Estados Unidos quiso sacar a Juan Vicente Gómez del poder
Escrito por Luis Perozo Padua | X: @LuisPerozoPadua   
Viernes, 11 de Septiembre de 2026 00:00

altWashington, invierno de 1918. En los despachos del Departamento de Estado, donde el humo de los cigarrillos se mezclaba con el olor del papel recién mecanografiado,

Venezuela había dejado de ser una preocupación distante. La guerra que estremecía Europa había convertido al Caribe en un tablero estratégico y, en ese tablero, Juan Vicente Gómez ocupaba una casilla incómoda.

El general venezolano gobernaba desde 1908. Había construido un régimen centralizado, sostenido por el Ejército, por una extensa red de funcionarios leales y por una severa política contra sus adversarios. Pero ahora existía un problema adicional: mientras Estados Unidos combatía a Alemania, Gómez insistía en mantener la neutralidad venezolana y no ocultaba su admiración por la eficacia militar alemana.

En Washington comenzaron a preguntarse si aquella neutralidad era realmente neutral.

El problema venezolano

Estados Unidos había entrado en la Primera Guerra Mundial en abril de 1917. Para entonces, la posición de Gómez resultaba cada vez más incómoda para la administración de Woodrow Wilson. El Gobierno venezolano no rompió relaciones con Alemania, y distintos informes diplomáticos estadounidenses hablaban de la influencia alemana en Venezuela, especialmente de sus intereses comerciales y de la actitud favorable del propio Benemérito Presidente hacia Alemania.

Existían, además, rumores que inquietaban a Washington. Uno de ellos sostenía que Alemania podía obtener una instalación naval o inalámbrica en Venezuela, incluso mediante un eventual arrendamiento de la isla de Margarita. No hay evidencia concluyente de que Gómez estuviera realmente negociando la entrega de Margarita a los alemanes; lo que sí está documentado es que esas sospechas circularon entre funcionarios estadounidenses y fueron consideradas suficientemente serias como para ser comunicadas a Washington.

Para Estados Unidos, el problema tenía varias capas. Estaba la guerra europea, estaba Alemania y estaba la seguridad del Caribe. Pero también estaba algo más difícil de manejar: la propia naturaleza del régimen gomecista.

La Venezuela de aquellos años no era una democracia estable que pudiera cambiar de gobierno mediante elecciones. Gómez había convertido el poder político en una estructura personal. La Constitución podía cambiar; los presidentes podían aparecer en el papel; pero el poder real permanecía en manos del general.

Y en Washington comenzaron a discutir qué hacer con él.

Los venezolanos que pidieron ayuda

La idea de apartar a Gómez tampoco nació exclusivamente en los despachos estadounidenses.

Desde el exilio, dirigentes venezolanos intentaban convencer a Washington de que el régimen podía ser derribado. Uno de ellos fue José María Ortega Martínez, quien presentó ante funcionarios estadounidenses un cuadro sombrío de la situación venezolana. Aseguraba que unos 1.500 venezolanos prominentes estaban encarcelados y alrededor de 5.000 se encontraban en el exilio. También denunciaba la influencia alemana sobre Gómez.

Ortega Martínez no se limitaba a denunciar. Propuso una salida: apoyar clandestinamente a los opositores venezolanos.

La propuesta tenía lógica desde la perspectiva de los exiliados. Si Gómez era vulnerable y Estados Unidos poseía recursos militares y económicos incomparables con los de Venezuela, bastaría —pensaban— con inclinar discretamente la balanza.

Pero desde Washington el cálculo era menos sencillo.

Una cosa era querer que el dictador desapareciera de la escena política. Otra, encontrar a alguien capaz de sustituirlo sin que Venezuela se hundiera en una guerra civil o Estados Unidos terminara convertido en una potencia ocupante.

«Eliminar a Gómez de raíz»

En ese ambiente apareció un documento que cambiaría el tono de la discusión.

El Departamento de Estado encargó al funcionario Glenn Stewart un estudio detallado de la situación venezolana. Stewart examinó varias alternativas: desconocer políticamente al Gobierno de Gómez, imponer un embargo comercial o ejercer una fuerte presión diplomática.

Las descartó una por una.

El desconocimiento diplomático, argumentó, tendría escaso efecto porque Gómez poseía una considerable independencia económica. Un embargo tampoco parecía una solución sencilla: Venezuela tenía productos que Estados Unidos necesitaba durante la guerra y, además, las restricciones podían perjudicar los propios intereses estadounidenses. La presión diplomática, finalmente, podía terminar fortaleciendo al dictador en lugar de debilitarlo.

Entonces Stewart llegó a una conclusión estremecedora.

Según su informe, había una única manera de garantizar un cambio real en Venezuela: «eliminar a Gómez de raíz».

No era una frase lanzada en una conversación de café ni una consigna de los exiliados. Era la conclusión escrita de un funcionario del aparato diplomático estadounidense encargado de estudiar el problema venezolano.

