| Hoy tampoco vendrá Godot |
| Escrito por Mibelis Acevedo D. | X: @Mibelis |
| Martes, 12 de Agosto de 2025 00:00 |
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es también elegir entre el influjo que se construye a partir de las vistas fragmentadas de la realidad y agrupadas en un pseudo-mundo “en el cual hasta los mentirosos son engañados”, como decía Guy Debord (1967), y aquel que surge como resultado de la irrupción relevante en el espacio público. Esto último, la acción concreta de sujetos con capacidad de agencia, marcaría la frontera que separa el ser y el parecer: la tendencia hacia la mera teatralización de la escena política, por un lado, y el camino menos “sexy”, incluso riesgoso que, por otro, implica tomar decisiones no siempre populares pero eficaces para el logro de objetivos vinculados al bienestar común. En alguna medida, la ilusión que genera esa vieja-nueva espectacularización de la política lleva a recordar a la irritante dinámica de los personajes de “Esperando a Godot”. Seres en estado máximo de indefensión, tedio y desamparo que son atravesados por la pasividad propia del simple espectador; que no viven ni proyectan, atascados en un espacio y tiempo circular. Que sólo esperan la manifestación de un gran proveedor sin representación clara, y sin cuyos cuidados la vida más elemental les resulta inconcebible. “El tiempo pasa rápido cuando se está entretenido”, dice Vladimir a Estragón. Didi y Gogo, los vagabundos tragicómicos de Becket que sufren pasivamente la carencia y se entregan a la espera de una intervención providencial, quizás resultan útiles para ilustrar a esa humanidad ganada por el sentir y el creer, más que por el pensar y el hacer; seducida por esa intoxicación emocional de la realidad que, eso sí, hoy cuenta con rostros definidos, imágenes y voces amplificadas y manifiestas. La tesis de Debord en La sociedad del espectáculo luce más vigente que nunca. Entre la realidad de la vida política y el espectáculo, uno puede terminar ocupando el lugar del otro. En este caso, la apariencia, la puesta en escena, el tono de voz, la vestimenta, el parlamento-arenga creado compulsivamente para la ocasión, sustituye a lo real. La exaltación de los ánimos de militantes y ciudadanos resulta de esta manera un efugio para una vida pública rutinizada y sin sobresaltos, invadida por la preocupación personal y cotidiana. Más que vía para asegurar la rendición pública de cuentas en relación a temas que afectan a la comunidad, la información política se encuadra entonces como contienda dramática, terminante, existencial entre actores. En un marco de renovadas e ingentes necesidades, las masas modernas, los medios de difusión y las novedosas plataformas de interconexión han promovido una cohesión de la opinión sin precedentes. Influencers y anfitriones de espacios en redes validan “verdades” con modos que desplazan al periodismo tradicional, sumando su aporte a ese universo narrativo. El estado de cristalización latente y la neurosis colectiva, “aunque sus formas delirantes se mantengan limitadas, alcanza más o menos en profundidad, pero con permanencia, a un gran número de individuos”, observan Alexis Chausovsky y Mariana Saint Paul (2011). Aun entre sujetos en apariencia normales no resulta raro observar “accesos inquietantes de excitación y depresión, extrañas alteraciones de la lógica y sobre todo, una deficiencia de la voluntad que se manifiesta por una plasticidad singular ante las sugestiones de origen interior o exterior”. ¿Puede la democracia superar el peligro de un demos alienado por esa invasión de ámbitos y roles, desorientado por la idea de que actuar siempre equivale a exhibirse y opinar? He allí otra angustia sumada al saco de tarascas que licúan la valoración ética y estética de la democracia. Un pueblo empujado permanentemente al culto a la personalidad incurso en estos procesos, de paso, tenderá a asumir que los cambios que reclama dependen de la voluntad del one-man show, del ímpetu del hombre o la mujer del momento, el protagonista de turno; no de acomodos de fondo, a veces dolorosos y casi nunca expeditos. Y de allí el marasmo, la vuelta a un círculo vicioso tan inagotable como los nombres de los próximos candidatos a un tal God-ot. Esa misma lógica publicitaria de fabricación de la opinión, tan propia de dinámicas donde la ocasional competencia por captar electores agudiza la espectacularización de la política, aplicaría además al mantenimiento de la autoridad. La “dramaturgia” política siempre ha requerido, sin duda, de esa construcción de visibilidad pública, de esa gestión del capital simbólico, de esa conquista del espacio mediático para influir y asegurar adhesiones, ganar legitimación y consentimiento. Georges Balandier afirmaba, de hecho, que “todo el sistema de poder se destina a producir efectos, entre ellos, los efectos comparables a las ilusiones que suscitan el espectro teatral” (1992). Es difícil no notar allí una impronta similar a la de la producción de objetos en la industria cultural. Las consecuencias de sus excesos, la sustitución compulsiva, el pseudo-acontecimiento, la infoxicación, la posverdad y sentimentalización de la política, no obstante, no pueden tomarse a la ligera, en especial cuando verdad y mentira acaban siendo especies indistinguibles; cuando todo acaba siendo susceptible de opinión, y un pretexto para refugiarse en la realidad “elegida”. La propaganda cuenta hoy con nuevos y potentes frentes para banalizar la información y el debate, para desmerecer la inevitabilidad, lo irrebatible del hecho factual. Sí: y al calor de esa propuesta maniquea, ha surgido esta suerte de “terraplanista político”, devoto que decide creer sin ver, pues “si X lo dice, no hay discusión que valga”. Sirva la reflexión para sondear el escenario movedizo sobre el cual se despliega la acción opositora venezolana en estos tiempos líquidos. La tentación que, a merced de la asimetría, induce a explotar incesantemente esa relación entre “personajes”, “escenificación” y “público” que se magnifica en redes, no puede omitir la existencia vital de bastidores o “zonas ocultas” donde antes se ha debido gestar una apropiada representación. Una que, “como tal, tiene necesidad del público y debe suceder en público” (Bobbio, 2003). Lo deseable es que la aparición en ese espacio se dé atada a una acción sustantiva, fruto de la construcción sostenida de influjo, instigada por la consecución de beneficios prácticos (¿amnistía para presos políticos? ¿soluciones estructurales para la crisis económica?), más que por el simulacro político. Aún sabiendo que la política difícilmente podrá desentenderse de su vis teatral, las horas son cruciales para resolver asuntos que necesitan de una comprensión lúcida de las realidades concretas, libre de autoengaños y esperas inoficiosas. Hoy tampoco vendrá Godot. |
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