| Debates |
| Escrito por Víctor Maldonado C. | X: @vjmc |
| Lunes, 24 de Octubre de 2011 09:07 |
De alguna manera todos somos principales responsables de la debacle institucional. Es cierto que la solidez republicana se ha visto golpeada una y otra vez por los afanes destruccionistas
del régimen, pero también lo es que nosotros nos tomamos con mucha ligereza la suerte del país. Tal vez porque de las pocas cosas que creemos hacer bien son los certámenes de belleza. Y no hay nada más fútil y engañoso que la apariencia. En descargo del país habría que decir que vivimos una época en la de lo fatuo y que nosotros debemos estar encabezando esa competencia de siliconas bien colocadas en las partes más deseables y atractivas de nuestras mujeres, esperando que mientras tanto la ruda ley de la gravedad desande sus pasos y que el progreso técnico se encargue de los estragos de la vejez. No se puede pretender que una sociedad enfrascada en una lucha constante para lograr el embellecimiento del día, pueda a la vez pensar con algo más de seriedad su futuro. No se debería aspirar a que tanta gente enfrascada en lo suyo pueda levantar la cabeza para ver un poquito más allá. Al fin y al cabo cada arreglo estético es un himno al tiempo presente y un desplante a cualquier consideración futura.La belleza nos apasiona. Pero a algunos además les hace perder la sensatez. No es que debamos dejar de lado todas las ventajas del buen aspecto, pero lo que resulta perturbador es que en aras de lo estético se renuncie a considerar el buen talante moral, y todas aquellas competencias y capacidades que permiten concertar, analizar y resolver problemas políticos en un contexto que para colmo nos obligará a discernir qué es lo más apropiado para un período de transición con cohabitación. ¿Cualquiera lo puede hacer? ¿Es suficiente ser bonito para salir airoso? La belleza tiene el mismo rango de amenaza que nuestros odios y la ofuscación que nos provoca el no encontrarle explicación a nuestra propia situación. La mitad de mi vida la he perdido entre “manos peluas”, “chivos expiatorios” y esa forma tan propia de los venezolanos de traducir el “a mi pónganme donde haiga”. Todas las aprehensiones contra el gobierno se suspenden con cada emisión de bonos, o con cualquiera de las loterías que el régimen anuncia de vez en cuando para aclimatar a los venezolanos. Y es que vivimos de “arrechera en arrechera” y de “enamoramiento en enamoramiento” que cualquier estudioso de las patologías sociales la catalogaría como una bipolaridad sentimental insoportable. Recientemente tuve que leer un inexplicable elogio al silencio político. Porque, argumentaba el analista, luego de tanta cháchara chavista, menos mal que el mío ni sabe hablar. Él –insistía el aprendiz de politólogo- lo que sabe es hacer. Menuda elaboración argumental de la antipolítica, como que si estuviéramos condenados a repetir a perpetuidad el trance entre Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Ese argumento sólo se podía comprender como una furiosa declaración de amor, una especie de coito simbólico, tan común en nuestros predios. Y para colmo, como si “los enamorados a pesar de” no fueran suficiente castigo, tenemos que soportar la arbitrariedad de aquellos que se erigen como los oráculos del país. Encuestadores devenidos en Tartufos, cada uno con sus intereses no declarados, cada uno con su candidato encapillado, intentando someter al pueblo a la barbarie del fraude y la falacia. Pero volvamos al principio. ¿Quiénes somos culpables de tanta tropelía? Las campañas no pueden reducirse a un carnaval de imágenes, metáforas y consignas. Este país, enfermo de superficialidad y aterido por la violencia oficial, merece sin embargo un tratamiento mucho más responsable. A esta realidad hay que darle un contexto, y a los ciudadanos hay que dejar de tratarlos como unos niños a los que no se les puede sacar del parque de recreaciones. Hay que debatir ¿Qué vamos a hacer con un chavismo derrotado pero igualmente existente y movilizado? ¿Cómo vamos a recuperar las libertades y derechos? ¿A quiénes vamos a retribuir y cómo? ¿Cómo satisfaremos las demandas populares? ¿Cómo evitamos las aventuras de militares bribones? ¿Cómo rescatamos el solaz de nuestras ciudades? ¿Qué hacemos con “los visitantes cubanos”? ¿Cómo evitamos la guerra civil? ¿Quién desarma a los colectivos armados? Todas ellas son preguntas demasiado importantes como para despacharlas con una cuña bonita y un jingle. Y quedan cientos de interrogantes en el tintero. Cada uno de nosotros se está jugando por enésima vez lo que le queda de vida y su propio legado. Y el futuro de nuestros hijos, que nos van a odiar al saber que todos participamos del templete de deuda y corrupción oficial, sin poder compensarlo con un “por lo menos la honrilla de decidir bien” tuvieron. Hay que debatir. Hay que exigir diálogo e intercambio de ideas frente a los ciudadanos. O seguiremos cuesta abajo en la rodada. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla http://blogs.noticierodigital.com/maldonado Twitter: @vjmc |
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