| El cáliz del destierro |
| Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs |
| Viernes, 27 de Abril de 2012 12:50 |
Más de un millón de desterrados es el saldo de la canalla venezolana que nos desgobierna. Pronto, mucho más pronto de lo que imaginan, esa canalla beberá también ella en el cáliz del destierro.
A mi amigo y compañero Oscar Pérez, desterrado “Afuera está nevando en otro idioma” “De todos modos, mi canto puede ser de cualquier parte. Pero estas rotas raíces, ¡ay, estas rotas raíces!” Rafael Alberti Confieso un pecado que hace 40 años me hubiera parecido una intolerable blasfemia: mientras más conozco y sufro los avatares del destino, tan estúpido a veces como los hombres que los provocan, más admiro a los Estados Unidos. Si no me equivoco es, junto a la Inglaterra imperial, de los poquísimos países que han resguardado con sangre, sudor y lágrimas las raíces de sus nacionales. Conozco personalmente a cientos de españoles, italianos, portugueses, alemanes, polacos, rusos, chinos y a muchísimos más cientos de cubanos, argentinos, chilenos, colombianos, peruanos, ecuatorianos, bolivianos que arrastran por el mundo sus rotas raíces. Hablo de los que conozco personalmente. Que en realidad, de los que existen y dan su testimonio de tristeza y desesperación, son millones y millones que se vieron obligados a ver nevar y llover en otros idiomas y que murieron y seguirán muriendo sin terminar de echar nuevas raíces en suelos extraños. Ni comprender del todo el lenguaje de la risa y del llanto de sus propios hijos, paridos por ellos en donde han debido venir a dejar sus huesos. Es, junto con los millones y millones de muertos o asesinados de las guerras, una de las desgracias más dolorosas del pasado siglo que vivimos y del que ahora mismo estamos viviendo. La innúmera ciudadanía del destierro. No he tenido la fortuna, que hubiera sido una desgracia para la humanidad, de conocer un solo norteamericano que haya tenido que asilarse en otro país porque en el suyo imperaba la tiranía y dominaban la persecución y la injusticia. Así gran parte de los desterrados de este lado del mundo – crías de la inefable izquierda marxista - los culpen de sus infortunios. Lo que no obsta para que cubanos, colombianos, ecuatorianos, argentinos y ahora una grande y dolorosa cantidad de venezolanos corran a refugiarse en su regazo. Quinientos años de historia y más de dos siglos de autonomía y democracia estrictamente institucional – con una sola Constitución y algunas enmiendas – han logrado el milagro de que la justicia, el orden y la estabilidad no hayan sido interrumpidas sino durante los graves sucesos de su guerra civil. Logrando, asimismo, lo que merece un agradecimiento eterno: haber sido el último refugio y la última esperanza de quienes eran perseguidos con saña y alevosía en la cuna de la cultura occidental, como el bien amado pueblo de Israel. Dando una contribución invalorable a la derrota de los totalitarismos, tan siniestro el uno como el otro, así del nazismo nadie con dos dedos de frente se sienta solidario y aún existan millones de desaprensivos y amnésicos o ignorantes que se sienten comunistas de corazón y mente. Con algunas tiranías en bárbaro testimonio aún viviente. Hay, como en todo, consuelos: intentar el arraigo en la generosa tierra que nos acogió. Y echar la simiente para que otros de nuestra sangre echen allí sus propias raíces. Así nadie nos devuelva el hilo interrumpido, la sabia contrariada, el flujo de ese río, de esos años de infancia, adolescencia y madurez de los que la canalla de las tiranías nos desencajó brutalmente y para siempre, dejándonos a cambio el sabor de una muerte anticipada. Pero ni la canalla de las tiranías es atributo de una sola nación, ni el destierro desgraciado destino de un solo pueblo. Así, cada día que vivimos, algún tirano en alguna parte del planeta le está rompiendo las raíces a algún desgraciado. A veces doblemente infortunado: echa raíces en hijos que se ven obligados ya crecidos y emancipados a tener que escoger a su vez el camino del destierro y buscar horizontes perdidos. Como lo dijera ese desterrado ejemplar, Rafael Alberti, que uniera su sufrimiento con el de mi esposa, otra desterrada, para cantarle acongojado a sus dolorosos destierros: “De todos modos, mi canto puede ser de cualquier parte. Pero estas rotas raíces, ¡ay, estas rotas raíces!” Más de un millón de desterrados es el saldo de esta canalla venezolana que nos desgobierna. Pronto, mucho más pronto de lo que imaginan, sorberán también ellos de la amarga hierba del destierro. Conocerán entonces lo que significa escuchar llover en otras lenguas. @sangarccs |
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