| El naufragio |
| Escrito por Héctor Concari |
| Domingo, 24 de Agosto de 2014 08:04 |
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HÉCTOR CONCARI
El naufragio
E xiste un tipo de cine que algún crítico francés llamó El cine de la crueldad. El crítico en cuestión se llamaba André Bazin, fue el mentor de unos jóvenes rebeldes que luego pasarían a la dirección con el nombre de Nouvelle Vague, y en esa categoría agrupó a unos cuantos consagrados: Hitchcock, Buñuel, Dreyer, Erich von Stroheim y algún otro.
No es difícil encontrar el patrón común.
Estos directores hurgaban en lo más oscuro del alma humana, ponían a sus personajes en situaciones emocionales extremas y, de forma tortuosa, iluminaban eso que podríamos llamar la condición humana. Bazin murió en el 58 y el mote no tuvo mayor repercusión, pero vale la pena exhumarlo a la hora de hablar de Michael Haneke. Es alemán, es el niño mimado de la crítica (especialmente francesa) y sus películas son un muestrario de, precisamente, la crueldad. Algunos ejemplos: en Funny games de 1997, dos sicóticos aterrorizan a una familia que vacaciona al borde de un lago (la rehízo 10 años más tarde en Estados Unidos). En La pianista, una relación masoquista entre una pianista sexualmente reprimida y su alumno aflora con pésimas consecuencias. Caché, es la crónica de otro acoso, el de una familia bien avenida por alguien que los filma en secreto. En La cinta blanca, los niños de un pueblo alemán antes de la primera guerra mundial son mortificados por una rígida educación, insinuándose que esas represiones y conflictos ocultos están en la base del alma germana y harán eclosión años más tarde cuando el nazismo. Con Amour, redobla la apuesta. Una pareja de ancianos (Trintignant y Riva, dos íconos del cine francés) lleva una apacible vida de ex músicos, ya jubilados. Ella comienza a tener problemas de salud que comprometen primero su movilidad y luego su raciocinio. El final se anticipa en la primera escena, cuando los bomberos irrumpen en el apartamento. Esa crueldad inicial de forzar la puerta se atenúa en el largo raconto que es la película que empieza a narrar, en el parsimonioso estilo del director, las progresivas situaciones que enfrenta la pareja, desde un inicial escape de la realidad, hasta el desenlace, pasando por el progresivo, minucioso, entomológicamente cruel deterioro de la protagonista y con ella, del marido que debe cuidarla y se ata a ella en una última prueba de amor. La crueldad no está en la situación, que en sí misma es más bien de una abracadabrante ternura y devoción, sino en el tratamiento que Haneke, en su mejor estilo le da. Parece haber un desatinado y perverso placer en explorar minuto a minuto, las horas muertas, el tiempo que pasa, sin que ocurran muchas cosas, salvo la inevitable degradación de un cuerpo y una mente, escoltados por un marido que poco puede hacer y una hija que cuenta, sin mayor convicción, problemas que poco o nada importan. Porque Amour es un film sobre la tristeza, sobre la inevitabilidad de la muerte, pero ante todo sobre un peaje terrible que se debe pagar, y de paso hacerle pagar a los más próximos, sin que las opciones sean buenas. Y todo transcurre en una atmósfera apacible, de una tranquilidad que apenas se interrumpe ante una enfermera desconsiderada en el trato, una bofetada de frustración o discusiones en círculos respecto a qué hacer.
Sin duda es una obra mayor en la carrera del director, porque al margen de la gratuidad de los actos de films anteriores, que solo revelaban la infinita capacidad de maldad de los intrusos, o de los educadores (o de un adolescente en Benny’s video), lo que Amour plantea es la individualidad frente a lo inevitable. Todos morimos solos, verdad de Perogrullo, pero el drama aquí no es la muerte, que viene a ser más bien una liberación, sino el minucioso proceso por el cual, con sufrimiento propio y ajeno se llega a ella. Y a esto se superpone el tema del amor del título, que termina mostrándose en su faceta más terrible. En su alrededor gravitan algunos personajes mínimos, un ex alumno hoy consagrado, una pareja de conserjes serviciales y alguna situación externa como el entierro de un amigo. Después el mundo exterior se reduce a una paloma que invade el apartamento y se resiste así como luego lo harán los bomberos. Es un film terrible, de un director que parece regodearse en la crueldad última e inevitable de la existencia y que uno no sabe si admirar o detestar. O ambos a la par juntos.
