| El Alzheimer: una enfermedad que no olvida la vida |
| Escrito por Claudio Briceño Monzón | @CabmClaudio |
| Jueves, 10 de Septiembre de 2026 00:00 |
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“Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico).” (Borges:1980, p.485) Una semana más no es cualquier cosa. La semana pasada me correspondió vivir una experiencia que me conmovió, me preocupó y, sobre todo, me hizo comprender cuán poca sensibilidad tenemos, a veces, frente al milagro cotidiano de la vida. Los recuerdos recientes dan contexto a nuestra existencia, pero no necesariamente explican quiénes somos en medio de ese paisaje cotidiano que construimos día tras día. El martes pasado entendí, de una manera inesperada, que la vida puede cambiar en apenas un segundo. Estaba cocinando con el ser más querido del cosmos para mí, con mi madre. De pronto, se desmayó y tuvo una breve convulsión. Por unos instantes pensé que la perdía. Sentí el miedo de su muerte antes de que la muerte siquiera estuviera allí. El estrés me atravesó el cuerpo entero. Fueron segundos que parecieron una eternidad. Luego, poco a poco, volvió en sí. Su cuerpo había reaccionado de manera auto defensiva y todo hacía pensar que habíamos atravesado un episodio neurológico que requería atención inmediata. Después llegó el servicio de emergencia del seguro. Vinieron las preguntas, la toma de muestras, los exámenes y la valoración de una excelente médico internista y de una neuróloga que, con serenidad y profesionalismo, revisaron cada detalle. Mi madre respondió de manera extraordinaria a las pruebas físicas y neurológicas. Y entonces ocurrió algo que para mí tuvo una dimensión profundamente simbólica, por unos momentos pareció regresar también la memoria de su propia profesión. Mi madre fue médico especialista en Medicina Física y Rehabilitación en nuestra ciudad de Mérida, después de realizar estudios en Florencia, Italia. Frente a cada pregunta, cada prueba y cada observación, aparecía nuevamente aquella mujer que durante tantos años dedicó su vida a comprender el cuerpo humano y a ayudar a otros a recuperar sus capacidades. Quizás por eso el Alzheimer y las enfermedades relacionadas con la pérdida de la memoria me han obligado a mirar la vida de una manera diferente. La pérdida de la memoria es una de las experiencias más difíciles de comprender. Existe una tendencia, incluso involuntaria, a pensar que cuando una persona deja de recordar comienza también a desaparecer. Es posible que, desde una perspectiva estrictamente cognitiva, ciertas capacidades se deterioren progresivamente. Pero la persona no desaparece de un día para otro. Allí permanece algo que muchas veces olvidamos mirar: su capacidad de sentir, de percibir, de emocionarse y de relacionarse con el mundo. No recordar debe ser una experiencia psicológicamente angustiante. Despertar cada día y no reconocer determinados nombres, lugares o acontecimientos debe producir una forma de incertidumbre que nosotros, quienes conservamos nuestros recuerdos, difícilmente podemos comprender. Y aunque alguien pueda acostumbrarse parcialmente a esa condición, no significa que deje de percibir. Por eso creo que acompañar a una persona con Alzheimer exige algo que va más allá del conocimiento médico, exige sensibilidad. Hay que hablarle. Hay que mirarla a los ojos. Hay que escucharla. Hay que hacerla sentir acompañada. Hay que tratarla como una persona viva, no como la representación de una enfermedad. Quizás sus recuerdos ya no tengan para nosotros una secuencia lógica. Tal vez mezcle nombres, épocas, rostros y lugares. Posiblemente construya nuevamente un mundo que nosotros ya no podemos comprender, un universo que tiene significado para quien lo habita. A veces pienso que hemos convertido la medicina en una extraordinaria ciencia capaz de identificar patologías, medir funciones, interpretar imágenes y formular tratamientos, pero que todavía necesita aprender algo fundamental, y es que una vida humana es mucho más que el diagnóstico de una enfermedad. Una vida está hecha de recuerdos, y también de afectos; de lugares, de presencias; de nombres, sobre todo, de vínculos. La existencia no puede reducirse a aquello que somos capaces de recordar. Escribo estas líneas no desde la perspectiva científica y cartesiana de la vida, sino desde esa mirada humanística que, pese al paso del tiempo, nunca quisiera perder. Hoy mi madre continúa con tratamiento médico y bajo observación para prevenir nuevos episodios. También recibe medicamentos destinados a preservar, en la medida de lo posible, sus capacidades cognitivas. Pero lo que más me impresiona no está necesariamente en los medicamentos ni en los resultados de una prueba neurológica. Está en esos pequeños instantes en los que, durante un día cualquiera, aparece un vestigio de memoria, una palabra, un nombre, una mirada, una anécdota. Una profesión que regresa por unos segundos. Una pequeña lluvia de recuerdos que aparece y desaparece sin que podamos saber exactamente de dónde viene. Es difícil comprenderlo desde afuera. Pero quizás tampoco necesitamos comprenderlo todo. Hay algo que sí sé: sé quién es ella. Sé quién ha sido, sé cuánto ha dado, sé la mujer que fue, la profesional que ejerció, la madre que me acompañó y la persona que todavía está aquí. Y mientras ella pueda percibir, sentir y recibir una expresión de amor, existe todavía un puente entre su mundo y el mío. Tal vez ese sea uno de los grandes aprendizajes que nos deja el Alzheimer, que una persona no desaparece cuando comienza a perder sus recuerdos. Somos nosotros quienes, muchas veces, dejamos de reconocerla porque hemos confundido la memoria con la identidad. Mi madre puede olvidar un nombre, una fecha o una historia. Yo no olvido quién es ella. Y quizás en eso consista una de las formas más profundas del amor: cuando el otro comienza a perder sus recuerdos, nosotros nos convertimos, de alguna manera, en curadores de su memoria. Porque la vida no es solamente recordar, también es sentir, acompañar, permanecer. Y mientras exista alguien dispuesto a recordar por nosotros, a mirarnos con afecto y a reconocernos incluso cuando nosotros mismos ya no podamos hacerlo, quizá la memoria no haya desaparecido del todo, simplemente haya cambiado de lugar, ahora vive también en quienes nos aman.
Referencias: Jorge Luis, Borges. “Funes el memorioso.” En: Jorge Luis Borge. Borges Obras Completas. Buenos Aires: Emecé Editores, 1980, pp.485-490 [1] Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela por el Estado Mérida. Investigador y Docente del Instituto de Investigaciones Históricas «P. Hermann González Oropeza, S. J» de la Universidad Católica Andrés Bello. Profesor Titular de la Escuela de Historia, de la Facultad de Humanidades y Educación, de la Universidad de Los Andes ULA, Mérida-Venezuela. Magister en Historia de Venezuela por la Universidad Católica Andrés Bello. Doctor en Historia por la Universidad Nacional de La Plata–Argentina. ![]() |
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