La muerte de la política
Escrito por Juan Martín Echeverría   
Lunes, 03 de Agosto de 2009 07:04

altLos analistas internacionales, los dirigentes de oposición y los ciudadanos, en un porcentaje cada vez mayor, rechazan las políticas oficiales, pero para el régimen lo importante no es que una política resuelva prioridades fundamentales de la población, sino que sea eficaz en relación a su permanencia en el poder y, sobre todo, que sea radical. Por eso cuando un alto funcionario cierra empresas, multa o declara que todos los males, desde Guaicaipuro, son responsabilidad de la burguesía, su promoción es inmediata y sale en la fotografía.

El dirigente político oficialista en el poder, se conduce al mismo tiempo como un opositor, por eso termina por no reconocerse en el espejo y confunde hasta a sus seguidores, en definitiva controla absolutamente el sector público y en paralelo manifiesta estar dispuesto a bajar a la calle y guiar el descontento: obviamente ambas acciones hacen inviable la gobernabilidad, porque no es posible vivir en el oasis y en las arenas calientes del desierto.

De allí que descubramos con asombro que importe más la propaganda, lo escénico y las promesas, que resolver las necesidades de los venezolanos. Doble rol que justifica la ineficiencia con el amor al pueblo. En este periódico, el pasado 23 de julio, Pedro Luis España analiza que la ola de movilidad social ha sido principalmente aprovechada por quienes estaban preparados para captar la renta petrolera, estudia que antes de esta década sólo el 25% de la clase D habitaba en barrios y ahora la proporción es del 57%; ello explica la presencia de familias con ingresos importantes en zonas populares, como Antímano o San Agustín, sin embargo frente a la carencia de viviendas no están en condiciones de mudarse. Concluye que hay diez millones de pobres y su calidad de vida ha empeorado, al estudiar la proporción de viviendas sin servicio de agua, piso de tierra, el promedio educativo de sus habitantes y el ingreso familiar.

Las ideologías radicales se abrazan con demasiada rapidez a las vías autoritarias, se pervierten, hacen ruido y terminan reaccionarias; lo peor es que rechazan el sentido común, persiguen a los que se declaran neutrales y utilizan la democracia para destruirla, desmantelando las instituciones. Definitivamente estamos inmersos en un presente brutal, con proyectos de leyes referidos a lo electoral, educativo, la propiedad, el trabajo y los delitos mediáticos, que destruyen las garantías y libertades.

Hay una izquierda responsable que prefiere los mecanismos de mediación, frente a una izquierda irresponsable, que prioriza la confrontación bélica y se casa con los movimientos armados, el lenguaje duro y por lo menos tolera el narcotráfico. Sobre este último aspecto hay dos hipótesis: la blanda es la permisividad que prefiere ignorar barcos y aviones cargados de cocaína, y la dura, que busca aprovechar los inmensos recursos del narcotráfico en beneficio de la desestabilización del enemigo por el daño que se le hace a su sociedad. En cualquier supuesto, una parte de la droga se queda en el país y daña a la juventud, mientras la legitimación de capitales implica crimen organizado e inquietantes alianzas. Cada quien debe asumir sus responsabilidades, porque la historia en su debido momento las reclamará.

La globalización es una realidad y es inevitable participar como actor, e incluso protagonista, por las magnitudes del recurso petrolero; en consecuencia las empresas y naciones necesitan espacios de maniobra para reducir las diferencias y fortalecer las coincidencias. Eso explica las recientes declaraciones de Raúl Castro, donde plantea un nuevo ajuste en la economía cubana, por ello declara que la cuestión no es "patria o muerte", sino sudor para que Cuba produzca sus alimentos en una estrategia de seguridad alimentaria, en especial cuando un 80% es importado de Estados Unidos y Canadá. El régimen comenzó con el revanchismo social, siguió con la tesis del enemigo objetivo y en este momento huye hacia adelante, multiplicando el temor del inversionista y el ciudadano, pero lo perverso es que no atiende como es debido a los diez millones de pobres que requieren preparación y empleo. Ello tiene su razón de ser en que el socialismo radical no gobierna para 27 millones de venezolanos, sino para la minoría que lo apoya incondicionalmente; la tesis es que el Estado absorba la sociedad civil y nos convirtamos en sus súbditos, en base a la hegemonía y control comunicacional de la troika: propaganda, información y opinión, ya que el gobierno tiene una voluntad de supremacía sobre la sociedad.

Quien no comparta el pensamiento único está fuera del dogma del proceso: el socialismo del siglo XXI niega la pluralidad, a través de la explosiva mezcla de populismo, comunismo, autoritarismo y totalitarismo, reduciendo la democracia a su mínima expresión. El socialismo radical le rinde culto a la muerte y ello incluye a la política, por ello la consigna es la destrucción del opositor calificado como enemigo.

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