Una mala película
Escrito por Juan Guerrero | X: @camilodeasis   
Martes, 28 de Octubre de 2014 19:10

altMi profesor de fotografía, Enio Cuello, me dice que es seguidor, fan de Fina Torres (Caracas, 1951). Me habla sobre sus obras cinematográficas,

como Mecánicas celestes (1995) y de Oriana (1985), donde la laureada cineasta aborda de manera magistral el tema del incesto.

Todas muy buenas, ciertamente. Incluso Habana Eva (2010). Pero en esta última, Liz en septiembre (2014), fue un completo fracaso. La película es mala no por el tema planteado, el lesbianismo, sino por querer plantear cinematográficamente un tema tan delicado, como la eutanasia, de manera sesgada, mientras siete amigas “raras” se divierten, como lo vienen haciendo cada año, para celebrar el cumpledías de Liz (Patricia Velásquez) en la posada playera de Margot (Elba Escobar).

Sucede que el descosido del bodrio se evidencia en el flojo y elemental guión donde todo es predecible y lineal.

Y es que precisamente la peor falla se genera en una precaria adaptación de una obra teatral (Last summer at Bluefish cove, de J. Chambers)  para esta “bonita” e insípida película, donde el mundo se va presentando sin mayores complicaciones para un espectador cuasi-analfabeta. Esa es la intencionalidad oculta de esta película. Presentar temas de delicados y complejos contenidos, resueltos de manera elemental y pobremente atendidos, como si el espectador no tuviera seso para abordar y descifrar temas tan delicados.

Al escuchar hablar sobre este melodrama las personas se sitúan en el tema. Bien del lesbianismo bien de la muerte: suicidio asistido o eutanasia. Obviamente que por sí solo los temas son candentes, interesantes y muy buenos para discutir. Ya lo hemos indicado. Sucede sin embargo, que por el tema la película no es necesariamente buena.

Es que el hecho cinematográfico viene a ser la puesta en escena de una serie de pequeños detalles, que al final permiten apreciar la totalidad de esas partes. Es como una orquesta donde hay variados y complejos instrumentos que suenan cada uno de manera específica. Pero es el director de la orquesta quien permite que se escuche la sinfonía como un todo donde sus partes se entrelazan y sintetizan eso que llamamos obra de arte.

Pero en Liz en septiembre los temas desbordan la trama mientras los personajes/actrices actúan cada quien sin atender libreto, en una mala imitación de Marlon Brando en El último tango en París, sin profundizar ni menos encarnar en los personajes. Esto se aprecia en una Mimí Lazo (Dolores) quien ya no da más de lo que pudo dar. Solo aporta aturdimiento y divismo envejecido. O de una Elba Escobar metida en su único papel, boleros y despechos. Pastosas y arbitrarias actuaciones.

Los personajes se hacen repetitivos en sus quebradizas y similares experiencias. Poco faltó para convertirse en una especie de “jaula de las locas” por tanta banalidad acumulada. Lo risible se aprecia, no por el desencadenamiento de la trama, sino por la pobreza actoral en general, con escasos momentos, casi todos en Patricia Velásquez quien se echa al hombro la película y arrastra al resto de pésimas actuaciones de un elenco que no vale la pena mencionar.

Es la única que asume, junto a la cubana Danay García (Caqui),  el personaje casi hasta el final. Decimos casi hasta el final porque a la postre, cuando se evidencia la enfermedad uno no sabe si muere de cáncer o por la soberana borrachera. No es creíble la enfermedad en su etapa terminal. Prefiero el desarrollo del cáncer en el personaje de Martina (Carme Elías) en La distancia más larga. Ahí sí se siente el padecimiento, el desgarramiento interior y la decisión final, consciente, digna y trascendente.

Acá la decisión de morir viene dada a última hora y recae en Eva (Eloísa Maturén) con su cara ‘e tabla, insípida e inodora, y sin ninguna plasticidad para desenvolverse en medio del tragicómico final. Absolutamente inexpresiva. La seleccionan a último momento. Tanto como personaje que auxilia a la enferma, y como actriz que debuta, preparándose en escasas semanas.

Su único aporte es un rostro de “niña modocita” que es mejor dejarla sin hablar. Porque no dice casi nada en los 100 minutos de la película. Una actuación sin movimiento, ritmo, cadencia ni estridencia. Ni siquiera cuando hace el amor con Liz. Siempre bien “peinadita y arregladita”.

Los agregados del film no aportan mayores detalles que destaquen. Una fotografía a seis manos (Celiana Cárdenas, Rodrigo Pulpeiro, Gerad Uzcátegui) quienes pudieron al menos colocar grandes encuadres y ángulos. Pero los opacó, los nubló el paisaje de una playa que impuso su naturaleza. Solo copiaron lo que había y nada más.

Parecido ocurre con el manejo de cámara. Se mueve de un lado a otro en medios planos y con focalización de detalles sobrescenografiados. Tanto, que son predecibles y por ello, no son creíbles. Son bonitos cuando en su lentitud la cámara se mueve en una interminable búsqueda de eso bello y colocado intencionalmente. No convence por ser demasiado artificioso.

Estos quiebres técnicos y demás fallas actorales se deben única y exclusivamente a una mala dirección y a un guión que no lleva a ningún lado. Como columna vertebral, el guión debió orientar la secuencia de escenas que se pudieron armar hasta formar un todo orgánico que nos pudo hablar de una obra cinematográfica que, tristemente no existe en esta mala película.

Finalmente en Liz en septiembre existe el riesgo a aceptar la diversidad sexual (lesbianismo) por lástima, por “pobrecita” usando para ello un tema tan controversial y altamente conflictivo, como la muerte, el suicidio asistido (eutanasia).

(*) Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla / @camilodeasis


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