| El chivo expiatorio y la paradoja del mediador |
| Escrito por Douglas C. Ramírez Vera | @AccHumGremial |
| Domingo, 03 de Mayo de 2026 00:00 |
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El reciente 'fraude' del aumento del Bono de Guerra a 50 dólares, mientras el salario mínimo permanece anclado en unos miserables 130 bolívares desde 2022 —apenas $0,35 centavos de dólar al mes—, confirma que la estructura de poder no ha cambiado: solo se ha vuelto más cínica. Al igual que en la era de Maduro, la Comisión Tripartita se ha transformado en un teatro de sombras donde los representantes de los trabajadores, hoy reducida a un desecho de su antiguo orgullo, y los “empre-saurios” de Fedecámaras, actúan como cómplices de una presidente y unos ministros que prometieron combatir el hambre de los trabajadores solo para terminar administrando la miseria. Esta política, que condena a la pobreza extrema a más del 70% de la población (llegando a picos del 82% en estados como Guárico), es patrón de la sumisión, es la base material de lo que René Girard denomina la 'crisis de indiferenciación': un pueblo sumido en la supervivencia biológica es un pueblo más fácil de someter al mecanismo del chivo expiatorio. Durante años, el discurso oficial se ha sostenido sobre lo que Girard llama la "mentira romántica": la creencia de que el conflicto es propio, espontáneo y soberano. Sin embargo, en el análisis de la obra de René Girard en el contexto político venezolano, revela una "verdad novelesca" mucho más cruda: la paz social que hoy se pregona no es el resultado de un consenso, sino de la explotación industrial del deseo mimético y el uso quirúrgico del chivo expiatorio. En el escenario proyectado para 2026, los hermanos Rodríguez —desde sus respectivos feudos en la Presidencia Ejecutiva y el Legislativo— han operado una mutación en la mediación del poder. Si antes el "Imperio" funcionaba como el Mediador Externo supremo —ese modelo inalcanzable al que se odiaba y se imitaba simultáneamente al usar su moneda y su estética de lujo—, hoy la estrategia ha girado hacia una mediación interna mucho más letal. La relación con los Estados Unidos ha sido, para el régimen, lo que Girard describe como la fascinación por un modelo que se desprecia, pero al que no se puede dejar de mirar. El "Imperio" otorgaba estatus; ser el "enemigo número uno" de la potencia global brindaba una plenitud de ser que la política local no podía ofrecer. Pero en 2025, con una dolarización de facto consolidada y continuada en el 2026, el régimen ha incurrido en una "claudicación mimética". Al adoptar la moneda del enemigo, admiten que desean el "ser" del modelo, transformando el conflicto en una forma de vasallaje donde el "Imperio" ya no es un Satán ideológico, sino el proveedor de la estabilidad material necesaria para la supervivencia de la cúpula. Girard explica en El chivo expiatorio que, ante una crisis de "indiferenciación" —donde las leyes no funcionan y la angustia colectiva es insoportable—, la sociedad necesita descargar su furia unánime sobre una víctima para recuperar la calma. En la Venezuela de 2026, el régimen ha refinado este mecanismo antropológico. La figura de María Corina Machado ha sido seleccionada como el "chivo expiatorio único". Se le aplican con precisión los tres rasgos de persecución identificados por Girard: 1. La Crisis de Indiferenciación: Se utiliza el caos económico y la fractura social para crear la necesidad de un culpable concreto. El objetivo es claro: concentrar toda la violencia remanente de la sociedad en una sola figura para desviar la atención de las fallas del Estado. Sin embargo, el sistema enfrenta un riesgo existencial que Girard denominó la "paradoja de la víctima". El mecanismo del chivo expiatorio solo funciona si es unánime e inconsciente. Si la población empieza a percibir a la víctima no como un monstruo, sino como un ser inocente y valiente, el hechizo se rompe. En este punto, el deseo de la multitud cambia de dirección. En lugar de unirse al perseguidor, la gente empieza a imitar la resistencia de la víctima. Lo que el régimen intenta presentar como una movilización "de feria" —ritualizada e inofensiva— podría transformarse en una crisis de duplicación si la presencia física de la líder perseguida actúa como un skandalon, es decir como una ocasión para perder la fe en la posibilidad de una salida institucional y en aquello que detiene el flujo normal de las cosas y obliga a elegir. El análisis prospectivo para finales de 2026 sugiere que la libertad de acción de los hermanos Rodríguez no depende de su propia fuerza, sino de la parálisis del "Tercero" (la comunidad internacional y, específicamente, Washington). Si los frenos externos desaparecen debido a conflictos internos en los EE. UU., el régimen tendrá "manos libres" para ejecutar lo que Girard llama la clausura del sistema. En este escenario, el uso de "agentes desconocidos" para eliminar la disidencia busca evitar la