El memorándum llegó a manos de Robert Lansing, secretario de Estado de Woodrow Wilson. Lansing compartió la recomendación y la hizo llegar al presidente, acompañándola de una advertencia inequívoca: Gómez era, a su juicio, “un verdadero peligro para Estados Unidos y para nuestro esfuerzo de guerra”. La cuestión había llegado al despacho presidencial.

La anotación de Wilson

Woodrow Wilson leyó el informe.

El 16 de febrero de 1918 escribió a Lansing una respuesta que quedaría registrada en los documentos de la política exterior estadounidense:

«This scoundrel ought to be put out.»

«Este sinvergüenza debería ser sacado».

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Pero Wilson no ordenó una invasión. Tampoco autorizó una operación para asesinar o derrocar a Gómez. Lo que hizo fue formular una pregunta que revela mejor que cualquier discurso el dilema de Washington.

Quería saber si existía alguna manera de sacar a Gómez del poder sin alterar la paz de América Latina más de lo que lo haría dejarlo allí.

La frase parece, a primera vista, la expresión de una indignación personal. Pero contiene algo mucho más importante: el reconocimiento de un límite.

Wilson podía considerar a Gómez un déspota peligroso. Podía recibir informes sobre sus vínculos con Alemania. Podía escuchar a los exiliados venezolanos. Incluso podía coincidir con un funcionario que recomendaba eliminarlo de raíz.

Pero ¿cómo hacerlo?

El hombre que no era fácil de derribar

Gómez había pasado años construyendo su poder.

No dependía exclusivamente de la popularidad. Dependía del control del Ejército, de las autoridades regionales y de una estructura política que había reducido considerablemente la capacidad de sus adversarios para organizar una rebelión efectiva.

En Washington podían imaginar una conspiración. El problema era qué ocurriría al día siguiente.

Apoyar a los exiliados significaba apostar por una oposición cuya capacidad real era incierta. Enviar tropas significaba intervenir directamente en Venezuela. Utilizar la fuerza naval podía convertir un conflicto político venezolano en una nueva demostración del poder imperial estadounidense en el Caribe.

Y Wilson tenía razones para ser prudente.

Estados Unidos estaba librando una guerra mundial. En 1918, miles de soldados estadounidenses cruzaban el Atlántico mientras el desenlace del conflicto europeo todavía estaba por decidirse. Abrir simultáneamente un frente político o militar en Venezuela podía ser una complicación innecesaria.

El propio estudio posterior de la situación confirmó la dificultad: los funcionarios estadounidenses consideraron que no existían condiciones claras para una intervención.

El problema venezolano podía ser desagradable.

Pero una intervención podía resultar peor.

El dictador también sabía jugar

Mientras en Washington se discutía su permanencia, Gómez comprendía que debía cuidar sus movimientos.

Para apaciguar a los aliados, apartó de sus cargos a algunos de los ministros considerados más cercanos a Alemania. El cambio no significaba que hubiese renunciado a su propia posición, pero revelaba que el general sabía leer las señales provenientes de Washington.

También existía otra peculiaridad del régimen.

Aunque Gómez era el verdadero hombre fuerte, Victorino Márquez Bustillos ocupaba formalmente la Presidencia provisional. Esa dualidad permitía al régimen mantener una apariencia constitucional mientras el poder efectivo permanecía concentrado alrededor del general venezolano.

Para los diplomáticos extranjeros, Venezuela podía presentar el rostro institucional de un presidente provisional, mientras detrás de esa fachada seguía funcionando el sistema construido por Gómez.

Era una fórmula política eficaz.

Y Washington tenía que decidir si valía la pena destruirla.

Maracaibo miraba hacia Washington

En el occidente venezolano, la situación adquiría un matiz particular.

Maracaibo, centro comercial del Zulia y enclave de creciente importancia petrolera, poseía una fuerte presencia extranjera y una comunidad alemana económicamente poderosa. El descontento contra el control político de Gómez encontró allí un terreno especialmente sensible.

En 1917, las autoridades regionales prohibieron una manifestación favorable a los Aliados. La tensión aumentó y algunos opositores comenzaron a mirar hacia el consulado estadounidense en busca de respaldo.

Entre ellos estaba el médico y empresario Pedro Rojas, una figura respetada en Maracaibo que defendía públicamente las instituciones estadounidenses. A comienzos de 1918, el doctor Pedro Rojas llegó incluso a entrevistarse con Emil Sauer, cónsul de Estados Unidos en Maracaibo, para plantearle que Washington apoyara un movimiento revolucionario destinado a derribar el régimen de Gómez en el Zulia. La escena resulta reveladora.

Mientras Wilson preguntaba desde Washington cómo sacar a Gómez sin perturbar la paz continental, algunos venezolanos estaban intentando convencer a los representantes estadounidenses de que una intervención podía comenzar precisamente desde el occidente del país.

Pero Washington no estaba convencido.

El enemigo cambia de rostro

La guerra comenzó a modificar el problema.

A medida que avanzaba 1918, funcionarios del Departamento de Estado volvieron a estudiar la conducta de Gómez. La conclusión empezó a ser menos alarmante.

