| Vidas para leer |
| Escrito por Karl Krispin |
| Sábado, 17 de Marzo de 2012 08:20 |
Hace años publiqué un artículo recordando al pianista Claudio Arrau que, anciano, deseaba una vida de 100 años sólo para leer.
El chileno se dedicó por entero a la música y, juntando el saldo de su exitosísima carrera, pensaba al momento del adiós que bien merecía la pena otra existencia para los grandes textos. Nadie anda resaltando la pertinencia de la alta gastronomía o de los deportes de riesgo: se sabe que existen y que el placer culinario o de competir están allí, para quien pueda acceder. Pero las campañas de toda índole de ministerios o de privados invitando a la lectura, el esfuerzo de hacer del libro un bien accesible a todos se entiende porque el libro nos hace mejores personas, nos convierte en ciudadanos calificados y a los gobiernos les interesa, por lo menos a los sensatos y no a los forajidos, contar con una ciudadanía mejor preparada porque así, los gastos descienden. El administrado tendrá mayor conciencia de lo que le rodea y los retos de su inserción en un mundo competitivo. Los pueblos cultos están listos para la vertiginosidad de los cambios. Un analfabeta funcional le es oneroso a la gerencia pública. Tiene que velar por su futuro e implica costos múltiples.Una de las frases más risibles que he escuchado, siempre lanzada desde el lodazal socialista, es que los sistemas de poder prefieren tener masas sumidas en la ignorancia para fácilmente controlarlas. Sólo un dogmático creería semejante basura. La incultura patrocina la exclusión y en consecuencia la competitividad. Si es de los altos intereses del Estado moderno aliarse con el conocimiento y su difusión, todo político tendría que ser aspiracionalmente culto y devocionarse ante los libros. Lo mismo para su clientela. G. B. Shaw cuando escribió Ginebra, una parodia teatral de la Sociedad de Naciones, apuntaba que allí los diplomáticos ingleses habían descubierto algún asteroide o traducían del griego. Con lo que entusiasmaba que los enviados de la corona exhibían solidez intelectual. Claro, en cuestiones de gobierno debe existir una mezcla de preparación y sensatez en la toma de decisiones, que sólo da la política. Cuántos académicos no han sido cómplices de aniquilamientos, guerras o calamidades económicas. Preparación más ética no falla como récipe. En la sociedad del conocimiento, debería ser no una aspiración, sino la realidad que nuestros conductores fuesen gente culta y educada. Una vez escuché de un prominente político venezolano, de esos que se hacían elegir una veintena de veces para el mismo cargo, que se enorgullecía de tener más de treinta años que no leía un libro. Rómulo Betancourt era un lector compulsivo que además escribía. Arturo Uslar ni se diga. Isaac Pardo, que un día se aburrió de la política, era a quien Gallegos enviaba sus manuscritos para que Pardo "sacara sus pincitas" y los corrigiera. Hasta la cultura de Caldera, un tanto pesada y paquidérmica, produjo sus resultados intelectuales. Los políticos de nuestros días parecen competir en un fashion show, lucen sonrientes para la foto de portada: si leen, es algún dispositivo de autoayuda y no digo que tengan las páginas de Tocqueville en la mesita de noche, pero es que ni una novela de Murakami o de Norberto José Olivar pareciera estimular su aprecio. Cuando declaran sacan alguna frase almidonada por un asesor que lo mismo les escoge las corbatas que el jugo de pepino para las mañanas. Ningún líder de cualquier campo puede habitar en la periferia de la lectura. Al planeta le hacen falta políticos que lean libros y los hagan parte de sí mismos como salvación individual. No queremos aquellos que "leen a Hölderlin en las mañanas y torturan en las tardes" como ironizaba Richard Rorty de los tiranos. Sucede que el mundo sería más amigable con gente habituada a los libros, como solicitaba con nostalgia el maestro Claudio Arrau.
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