creación de mártires, sumergiendo a la sociedad en un "desierto de indiferenciación". Es la paz de cementerio: una unanimidad lograda por el terror, donde el mimetismo ya no une a la gente en la esperanza, sino en el silencio cómplice del miedo. La encrucijada Venezuela se encuentra en una encrucijada donde la verdad novelesca lucha por desvelar la mentira romántica del poder. La "victoria" de los hermanos Rodríguez sería transformar al país en una sociedad mecánica, domesticada a través del trauma colectivo, donde la política desaparece y solo queda la administración de la escasez. Pero Girard nos dejó una advertencia: una vez que el mecanismo del chivo expiatorio es revelado como una mentira, su eficacia se agota. El drama de Venezuela es que ya conocemos la mentira. La pregunta para 2026 es si la fascinación mimética por la resistencia será capaz de vencer a la inercia del terror. Porque una sociedad que se pacifica mediante el sacrificio de los inocentes, eventualmente, termina devorándose a sí misma. En el escenario proyectado para 2026, los hermanos Rodríguez han operado una mutación en la mediación del poder. Si antes el "Imperio" funcionaba como el Mediador Externo supremo —ese modelo inalcanzable al que se odiaba y se imitaba simultáneamente—, hoy la estrategia ha girado hacia una mediación interna mucho más letal. Al adoptar la moneda del "enemigo" en una dolarización de facto consolidada, el régimen ha incurrido en una "claudicación mimética". Admiten que desean el "ser" del modelo, transformando al "Imperio" en el proveedor de la estabilidad material necesaria para su propia supervivencia. Se le aplican con precisión los rasgos de persecución identificados por Girard: se le atribuyen crímenes que "borran diferencias" (como el terrorismo interno) y se resalta su negativa a entrar en el pacto de amnistía de los Rodríguez para convertirla en el elemento "ajeno" que debe ser sacrificado para que el resto de la sociedad viva en una armonía ficticia. Aquí, el éxito del régimen depende de que el sacrificio sea rápido y silencioso, transformando la política en un ritual de linchamiento unánime para desviar la atención de las fallas del Estado manejado por la nomenclatura rentista. Recordando la fábula que se conoce popularmente como «El congreso de los ratones» (o La asamblea de los ratones), atribuida frecuentemente a Esopo y versionada por autores como Félix María Samaniego que dice la frase "Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta". En este caso entendiendo que el gato es Trump y la ocasión de la fiesta es que pierda las elecciones de medio termino y los ratones son los hermanos Rodríguez. Pensemos qué puede ocurrir en esa ocasión. Todo este andamiaje antropológico se sostiene sobre una variable geopolítica externa determinante: la capacidad de maniobra de Washington tras las elecciones de medio término en EE. UU. En términos de René Girard, el Mediador Externo (el "Gato") puede actuar como freno o como espectador pasivo. Es aquí donde Venezuela enfrenta dos futuros radicalmente opuestos que determinarán la lealtad de la FANB y el destino de la oposición. Escenario I: el gato con manos libres Sí la administración estadounidense mantiene su capacidad de maniobra y no queda paralizada por un Congreso adverso o influenciado por el cabildeo del régimen, el "prestigio de la fuerza" del Mediador Externo actúa como un regulador de la violencia interna. En este escenario, la FANB entra en un "doble vínculo": el miedo al castigo internacional fractura el bloque monolítico del Estado. La posibilidad de elecciones libres y competitivas surge no por convicción democrática, sino por el terror de la cúpula militar a quedar del lado perdedor de la historia ante un mediador con voluntad de ejercicio real. El autoritarismo competitivo se ve forzado a ceder espacio ante el riesgo de un colapso total del sistema. Escenario II: el gato con manos atadas Si las elecciones de medio término resultan en una parálisis legislativa o en una neutralización política de la Casa Blanca, el régimen recibe "manos libres". Sin el freno del mediador, el "autoritarismo competitivo" muta hacia la clausura total del sistema. En este desierto, la FANB se consolida como brazo ejecutor de la impunidad y los colectivos asumen el rol de agentes anónimos del sacrificio. El mimetismo del terror se impone: todos imitan el silencio del vecino para no ser el próximo blanco. La "verdad novelesca" sería entonces la de una nación que ha sido domesticada a través del trauma colectivo, donde la política desaparece y solo queda la administración de la escasez. Al final, como advirtió Girard, una vez que el mecanismo del chivo expiatorio es revelado como una mentira, su eficacia se agota. El éxito de la libertad dependerá de si la fascinación mimética por la resistencia de la víctima es capaz de fracturar la unanimidad del miedo antes de que el silencio sea total.
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