Quizás Gómez no era realmente un hombre de Alemania.

Quizás era, antes que nada, un hombre de Gómez.

Un informe de la División Latinoamericana del Departamento de Estado, fechado el 4 de septiembre de 1918, concluyó que la actitud de Gómez estaba influida por el poder comercial alemán y por la percepción de la fuerza militar germana, pero que eso no significaba necesariamente que fuese un aliado alemán. La recomendación fue mostrarle al general el poder militar de Estados Unidos para inducirlo a alinearse con la política estadounidense.

La estrategia cambió.

Ya no se trataba necesariamente de sacar a Gómez.

Podía ser suficiente con convencerlo.

Y entonces ocurrió lo que ninguna maniobra diplomática había conseguido con tanta eficacia.

Alemania perdió la guerra.

El 11 de noviembre de 1918 terminó el conflicto europeo. La amenaza alemana que había convertido la neutralidad de Gómez en un problema estratégico desapareció prácticamente de un día para otro.

Y Gómez comprendió el nuevo escenario.

De enemigo incómodo a socio útil

Después de la guerra, el Gobierno de Gómez se acercó a los países vencedores y, particularmente, a Estados Unidos. Lo que en 1918 había parecido una peligrosa simpatía por Alemania comenzó a verse desde Washington bajo otra luz.

La propia documentación estadounidense registra el cambio de percepción: la administración llegó a considerar que Gómez no era necesariamente «proalemán», sino «pro-Gómez», y que podía alinearse con Estados Unidos si entendía la nueva relación de fuerzas.

La paradoja era extraordinaria.

El mismo hombre que en febrero de 1918 aparecía en el escritorio de Wilson como un «sinvergüenza» que debía ser apartado permanecía en el poder.

Y no solamente permanecía.

Su gobierno terminaría convirtiéndose en un socio cada vez más importante para los intereses económicos estadounidenses en Venezuela.

Durante los años siguientes, además, el petróleo adquirió un peso creciente en la relación bilateral. Para entonces, Washington ya no veía únicamente a Gómez como el dictador que había provocado irritación durante la guerra, sino como el gobernante con quien convenía negociar en un país cuyo subsuelo comenzaba a transformar su importancia internacional.

En 1921, la relación había dado un giro. Preston McGoodwin, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Estados Unidos en Caracas, trataba directamente con Juan Vicente Gómez las condiciones de la nueva legislación petrolera, mientras en Washington el secretario de Estado Charles Evans Hughes recibía los informes sobre las negociaciones y los intereses de las compañías estadounidenses. La historia había dado una vuelta completa.

La intervención que nunca ocurrió

Woodrow Wilson abandonó la Casa Blanca en marzo de 1921.

Juan Vicente Gómez permaneció en el poder hasta su muerte, el 17 de diciembre de 1935.

No hubo una expedición estadounidense para derrocarlo. No hubo una revolución venezolana patrocinada abiertamente por Washington. Tampoco se concretó aquel inquietante proyecto de «eliminar a Gómez de raíz».

La razón no fue que Wilson hubiese descubierto de pronto una simpatía por el dictador.

Fue algo más frío y propio de la política internacional: el costo de removerlo parecía mayor que el costo de soportarlo.

La guerra había terminado. Alemania había dejado de ser una amenaza inmediata. Gómez seguía controlando Venezuela y podía ser llevado hacia la órbita estadounidense sin necesidad de una intervención militar.

Así, el hombre que había sido considerado un posible peligro para Estados Unidos terminó siendo tolerado, reconocido y tratado como interlocutor.

Una pregunta que quedó en Washington

La historia de aquel invierno de 1918 no es simplemente la historia de un presidente estadounidense que quiso derribar a un dictador venezolano.

Es la historia de una potencia que descubrió los límites de su propio poder.

Wilson podía escribir que Gómez debía ser sacado. Sus funcionarios podían estudiar fórmulas para hacerlo. Los exiliados venezolanos podían pedir armas y apoyo. Incluso podía existir un argumento estratégico para intervenir.

Pero entre querer derribar a un hombre y encontrar una forma segura de reemplazarlo había un abismo.

Y Wilson terminó contemplándolo desde su escritorio.

Quizás por eso aquella pregunta sigue siendo más reveladora que la propia frase contra Gómez: ¿cómo sacarlo sin provocar un daño mayor que dejarlo allí?

La respuesta terminó llegando no desde los fusiles, sino desde el derrumbe de Alemania.

Gómez sobrevivió.

Wilson se fue.

Y Venezuela continuó bajo la sombra del general tachirense durante otros diecisiete años.

Aquel episodio deja una imagen difícil de olvidar: en algún lugar de Washington, durante los días más inciertos de la Gran Guerra, el nombre de Juan Vicente Gómez estuvo acompañado de una pregunta que podía cambiar el destino de Venezuela. Pero sobre el escritorio presidencial quedó también la duda que finalmente decidió todo: cómo derribar a un dictador sin descubrir, demasiado tarde, que el remedio podía ser más peligroso que el hombre que se pretendía derribar.

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