| Los que ahora hablan de plan B |
| Escrito por Colette Capriles |
| Jueves, 29 de Septiembre de 2011 07:06 |
El régimen se prepara aunque este verbo, con su connotación de anticipación racional, no se corresponda demasiado con el tenor de lo que se pretende hacer
para perder elecciones y conservar el poder. Así, imagina que podrá mantener la estructura paralela de poderes fácticos que ya ha construido mediante el esquema del Estado dual, en el que la gestión pública obedece a una serie de centros de decisión que compiten entre sí (y esto explica la monstruosa ineficiencia), convirtiendo entonces a los próximos mandatarios, elegidos por el pueblo, en funcionarios decorativos.La idea es algo así como tener una burocracia blindada que obstaculice el desarrollo de los cambios que vienen, mientras se consolida el poder económico de la boliburguesía, dueña de los activos confiscados a la empresa privada durante estos años. Un escenario nicaragüense, en el que el chavismo se guarda un rato para reaparecer descontaminado al cabo de unos años. Mientras tanto, en estos meses, prosigue con su sistemática voluntad de destrucción de instituciones y aparato productivo, demagogia inconducente y arrebatos ideológicos. El problema con esta fantasía es que lo que la hace posible es al mismo tiempo lo que la impide. Revertir la concentración vertical del poder personalista luce difícil objetivamente, pero subjetivamente es aún peor. La sociología política del chavismo, como ocurre con la clase dominante bajo todo régimen dictatorial, tiene una estructura clánica: grupos itinerantes que toman posesión de cierta comarca del Estado, amalgamados por pequeños caudillos que reproducen el Führerprinzip. Falta el Führer, y se empantana el frágil equilibrio de los nómadas. Cada tribu buscando sus alianzas dentro del territorio o fuera de él. Con la peor consecuencia: la mentalidad de bunker que ha aislado a esa clase política, creando una realidad a su medida y entender, de la vivencia de ser un ciudadano de a pie, y de la temperatura del cuerpo político. La diferencia crucial que hay hoy con respecto a otras coyunturas políticas no es la enfermedad del Presidente; es que tal acontecimiento ocurre en un contexto totalmente distinto al que el supremacismo moral e ideológico de la clase dominante imagina en su paranoia incontenible: el contexto, ahora, es que las dos variables esenciales del cambio político se hacen presentes. Hay afán de cambio, y hay organización para el cambio. Dos variables que nunca han coincidido como ahora. Alguna vez el país se rebeló contra la arbitrariedad y el mal gobierno, pero sin organización ni dirección política; otras veces, el esfuerzo organizativo no fue suficiente para vencer la inercia del "pacto de los dólares". Hoy, la situación es otra. Ahora es entre los clanes y pasillos del chavismo que se habla (o se piensa sin decir) un plan "B". El país se beneficiaría en extremo de que predominara el sentido común y el respeto a la voluntad popular, y es del interés de estos grupos, si realmente quieren seguir formando parte del paisaje político de la democracia futura, conservar un mínimo de racionalidad. No de complicidad, eso sí. Ante ojos desprevenidos puede parecer una paradoja: el gobierno de unidad nacional que se iniciará en 2013 tiene que ser extremadamente firme en la realización de las convicciones democráticas que hacen la diferencia entre este presente y cualquier futuro soñado. Y no puede confundir justicia con retaliación, pero no puede darse el lujo de negociar trajines y adornar connivencias. Y el principal obstáculo no es tanto la situación fáctica del campo chavista sino nuestra propensión al acomodo, nuestra tradición del compadrazgo y de la ceguera ante la viga que obnubila el ojo propio mientras se detalla la paja en el ajeno. Porque si ha habido algún éxito en estos largos años, ha sido el que el chavismo ha cosechado al cultivar los peores vicios de una cultura compleja y ambivalente, institucionalizando lo más bajo de nuestras pasiones colectivas, naturalizando los estereotipos menos deseables. Cambio político, pero cambio cultural también. El país ha madurado. @cocap |
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