| La economía, la magia y el espejismo político: una crónica neoyorquina |
| Escrito por Douglas C. Ramírez Vera | @AccHumGremial |
| Martes, 12 de Mayo de 2026 04:56 |
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I. El despertar de la escasez: De la ciencia a la conciencia Todos buscamos, de manera casi instintiva, mejorar nuestras condiciones de vida. Es el motor del progreso humano. Sin embargo, en esa búsqueda, nos encontramos con la realidad de que los medios son limitados frente a necesidades que son múltiples y competitivas. Aquí es donde nace la economía: no como una disciplina del sacrificio, sino como la ciencia de la elección. Elegir implica valorar, y valorar implica entender que usar un recurso para un fin significa que no estará disponible para otro en ese preciso instante. A diferencia de lo que sugieren las visiones estáticas, la economía no es un juego de suma cero. En la guerra, uno gana lo que el otro pierde; en la economía, a través de la cooperación y el intercambio, el producto social resultante es mayor que la suma de los esfuerzos individuales. Es un juego de suma variable: si cooperamos de forma inteligente, creamos abundancia. De hecho, el fin último de la economía es precisamente vencer la escasez mediante el incremento de la productividad, logrando producir mayor valor con esos recursos que inicialmente eran limitados. Sin embargo, en esa búsqueda frenética, solemos colisionar con una pared invisible pero infranqueable: los medios para lograrlo son escasos. Esta es la premisa fundamental de la economía, la ciencia que estudia cómo producir el mayor valor posible para nosotros y nuestros seres queridos utilizando recursos que tienen un límite físico y temporal. Pero esta primera Ley de la economía la escasez choca con la primera ley de la política que es olvidar la primera ley de la economía, Aunque esto parezca una "verdad de Perogrullo", es una lección que nos cuesta asimilar desde la infancia y que, lamentablemente, muchos nunca llegan a comprender del todo. II. Las Leyes de Gamp y el límite de lo posible Incluso en la literatura fantástica más popular de nuestra era, la escasez es la regla que sostiene la coherencia del universo. En el mundo mágico de Harry Potter, J.K. Rowling estableció la Ley de Gamp sobre la Transfiguración Elemental. Esta ley dicta que, aunque la magia parece omnipotente, tiene límites vinculados a las leyes de la física del mundo "Muggle". La magia no puede crear nada de la nada absoluta. Se puede transformar una rata en una copa o una tetera en una tortuga, pero el resultado es una vida "artificial", una imitación. No se puede crear vida humana real, ni mucho menos resucitar a los muertos; la muerte es el límite absoluto. Del mismo modo, la magia no puede crear alimento real si no existe previamente; puedes multiplicarlo, moverlo o convocarlo si sabes dónde está, pero no puedes hacerlo aparecer de la nada. Un detalle crucial para nuestra analogía económica es que tampoco se puede crear oro o dinero mágico permanente mediante la transfiguración común. Rowling entendía perfectamente que, si los magos pudieran simplemente "aparecer" galeones de oro, la economía mágica colapsaría de inmediato bajo el peso de la hiperinflación y la pérdida de valor. Incluso la transfiguración tiene su propia forma de "entropía": si no se realiza correctamente, el objeto transformado tiende a desvanecerse y regresar a su estado original de menor energía. Como ejemplo poético, recordemos al profesor Horace Slughorn, quien supo de la muerte de Lily Potter cuando el pez que ella le regaló —creado con su magia— simplemente desapareció de su pecera. Cuando el origen de la creación (el capital intelectual o la magia) muere, el recurso se desvanece. III. La política neoyorquina: El olvido de la primera ley Si estas leyes de escasez y límites son elementales en la economía y hasta en la magia, parecen ser completamente opacas en el mundo de la política. La primera ley de la economía es la escasez, y parece que la primera ley del político es olvidar la primera. Este es el escenario que hoy protagoniza Zohran Mamdani, el alcalde demócrata de Nueva York. A pocos meses de asumir el poder, se encuentra en la paradójica posición de declarar que no podrá implementar su programa de gobierno porque la ciudad está quebrada, mientras culpa a sus predecesores, Eric Adams y Bill de Blasio, irónicamente también de