| Manual del anti candidato |
| Escrito por Alexander Cambero | X: @alexandercamber |
| Domingo, 31 de Mayo de 2026 02:39 |
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El marketing político creó unas características que generalmente casi todos utilizaron. Teodoro Petkoff rompió con ese esquema presentándose como alguien a quien parecía fastidiarle la puesta en escena. En la antigua Roma, los aspirantes se exhibían en el contexto vestidos de blanco, como simbolizando la pureza de sus intenciones. El latín nos brindó la palabra candidus, que estaba ligada al buen propósito. Mucha agua corrió debajo de los puentes para ofrecernos la multiplicidad de opciones. En lo inherente al abanderado del MAS, su performance la marcaba su lucha constante para mostrarse tal cual. No quiso tomarse una buena dosis de simpatía para disfrazarse de alguien que podía ser la antípoda de Teodoro. Sus arranques siguieron siendo los mismos; no modificó sus conceptos para encontrar adeptos en menoscabo de sus profundas ideas. Transformar toda una visión investigativa en el área de las ciencias sociales para, en un anestésico salto de tirabuzón, caer en los brazos de los demagogos que ofrecían puentes en donde no había río. Eso de besar ancianas y abrazar a niños desnutridos como parte de un libreto bien armado no estaba en sus cromosomas. Fingir sonrisas como en los entablillados del circo de pueblo no era un recurrente mecanismo de seducción electoral; la autenticidad del hombre se imponía con una férrea actitud de no dejar zozobrar su barca. El discurso era una disertación permanente de un amplio conocimiento que rompía con la vacuidad de varios de sus adversarios. El simplismo le incomodaba de tal forma que sus respuestas siempre contravenían la visión de los asesores. Un fotógrafo estuvo detrás de Teodoro buscando hacer unas buenas gráficas para su propaganda; el candidato se había negado reiteradamente a posar en un estudio con todas las técnicas que eso conllevaba; creía que era una forma de no ser él; sostenía que aquello era un derroche de narcisismo tropical. Luego accedió a trabajar con el reconocido profesional venezolano Vasco Szinetar. Quizás el intríngulis del asunto era saber que su candidatura estaba destinada a cumplir el rol de ser testimonial. El ejemplo de Rafael Caldera frente al prestigio personal del maestro Rómulo Gallegos y la gran maquinaria de Acción Democrática era un ejemplo de cómo la implantación electoral y política de Copei comenzó en ese proceso electoral de 1947. No tenían opción alguna, pero la causa ayudaba para apuntalar la idea. Eso mismo le ocurría a Teodoro Petkoff. Solo que este no se dejaba domesticar. Su hoja de ruta estaba en oposición con lo que establecían los parámetros de la segmentación comicial. Las formas clásicas del mercado electoral no entraban en su canasta de productos por mostrar. Hacer una campaña política a sabiendas de que llevas a cuestas una derrota anunciada hace que los zapatos aprieten más, el calor multiplicado en un ambiente donde las dificultades fraguan verdades que se reflejan en votaciones francamente exiguas. Lo que sí era un hecho superlativo es la brillantez argumentativa que demostraba en sus distintas alocuciones. El diagnóstico del país lo conseguía en cada trazo recorrido. Una palanca mecánica lo eleva en un acto en la avenida Bolívar de Caracas. Un público sin barrios y con la escasez de la agenda popular estaba allí para hacerse copartícipe de una minoría que entendía el ufano de poseer como líder a uno de los hombres más talentosos nacidos en tierra venezolana. Rostros universitarios auscultando sus propias verdades, intelectuales en el análisis de una minúscula muestra de una versión venezolana que empuñaba más banderas que gente. De pronto, observamos que alguien por poco cae al vacío montando un sonido. Tres compañeros lo auxiliaron, evitando lo peor. El sacrificio de querer que el mensaje llegara más allá, quizás hasta oídos de los sectores que mantenían su apatía, casi colecciona una vida. Cuánto nos cuestan las cosas, esbocé para mis adentros, siempre nadando contra una corriente semejante al Orinoco. El cielo caraqueño se fue llenando de un extraño sopor. Una voz capturaba a los fantasmas para atarlos con las cadenas de la convicción. En la ingenuidad propia de la juventud, creíamos que podía ser posible darle un revolcón a la realidad. Que la nación comprendiera que la historia estaba por escribir un capítulo resplandeciente como los chispazos de un relámpago que hizo metástasis en el discurso del candidato. Una esperanza en medio del ahogo en la plenitud de los matices de lo establecido. La promesa de la transformación social que habíamos imaginado al percibir que vivíamos en una sociedad injusta. La realidad fue una bofetada electoral que nos habló de una derrota que materializaron las benditas actas. Teodoro Petkoff se convirtió en conciencia cívica. Su pensamiento creció para ilustrarnos. Allí comprobamos que el esfuerzo valió la pena. @alecambero
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