| Federico “der grosse”. ¿Por qué el “reich” alemán? (II) |
| Escrito por Carlos Balladares C. | X: @Profeballa |
| Jueves, 23 de Julio de 2026 00:00 |
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«La mayoría de los Estados tienen un ejército; en Prusia, el ejército es el único que tiene un Estado» (Conde de Mirabeu).
En la película Der untergang/ El hundimiento (Oliver Hirschbiegel, 2004) se muestra cómo Adolf Hitler conservó en su diminuta oficina del “fuhrerbunker” el cuadro de Federico II “el grande” (1712-1786) pintado por Anton Graff (1781).
Al parecer, dicha pintura siempre le acompañaba en cada una de las mudanzas que hacía de su cuartel general. En una escena del filme se muestra absorto en su contemplación, se dice que esperaba la repetición del “milagro de Brandenburgo” cuando Prusia fue rodeada por tres grandes potencias (Francia, Rusia y Austria) en la Guerra de los Siete Años (1756-1763) y se salvó por la disolución de dicha alianza enemiga. Fue tal la obsesión con el personaje que existieron postales que colocaban a Hitler junto a los perfiles de Federico II y Otto von Bismarck cómo una forma de legitimar su figura al incluirla en una continuidad histórica en los destinos de Alemania. Y al final, este mito del nazismo como heredero del prusianismo (militarismo autoritario), fue asumido también por los Aliados e incluso por toda una corriente historiográfica alemana conocida por la palabra: “Sonderweg” (el camino particular o desviado). A continuación examinaremos cómo Prusia bajo la dinastía Hohenzollern estableció las bases que permitieron el nacimiento del segundo reich (1870-1918). Adolf Hitler consideró a Federico II como el fundador de las tradiciones “auténticamente alemanas” (prusianismo) las cuales tendrán en el nazismo su consumación final. La primera es el “führerprinzip”, como el principio de autoridad mesiánico basado en un jefe que concentra todo el poder por ser la encarnación del pueblo y su destino, y al que se le debe obediencia absoluta. Al iniciar las sesiones del Reichstag (parlamento alemán) después del incendio de su sede original y las elecciones federales, los nazis - a poco más de un mes de su llegada al poder - eligieron el mismo día que Bismarck había inaugurado el parlamento imperial en 1871: el 21 de marzo. Dicha ceremonia se celebró con la presencia de los herederos de la dinastía Hohenzollern (el príncipe heredero y sus hermanos) en la Garnisonkirche o iglesia de la Guarnición donde están enterrados los reyes de Prusia. Cuando el presidente Paul von Hindenburg le da la mano a Hitler en este acto (famosa foto de la cual se hicieron monedas) la propaganda nazi lo asumió como el paso del segundo al tercer reich que ellos “representaban”. Las otras tradiciones “prusianas” que creó Federico II desde la interpretación hitleriana serán la idea que explicamos al principio sobre el “milagro de la casa de Brandemburgo”, el cual demostraba el aspecto mesiánico y mítico de Alemania llamada a sobrevivir a pesar de las adversidades. La creencia en una nación destinada al dominio de Europa. La tercera es el genio militar basado en un pueblo “espartano” cuyo corazón es su ejército, dirigido por un líder intuitivo más que profesional en el arte de la guerra. Y finalmente la fusión entre el Estado y el pueblo sustentado en la frase de Federico II: “el soberano es el primer servidor del Estado”. Fue tal la obsesión con el personaje que en 1942 se realizó un biopic de propaganda titulado Der Große konig por el mismo director de la producción antisemita de 1940: Jud Suß: Veit Harlan. Aunque ya desde 1910 se habían realizado más de 15 películas biográficas, y en la cuales el actor Otto Gebuhr fue su principal representante, lo que demuestra que se había generado una tendencia a ver a Federico II como una especie de “padre la patria” (“Landesvater). Todas ellas transmitían los valores de la resistencia ante la adversidad y el anhelo de un líder que heredara su audacia autocrática. El historiador británico Christopher Clark (2006) en su libro Iron Kingdom: The Rise and Downfall of Prussia 1600–1947 y en su documental de la BBC: Federico II y el enigma de Prusia (2010), se refiere a la anécdota con la que hemos iniciado para resaltar la manipulación que se ha hecho de dicho personaje. Su tesis sostiene que el llamado “prusianismo”, y en especial el reinado de Federico “el grande”, no se reducen a un militarismo autoritario y mucho menos a un camino que inevitablemente llevarían al Tercer Reich y a las supuesta “tradiciones alemanas” descritas anteriormente. Entonces ¿qué es el prusianismo realmente? ¿por qué la mayoría de los alemanes desde el siglo XVIII han tendido a valorar a Federico II? En relación a esta última pregunta he percibido ciertos paralelismos con el culto a Simón Bolívar al ver que liberales, conservadores, socialistas, nazis y comunistas (el mejor ejemplo es la República Democrática Alemana en la década de los ochenta) lo reivindicaron. Para Clark el prusianismo es una reacción militarista ante la vulnerabilidad geográfica de Prusia pero integrada a un proceso de modernización estatal, legal, económico e incluso promotor de las artes y la tolerancia religiosa en el marco de la Ilustración (es el mejor ejemplo de “déspota ilustrado”). Al seguir los argumentos de Clark, se puede decir que el ejército se hizo el corazón del Estado prusiano no en el sentido de autoritarismo expansionista y agresivo que se le dio posteriormente, sino como respuesta desesperada y defensiva (¡existencial!) al trauma de la Guerra de los 30 años (1618-1648). Tres herederos de la dinastía Hohenzollern la hicieron realidad: el príncipe elector Federico Guillermo (1640-1688) al crear un ejército permanente que tenía el control tributario del futuro reino; Federico Guillermo I “el rey soldado” (1688-1740) duplicó el tamaño del ejército convirtiéndolo el cuarto de Europa en tamaño, creó un sistema de reclutamiento permanente por cantones de la tropa en armonía con la creación de una casta de oficiales por parte de la nobleza territorial: los “junkers”, una mayor centralización fiscal que dedicaba el 80% de sus ingresos al ejército; y finalmente Federico II “el grande” perfeccionaría su entrenamiento y formación al concentrar todos los esfuerzos de su pueblo para este objetivo (educación primaria obligatoria, economía manufacturera y tributos, burocracia civil racional) junto una disciplina que los convirtió en los soldados con mayor velocidad de marcha y de rapidez al disparar. Federico II abandonó la política disuasiva de su padre y usó su ejército para arrebatarle Silesia a Austria con lo cual obtuvo una importante región manufacturera y duplicó el tamaño de Prusia. En la Guerra de los Siete Años (1756-1763) repitió esta política y logró ocupar Sajonia para finalmente llevar a cabo una guerra de resistencia contra una amplia alianza (Austria, Francia, Suecia, Rusia y Sajonia) la cual terminó con el “milagro de Brandeburgo” que describimos al principio. De esta forma Federico II se ganó el título de “el grande”, consolidando a Prusia como la tercera potencia de Europa y sentando las bases para el futuro II reich al cual nos dedicaremos en nuestra próxima entrega.
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