Amor (amour)
Francia-Alemania, 2012
Director: Michael Haneke.
Elenco: Jean Louis Trintignant, Emmanuelle Riva, Isabelle Huppert
Tal Cual
y en esa categoría agrupó a unos cuantos consagrados: Hitchcock, Buñuel, Dreyer, Erich von Stroheim y algún otro. No es difícil encontrar el patrón común. Estos directores hurgaban en lo más oscuro del alma humana, ponían a sus personajes en situaciones emocionales extremas y, de forma tortuosa, iluminaban eso que podríamos llamar la condición humana. Bazin murió en el 58 y el mote no tuvo mayor repercusión, pero vale la pena exhumarlo a la hora de hablar de Michael Haneke. Es alemán, es el niño mimado de la crítica (especialmente francesa) y sus películas son un muestrario de, precisamente, la crueldad. Algunos ejemplos: en Funny games de 1997, dos sicóticos aterrorizan a una familia que vacaciona al borde de un lago (la rehízo 10 años más tarde en Estados Unidos). En La pianista, una relación masoquista entre una pianista sexualmente reprimida y su alumno aflora con pésimas consecuencias. Caché, es la crónica de otro acoso, el de una familia bien avenida por alguien que los filma en secreto. En La cinta blanca, los niños de un pueblo alemán antes de la primera guerra mundial son mortificados por una rígida educación, insinuándose que esas represiones y conflictos ocultos están en la base del alma germana y harán eclosión años más tarde cuando el nazismo. Con Amour, redobla la apuesta. Una pareja de ancianos (Trintignant y Riva, dos íconos del cine francés) lleva una apacible vida de ex músicos, ya jubilados. Ella comienza a tener problemas de salud que comprometen primero su movilidad y luego su raciocinio. El final se anticipa en la primera escena, cuando los bomberos irrumpen en el apartamento. Esa crueldad inicial de forzar la puerta se atenúa en el largo raconto que es la película que empieza a narrar, en el parsimonioso estilo del director, las progresivas situaciones que enfrenta la pareja, desde un inicial escape de la realidad, hasta el desenlace, pasando por el progresivo, minucioso, entomológicamente cruel deterioro de la protagonista y con ella, del marido que debe cuidarla y se ata a ella en una última prueba de amor. La crueldad no está en la situación, que en sí misma es más bien de una abracadabrante ternura y devoción, sino en el tratamiento que Haneke, en su mejor estilo le da. Parece haber un desatinado y perverso placer en explorar minuto a minuto, las horas muertas, el tiempo que pasa, sin que ocurran muchas cosas, salvo la inevitable degradación de un cuerpo y una mente, escoltados por un marido que poco puede hacer y una hija que cuenta, sin mayor convicción, problemas que poco o nada importan. Porque Amour es un film sobre la tristeza, sobre la inevitabilidad de la muerte, pero ante todo sobre un peaje terrible que se debe pagar, y de paso hacerle pagar a los más próximos, sin que las opciones sean buenas. Y todo transcurre en una atmósfera apacible, de una tranquilidad que apenas se interrumpe ante una enfermera desconsiderada en el trato, una bofetada de frustración o discusiones en círculos respecto a qué hacer. Sin duda es una obra mayor en la carrera del director, porque al margen de la gratuidad de los actos de films anteriores, que solo revelaban la infinita capacidad de maldad de los intrusos, o de los educadores (o de un adolescente en Benny’s video), lo que Amour plantea es la individualidad frente a lo inevitable. Todos morimos solos, verdad de Perogrullo, pero el drama aquí no es la muerte, que viene a ser más bien una liberación, sino el minucioso proceso por el cual, con sufrimiento propio y ajeno se llega a ella. Y a esto se superpone el tema del amor del título, que termina mostrándose en su faceta más terrible. En su alrededor gravitan algunos personajes mínimos, un ex alumno hoy consagrado, una pareja de conserjes serviciales y alguna situación externa como el entierro de un amigo. Después el mundo exterior se reduce a una paloma que invade el apartamento y se resiste así como luego lo harán los bomberos. Es un film terrible, de un director que parece regodearse en la crueldad última e inevitable de la existencia y que uno no sabe si admirar o detestar. O ambos a la par juntos. Amor (Amour) Francia-Alemania, 2012 Director: Michael Haneke. Elenco: Jean Louis Trintignant, Emmanuelle Riva, Isabelle Huppert Tal Cual |
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