| Guayana Esequiba: nuestra herencia histórica sin palabras embadurnadas |
| Escrito por Dr. Abraham Gómez | X: @fabrahamgr |
| Viernes, 10 de Julio de 2026 00:00 |
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En el escenario internacional, aunque resulte extraño, prevalece un clima que lo enreda todo. Las palabras comunes con las que quisiéramos (y debemos) intentar definir las cosas, o por lo menos irlas llamando por sus nombres, se han vuelto extrañas. Los códigos lingüísticos han variado y corren a contrapelo de la realidad. Acaso no nos ha sucedido que no obstante teniendo lo perceptible muy cerca de nosotros como para juzgarlo, la retórica de las naciones con pretensión se superpotencias tuercen los significados y te los hace saber distintos. Obviamente, que subyace un marcado (e indisimulado) interés en tal discurso manipulado; sobre todo pronunciado en las destacas convenciones y alianzas de países, con aspiraciones de dominar y repartirse el mundo. Por eso los enunciados, contenidos en sendos comunicados, en su mayoría son falsos. Dígame cuando enarbolan las banderas de la paz, la reconciliación y solidaridad entre naciones hermanas. Nos queda la sensación de que hay que aprender de nuevo a pensar y a escribir. Pareciera que “las respuestas no siguen a las preguntas, el saber no sigue a la duda y las soluciones no siguen a los problemas” (Larrosa, dixit). El uso indiscriminado de los vocablos no sería tan grave si éstos no fueran instrumentos para llegar a conocer, analizar e interpretar la realidad. No surtirían tanta preocupación si todo se quedara en palabras vacías, sin intencionalidad; pero la mayoría de las veces van más allá. Hacia posibles daños perpetrados contra otros Estados. Resulta que los enunciados y sus significados en voz de las potencias imperiales son senderos abiertos para explorar, conocer e intentar someter al mundo. Prestemos también atención a lo siguiente. De todos es bastante conocido que cada término tiene un curioso origen; y algunas veces, de modo arbitrario, un inmenso caudal de relatos adquiere cierta síntesis en un único étimo. Así también decimos que una palabra embadurnada, para que diga lo que no le corresponde, nos lleva por un camino oculto o riesgoso. Constituye una vergonzosa temeridad señalar en el escrito de demanda que nos hizo la excolonia británica, en el año 2018, ante la Corte Internacional de Justicia que Venezuela había aceptado pasivamente, durante 60 años que la zona disputada era una herencia del Reino Unido hacia Guyana. La descripción anterior viene a cuento porque escuchamos en disímiles escenarios internacionales que ellos se encuentran en una interesante etapa de emancipación. Que es como decir. Hay una acción para quedar liberados de un poder o procurarse independencia frente a algo. Vamos a detenernos a escrutar en lo sucesivo al término mancipium que es un legado idiomático procedente del latín. Mancipium define toda cosa tomada, agarrada de la mano. Sostenida con fuerza; ejerciendo sobre ella cualquier símbolo que represente autoridad. No es necesario profundizar en discusiones intelectuales o académicas de alto nivel para percatarnos que las decisiones que se vienen dando en los últimos años en la República Cooperativa de Guyana a lo que menos apunta, precisamente, es a una emancipación. A desplazar hacia fuera, a desligarse de las estructuras poderosas en las que siempre han permanecido atrapados; que les imponen sus designios, ajenos a su propia identidad. Precisamente, esas empresas transnacionales les han impuesto un enmascaramiento histórico-jurídico para una extensión territorial que nunca les ha pertenecido. Frente al arrebato que nos perpetraron, destacamos el hecho de que nuestra cultura socio-política, siempre ha asumido una impronta civilista, que es un irreductible sustrato de paz. En ningún momento, ni bajo las circunstancias que se habrían dado, nuestro país merecía la demanda unilateral accionada contra Venezuela por la República Cooperativa de Guyana. Sobran razones para aducir que hubo demasiada ingratitud en el comportamiento de quienes ahora asumieron la condición de contraparte en este proceso litigioso que ellos trabaron, por ante la Corte Internacional de Justicia. Sala que se encuentra preparando la sentencia definitiva del juicio. La ligazón oportunista y juego de intereses dinerarios con las empresas transnacionales obnubiló la perspectiva histórica a la dirigencia guyanesa; y les provocó “amnesia selectiva” que les impidió (antes de cometer el hecho jurídico, arriba mencionado) asumir a conciencia que fuimos nosotros los primeros en reconocerlos como nuevo Estado naciente en la comunidad internacional; exactamente, el mismo día que alcanzaron su independencia del Reino Unido, el 26 de mayo de 1966. Desmemoria inoculada, a petición y complacencia de las aprovechadoras compañías de turno, esquilmadoras de nuestros recursos; de las cuales jamás se han emancipado Agreguemos, también, que cuando el militarote Forbes Burnham, decidió hacerse dictador e inició de inmediato una implacable persecución contra la población civil que se oponía a sus desmanes, fuimos nosotros en Venezuela que albergamos, protegimos y prohijamos a quienes se vieron obligados – por los terribles actos inhumanos cometidos-a abandonar la llamada para entonces “zona en reclamación”. En los peores y más aciagos eventos económicos por los que atravesó la nación vecina (que nos confronta) nosotros dispusimos de la ayuda suficiente y a tiempo para socorrerlos, para que solventaran la crisis que los golpeaba duro y recurrentemente. Recibieron de nosotros un trato preferencial en el proceso de compra-venta de petróleo y bastantes otros rubros, con lo cual aliviaban su calamidad, de entonces. Venezuela les permitió ingresar a la Organización de Estados Americanos; a pesar de que la carta de OEA los limitaba; porque había un diferendo por extensión territorial que aún no se había definido. Al crearse Petrocaribe (por expresa iniciativa de nuestro país), las demás naciones integrantes aguardaron por la opinión de Venezuela para ver si permitía el ingreso o no de Guyana en esta corporación. Venezuela jamás objetó su incorporación; y les ofreció recursos energéticos con amplias y cómodas posibilidades de cancelación. Para el confraterno pueblo guyanés --con tantas desdichas insoportables y padecimientos, arriba citadas-- Venezuela había sido para ellos, hasta el 2015, un elogiable destino. Hemos sido respetuosos (hasta lo indecible) del Acuerdo de Ginebra de 1966; que en ninguna parte le reconoce soberanía a Guyana en el espacio controvertido; pero que, sin embargo, observamos con paciencia la instalación de compañías ilegalmente autorizadas por los gobiernos guyaneses.
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