los problemas políticos. En otras palabras, cuando la opinión pública, bajo la forma de costumbres, se muestra activa con respecto a un problema político, el pueblo generalmente trata de aplicar sus normas morales a dicho problema y lo resuelve de acuerdo con ellas. Una opinión capaz de ejercer una influencia restrictiva sobre la acción política presupone una sociedad y una moralidad común de la cual reciba sus normas de acción, y una opinión pública mundial de esta clase requiere una sociedad mundial mediante la cual la humanidad como un todo juzgue las acciones políticas de la escena internacional.”[2]

La realidad no se detiene ante el tiempo. La guerra parece ser el ente activo de nuestra sociedad. Se manifiesta en forma organizada, uniformada y ordenada. Está presente en ejércitos, marchas y símbolos. La manifestación latente de la confrontación está en nosotros. Parece que la humanidad estuviera programada para la guerra. 

La paz es otra cosa. Está limitada a la especulación y a la retórica. Se habla de paz, pero ésta no se comprende ni se conoce. Existe una transformación que se ha mantenido a lo largo de la historia. La paz no se manifiesta en forma organizada. No se declara porque realmente no existe en el espíritu de los ciudadanos. Bertold Brecht afirmó que solo existen momentos de paz en la guerra. La guerra es inversión y perversión, y la paz es orden y armonía (con sus respectivas disonancias). 

Quizás el mundo está siempre listo para la guerra y no para la paz. Hoy observamos como las organizaciones internacionales, lejos de trabajar para la paz, sirven a intereses fragmentarios y diversos. Presenciamos el sueño de la paz y la existencia sistemática y organizada de la guerra. Hemos aprendido también que en el mundo no hay gente capacitada para dirigir y gobernar. Pues primero debe gobernarse la persona y sus instintos, antes de intentar gobernar a los demás. Mientras no aparece el fantasma de la guerra se cree que existe el libre albedrio. Que se toman decisiones y que el futuro es inteligible. Los hechos nos demuestran que nada está más lejos de la realidad. Los gendarmes no entienden los principios de causalidad que rigen la existencia: todas sus acciones nos llevarán a un mundo en manos del azar. Si las circunstancias nos obligan a una confrontación, los hechos quedarán sujetos a la fortuna. Ojala en este momento el conflicto bélico no se vuelva pandémico. Tal parece que de nuevo la emoción sobrepasa la razón. Si el mundo se contagia de este discurso irresponsable, iremos camino a un holocausto nuclear mundial. La mutación de la Guerra–Fría a Paz en Caliente, se transformó geográficamente de Este–Oeste a de Norte–Sur. Las consecuencias de esta situación son impredecibles. Los efectos de la irracionalidad, insospechables. Nadie puede predecir el desenlace de una guerra, mucho menos los intereses geopolíticos que maquiavélicamente promueven la simulación, el engaño y la falsedad; alejados por completo de principios éticos. 

Notas 

[1] Robert Kaplan. La Venganza de la Geografía. La geografía marca el destino de las naciones. Madrid: RBA Libros, 2017, pp.59-60 

[2] Hans J. Morgenthau. Política entre las naciones: La lucha por el poder y la paz. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano, Colección Estudios Internacionales, 1986, pp.318-319                  


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