su propio partido. La oferta electoral de Mamdani fue un monumento a la negación de la escasez: un programa de gasto público valorado en 12.500 millones de dólares anuales. Bajo una narrativa de servicios "gratuitos", prometió una guardería gratuita universal (la partida más costosa con 6.000 millones de dólares al año), la construcción de 200.000 nuevas viviendas, autobuses gratuitos y aumentos masivos en salud mental y educación. Para financiar este festín de gasto, la receta fue la de siempre: "que paguen los ricos". Propuso subidas del impuesto a la renta para quienes ganan más de un millón de dólares, equiparación de impuestos corporativos e impuestos a las segundas residencias de lujo. Sin embargo, los analistas han calificado estas promesas como inasumibles e irreales. Aun si se lograra recaudar cada centavo propuesto, el dinero se consumiría íntegramente en el nuevo gasto, dejando intacto el déficit estructural de la ciudad, que se proyecta en 10.400 millones de dólares para 2027. IV. El veredicto de los expertos: ¿Engaño o falacia? Economistas de la talla de Juan Ramón Rallo y Daniel Lacalle coinciden en que el plan de Mamdani no es más que una falacia aritmética. La crisis de Nueva York no nace de una falta de ingresos fiscales —que han crecido significativamente en la última década— sino de un gasto público desbocado, alimentado por una burocracia ineficiente y concesiones sindicales insostenibles. Lacalle advierte que el discurso de los servicios "gratuitos" es una herramienta de manipulación política que oculta un gasto clientelar. Por su parte, Rallo enfatiza que subir impuestos a las rentas altas no resolverá el agujero financiero. Al contrario, estas medidas suelen provocar una fuga de capitales y de contribuyentes hacia estados más competitivos, reduciendo la recaudación neta y debilitando la base fiscal. Al final, aunque se diga que pagarán los ricos, la presión fiscal y el deterioro de los servicios terminarán golpeando a las familias comunes y a la clase media.
V. La máquina económica de Ray Dalio y el desapalancamiento "feo" Para comprender la gravedad del momento, debemos recurrir a la plantilla del ciclo económico de Ray Dalio. Dalio nos enseña que la economía se mueve por transacciones impulsadas por el crédito, lo que nos permite gastar hoy más de lo que producimos. Pero el crédito es, en esencia, "tomar prestado de nuestro propio futuro". Cada vez que gastamos por encima de nuestros ingresos, creamos automáticamente una deuda en el tiempo en el futuro, en el que deberemos gastar menos de lo que ganamos para devolver el dinero. Nueva York se encuentra hoy en la fase crítica de un ciclo de deuda a largo plazo. Durante décadas, las deudas han crecido más rápido que los ingresos, creando una burbuja de activos y una estructura de gasto que ahora es inmanejable. La ciudad ha intentado financiar su gasto corriente con nueva deuda, una práctica que algunos analistas comparan con un "esquema Ponzi" financiero que finalmente ha llegado a su límite. Dalio identifica cuatro vías para el desapalancamiento (reducir la carga de deuda):
Lo que ocurre en Nueva York apunta a un "desapalancamiento feo". Existe un desequilibrio aritmético total: el plan de gastar 12.500 millones adicionales mientras existe un déficit masivo impide que la carga de la deuda baje. Además, la narrativa del alcalde, basada en el resentimiento hacia los sectores exitosos para justificar el control estatal, solo aumenta la inestabilidad social. VI. Conclusión: El regreso a la realidad La ciudad de Nueva York se encuentra atrapada en un círculo vicioso. La hostilidad fiscal y la negación de las leyes económicas más básicas están provocando una caída de la riqueza y una erosión de su capacidad productiva. Ni la magia de Harry Potter ni la retórica política más potente pueden crear recursos de la nada. La lección para Nueva York —y para cualquier sociedad que pretenda ignorar la escasez— es clara: si no se equilibra el gasto con la productividad real, el futuro terminará cobrando la factura con intereses devastadores. No hay transfiguración posible que convierta un déficit estructural en prosperidad social sin el esfuerzo genuino de la creación de valor. Los políticos siguen creyendo como niños que se puede se elegir todo y vivir sin pagar la cuenta.
[1] ORCID: https://orcid.org/0009-0001-5282-0006
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