| Las primarias en marcha (III) |
| Escrito por Armando Durán |
| Lunes, 24 de Octubre de 2011 07:21 |
El peor error que pueden cometer los precandidatos de la oposición es actuar como si en efecto viviéramos dentro del marco político de un régimen democrático, sin duda autoritario,
incluso abusivamente autoritario, pero democrático al fin y al cabo. Si persistimos en esta absurda tarea de engañar a los electores, mucho me temo que la oposición está condenada a hundirnos aún más en el abismo de la no pertinencia.En definitiva, a la hora de diseñar una estrategia y trazar un mensaje convincente para captar el voto de la mayoría, este punto, que no tenía por qué ser controversial, constituye el centro del dilema. ¿Cómo reaccionar, pongamos por caso, ante la parcialidad manifiesta del CNE y de todos los poderes públicos a favor de la causa chavista, la ininteligible respuesta del TSJ a la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre la inhabilitación de Leopoldo López o la multa millonaria aplicada a Globovisión, nada más y nada menos que por haber cumplido con su deber profesional de informar lo que ocurría en la cárcel de Rodeo durante los trágicos sucesos del pasado mes de junio? ¿Debemos considerar estos hechos como expresiones aisladas de un gobierno incapaz o confundido, o por el contrario asumirlos como capítulos perfectamente estructurados de la implacable estrategia de un régimen resuelto ideológica y políticamente a desconocer el derecho de los demás de existir, con el perverso propósito de seguir cercenando progresivamente los derechos democráticos de los venezolanos y garantizar la permanencia indefinida de Hugo Chávez en Miraflores? De la respuesta a estas preguntas depende que el mensaje se reduzca a los pajaritos preñados de siempre, o que tenga la fuerza suficiente para entusiasmar a la sociedad democrática. No se trata, como desde años nos repite la propaganda oficial, de elegir entre el camino electoral o el atajo de la guerra. Esta falta de alternativa está fuera de lugar, porque para los demócratas sólo hay un camino, el de la paz y la democracia. Pero una cosa es desdeñar la guerra y la violencia, y otra muy distinta suponer que jugar nuestras cartas en el tablero electoral implica necesariamente renunciar a nuestro derecho ciudadano de protestar y denunciar los desafueros de quienes pretenden conducir a Venezuela hacia la oscuridad impenetrable de un régimen totalitario. A Dios rogando, dice el viejo refrán, y con el mazo dando. Es decir, aceptar sin chistar el desafío electoral, pero sin renunciar en ningún momento al derecho de recurrir a otros mecanismos igualmente democráticos que están al alcance de cualquier sociedad que se sienta atropellada. Tal como hacen los "indignados" en las calles de todo el mundo. Hacer lo contrario, o sea, no darnos por enterados, recurrir al tonto y anacrónico argumento de los trapos rojos como excusa para mirar en otra dirección y no protestar para no poner en peligro lo que algunos llaman normalidad es la distancia más corta que nos separa del precipicio. Admitir esta realidad y aplicar todas las energías al esfuerzo colectivo de convertir la opción electoral en una opción realmente indestructible, o resignarse a contemplar impasibles cómo se desliza Venezuela hacia la nada. Si el precandidato de la oposición que resulte ganador en las primarias utiliza su mensaje para propiciar el bucólico y por supuesto inexistente clima de que aquí, mal que bien, avanzamos hacia una victoria sin remedio el próximo 7 de octubre, ¡ah, dichoso e infructuoso ultraoptimismo de los candidatos!, entonces habrá que ir preparándose desde ya a esperar que se produzca un milagro salvador que ciertamente no ocurrirá jamás. Para evitar el cataclismo de una derrota que esta vez puede resultar definitiva, primero habrá que quitarse de la cabeza esa visión inservible o interesada de los pajaritos preñados, y comprometernos a aceptar los riesgos que implica reconocer la verdadera naturaleza del régimen, Éste sería el primer paso a dar si de veras queremos ver la luz de la victoria al final del túnel. Enfrentar ese triunfalismo que no conduce sino a la decepción poselectoral y elaborar un mensaje convincente, capaz de entusiasmar a los venezolanos a afrontar el desafío de un futuro sin Chávez con el coraje que exigen las circunstancias. Abandonar la retórica de los lugares comunes y presentarle al país un plan que haga creíble no sólo ganar y cobrar, sino que sea un proyecto verosímil para restaurar de una vez por todas la institucionalidad democrática. Sin este plan no habrá transición posible. Y sin esa perspectiva de transición, ¿cómo imprimirles a las primarias el sentido de cambio posible necesario para derrotar a Chávez? EN |
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