| De la discoteca (fatal) |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 26 de Septiembre de 2011 02:02 |
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Sobre todo, contrastada con las décadas anteriores. Una historia, sociología o economía del negocio metropolitano de los encuentros a deshora, por llamarlo de alguna manera, revelará la hoy la escasez de lugares privilegiadísimos por sus cotas de seguridad, aunque no sea tan elevada la calidad de los artistas. Antes, fue posible la recreación hasta altas horas de la madrugada, incluyendo la circulación por calles y avenidas para volver a casa. La discoteca de tan extraordinario auge en el país anterior a las bonanzas petroleras, diseñada principalmente para los jóvenes y, por cierto, objeto de una indecible expansión y adaptación del delito organizado, en no pocas ocasiones, todavía espera por una consideración más serena en torno a la influencia ejercida en la conducta de varias generaciones que la reclamaron como emporio de desinhibida alegría. No abrigamos prejuicio alguno sobre ella, admitiendo que fueron pocas las veces que las intentamos, recrudecida una moda que hoy es de alto riesgo por su obligada contextualización. En un título más remoto o en otro más reciente, Napoleón Bravo y Gregorio Montiel Cupello respectivamente, enuncian y anuncian la importancia adquirida por la discoteca, identificando algunas de mayor fama en Caracas, pero es en los setenta que el fenómeno se multiplica geométricamente y, por las fuentes hemerográficas, nos permitimos deducir una quizá pronta sustitución de las rockolas y de los bares denominados de "mala muerte", reemplazados en el ánimo de los caseríos, pueblos y ciudades. Coletilla necesaria, indiquemos la reconversión laboral del "discjockey" que ahora simplificamos como un "Dj's" en demanda de reconocimiento artístico, y la radical democratización social de las minitecas que evolucionaron hasta caber en un "pen drive". Por una parte, Franco de Andrey, el entrevistado, dijo solicitar rigurosamente la cédula de identidad para evitar el acceso de los menores de edad, afirmando como una falacia "algo difícil de creer" el "asunto de las drogas". Convengamos que no todas las discotecas aterrizaban en las pistas delito, aunque el intento historiográfico debe incluir los archivos policiales e, incluso, los de las autoridades que concedían la patente de licores, de intentar un objetivo perfil. Valga acotar, la vigilancia privada para acceder y desenvolverse en una discoteca también ha experimentado una llamativa evolución, a juzgar por las películas afines que muestran la robustez y firmeza de quienes parecen miembros del Servicio Secreto de Washington. Finalmente, nos atrae una importante observación de Dugarte en torno al naciente mercado que prefirió escuchar y bailar la reproducción musical cuando la pauta fue la del espectáculo "en vivo". Así, inferimos un dominio de los cantantes o grupos musicales a la vista y al oído, en carne y hueso, desechados quizá por el género y la todavía limitada presencia en el dial de las emisoras de "corte juvenil", en vías de popularización del radio de transistores. Lejos de estigmatizar las discotecas, se ofrecen también como una materia pendiente para los tesistas ociosos que prefieren reinventar el agua tibia debido a una constante emergencia académica. Hubo sitios referenciales y sanos, al lado de los que - simplemente - perfeccionaron la gerencia del delito, aunque importa destacar la evolución del gusto juvenil de decenios superados: acaso, un Gerry Weill lo ejemplifica al pasar del gesto saludante de un "hippye" a la estampa conservadora del magnífico jazzista que es hoy. Necesaria coletilla final, escasamente aficionados a las páginas de sucesos, las discotecas se hacen una aventurada y fatal experiencia, a juzgar por el homicidio fútil ocurrido en un sector del oeste caraqueño donde el negocio lo suponíamos menos rentable. En horas de la madrugada, luego de la diversión, una persona no sólo fue arrollada deliberadamente dos veces, sino recibió un disparo de remate que interpela dramáticamente al Estado en Venezuela, el gran ausente: tampoco el país progresa, mientras él duerme. |
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