| ¡Una gallina echada! |
| Escrito por Rodolfo Izaguirre |
| Domingo, 11 de Enero de 2026 00:00 |
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Se cantaba, reíamos; algunos elevaban la voz y recitaban poemas. Desconocíamos nuestros nombres: simplemente bastaba el privilegio de un poco de sensibilidad, alguna buena lectura y nos convertíamos en seres esclarecidos con una señal en la frente que nos transfiguraba y convertía en poetas a todos los que se congregaban en aquellas desenfrenadas jornadas. Recuerdo la vez que inexplicablemente me encontraba en un bar de Bella Vista. Digo inexplicablemente porque no era zona frecuentado por mí. Lo mas lejano de mis correrías era San Martín y el bar de un alemán que servía una cerveza igualmente alemana más fría que el hielo. No creo haber estado en Bella Vista, salvo las veces que visité a la viuda y al hijo de uno de mis tíos, el único de los hermanos de mi papá que quiso y respetó con verdadero afecto a mi mamá. Lo atropelló un ciclista, se fracturó la cadera y no logró recuperarse nunca. Mi papá, siempre alevoso, recelaba del hermano y sostenía que su afecto por mi madre se desbordaba. En el bar de Bella Vista la mesa también era larga y llena de vociferantes y alterados poetas y de pronto escuché una voz que declamaba y recitaba: “'¡Cógela como a una gallina echada!” . Me sobresalté y pregunté: ¿Quien ha escrito ese verso tan nuevo en la poesía venezolana? Era la primera vez que escuchaba algo tan impactante en aquellas mesas colmadas de jóvenes poetas. Era uno de los muchachos y supe que se llamaba Ramón Palomares. ¿Qué se hicieron los otros chicos medio ahogados en cerveza? Seguramente quedaron perdidos en algún otro bar, en alguna otra mesa enardecida. Solo recuerdo la poética y áspera referencia a la gallina y a la amistad que armé luego con Palomares porque llegó a formar parte del Grupo Sardio y publicó su primer libro titulado El Reino, 1957 al mismo tiempo que Adriano González León comenzaba a consagrarse con los relatos de Las Hogueras más altas, 1959, y disfrutar una justa celebridad por el premio Seix Bárral a su novela País Portátil en 1969. Ya no se trataba de largas mesas y jóvenes con tragos sino reuniones mas asentadas en temas literarios densos y de mayor conocimientos, pero siempre con tragos a veces de La Pílarica una conocida casa de vinos. Comenzaba la historia del Grupo SardIo, renovador de la literatura venezolana. La literatura enfrentaba entonces los difíciles aunque prósperos años pérezjimenistas pero en Sardio solo ocupó la personal conciencia de rebeldía civil de sus integrantes porque al reunirse por las noches la política quedaba a un lado y la literatura invadía todos los espacios y la imaginación creadora adquiría a veces la forma de iluminados juegos surrealistas conocidos como “cadáveres exquisitos” Dos o tres veces me tocó junto a Salvador Garmendia pasar la noche en Carvajal o en casa de Palomares. Nos preparaban camas en la sala, dábamos las buenas noches y nos disponíamos a dormir cuando escuchábamos la voz de Gonzalo González León, el hermano de Adriano llamar en la oscuridad a Marina, la hermana menor, y preguntarle si había guardado el queso. Entonces, como si hablara a sí mismo, Salvador decia en susurro,: “!Este hermano de Adriano preguntando por queso a estas horas no se va a casar nunca!” Antes de quedarnos dormidos en casa de Palomares escuchábamos unos pasos que resonaban en la sala y cesaban justamente al pie de nuestras camas, En ese momento, la voz de Palomares advertía; !”Muchachos, si oyen pasos no se asusten es que alguien está cruzando la esquina y el eco de sus pasos resuena en la sala!”. Pero algo mágico daba vueltas en esa casa de Escuque porque cuando se tomó la foto del grupo lo que apareció no éramos nosotros sino la nevera y todo lo que estaba detrás del fotógrafo. Sentado en el Studebaker manejado por Gonzalo González en viaje a Escuque o al Alto Escuque en una de las curvas le entró al automóvil tierra de la carretera y Argimiro Briceño León, su primo hermano, dijo con fingida inocencia:”¡Este carro se echa tierra él mismo!”. Nunca imaginé que la violencia asomara su furor en situaciones tan triviales, pero Gonzalo González León detuvo el automóvil en plena carretera y se bajó furioso retando al primo a caerse a carajazos allí mismo. Podía ocurrir cualquier cosa tratándose de Palomares, Gonzalo, Argimiro, Adriano y el Alto Escuque donde Adriano, nadie supo por qué, lloraba con dolorosas lágrimas y unas tías suyas bebían agua de un manantial que pasaba por su casa. Pero yo aceptaba todo lo que ocurría en Sardio porque mientras alguien acechaba en la poesía a una gallina echada Adriano, Guillermo Sucre y Salvador Garmendia me enseñaban a escribir. |
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