| ¿Victoria por derrota? La apuesta iraní de ganar la guerra económica mientras pierde la militar |
| Escrito por Douglas C. Ramírez Vera | @AccHumGremial |
| Miércoles, 01 de Abril de 2026 04:11 |
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Si está enterado de las noticias internacionales, desde el 28 de febrero de 2026 ya no debe ser nada raro el nombre del estrecho de Ormuz, pero tal vez no sea tan común el nombre del estrecho de Bab el-Mandeb[2]. Es probable que los puertos de Primorsk y Ust-Luga (Báltico)[3] y de Novorossiysk (Mar Negro) sean aún menos conocidos, ya que actualmente son los únicos puertos aliviaderos para la exportación de crudo y derivados de Rusia, distintos a las vías hacia Asia por oleoductos, especialmente dirigidos a China. Los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb son importantes por varias razones, incluyendo el conflicto entre Irán y naciones como Estados Unidos e Israel. Son cruciales para el transporte de combustibles. Además, son rutas clave en el comercio global de la cadena de suministro entre Europa, el Medio Oriente y Asia. Sostienen la red digital que conecta continentes, ya que albergan los cables submarinos de fibra óptica que facilitan la comunicación de la red global de Internet. La red global Es relevante señalar que la acumulación de estos cables en el Mar Rojo les ha convertido en un área susceptible de riesgos. En tiempos recientes, grupos como los hutíes en Yemen han manifestado su intención de dañar esta infraestructura, en particular cables como el AAE-1, debido a su posición estratégica frente a la costa de Yemen. En el Mar Rojo, el paso por el estrecho de Bab el-Mandeb es crucial. Una de las conexiones más significativas es: El consorcio del cable AAE-1 (Asia-África-Europa-1): Este sistema de 25.000 km es gestionado por un consorcio compuesto por 17 empresas de telecomunicaciones. Entre los participantes más relevantes que operan se encuentran Telecom Egypt (Egipto) y China Unicom en secciones clave. Un escenario en el que Irán y sus colaboradores (incluidos los hutíes en Yemen) interrumpieran los cables de comunicación en el Estrecho de Ormuz y el Mar Rojo no solo sería un simple corte de internet. Esto resultaría en una alteración mundial que tendría repercusiones económicas, políticas y sociales inmediatas y de gran envergadura. A partir de análisis de especialistas y considerando que más del 95% del tráfico global de internet (que incluye miles de millones de dólares en transacciones financieras diarias) circula a través de cables submarinos, un ataque coordinado podría deteriorar o cortar el servicio en amplias zonas. Los estudios sugieren que las naciones del Golfo Pérsico podrían perder entre el 70% y el 90% de su conectividad, mientras que naciones como India (que depende de estos cables para su economía digital) podrían experimentar caídas de entre el 30% y el 40% de su capacidad, enfrentando serios retrasos y lentitud. Otros países como Pakistán y los de África Oriental también sufrirían interrupciones significativas. Los sistemas que dependen de esta infraestructura se verían desbordados o severamente restringidos. Los métodos de pago digital (tarjetas, transferencias), la banca en línea y las operaciones en mercados bursátiles se encontrarían interrumpidos. Los servicios de grandes compañías tecnológicas (Microsoft, Google, Amazon Web Services) que manejan centros de datos en la región tendrían interferencias en sus operaciones y en la conexión con sus oficinas globales. Comunicaciones: Las plataformas de VoIP (WhatsApp, Zoom, Teams) tendrían fallos o registrarían una calidad muy deficiente, perjudicando tanto a usuarios individuales como a empresas. A diferencia de un corte ocasional, la gran distinción en esta situación sería la falta de capacidad para arreglar los daños de forma oportuna. Las empresas que poseen los cables (como Ooredoo, GBI o los grupos que gestionan sistemas como AAE-1 o IMEWE) no pueden enviar sus barcos de reparación a áreas de conflicto activo, ya que estos serían objetivos fáciles o enfrentarían un riesgo inaceptable. En un evento similar en 2024 (cuando un barco hundido por los hutíes afectó cables en el Mar Rojo), las reparaciones requirieron seis meses debido a la inseguridad. En un conflicto a gran escala, este período podría alargarse indefinidamente, dejando a las regiones impactadas con una conectividad limitada o completamente ausente por un tiempo prolongado. El uso de minas marítimas por parte de Irán en el Estrecho de Ormuz para bloquear el tránsito de embarcaciones petroleras también dificultaría las labores de reparación de cables, y la eliminación de estas minas después de un conflicto podría demorar años. Este panorama se desarrollaría al mismo tiempo que una fuerte crisis energética, dado que el mismo conflicto habría detenido el 20% del petróleo y el gas natural licuado que transita por el Estrecho de Ormuz, lo que ya estaría ocasionando un incremento en los precios de la energía en todo el mundo. Así, la crisis digital se sumaría a la ya existente crisis energética. La incertidumbre originaría un efecto inmediato sobre la inversión de capital extranjero. Compañías como Meta han detenido iniciativas clave (tal como el proyecto de cable 2Africa) a causa del aumento del conflicto. Un corte intencionado de cables disuadiría a las grandes empresas tecnológicas de continuar invirtiendo en centros de datos en la región, considerándola como un área con alto riesgo. A largo plazo, se impulsaría la búsqueda de caminerías que esquiven estos puntos críticos (como el trayecto por el Ártico o vías terrestres a través de Asia Central), aunque esto implicaría una inversión millonaria y varios años de planificación. Los especialistas apuntan que causar daño a estos cables es una acción complicada. Aunque Irán o los hutíes poseen la capacidad técnica, interrumpir cables multinacionales también perjudicaría a naciones aliadas de Irán (como China o Rusia), lo que añade una capa de disuasión estratégica. Un ataque de este tipo se consideraría una escalada significativa en un conflicto ya inestable. En resumen, si se llevara a cabo un ataque coordinado en ambos puntos críticos, las repercusiones irían mucho más allá de un sencillo "internet lento". Sería un ataque simultáneo a las infraestructuras energéticas y digitales globales, con tiempos de reparación inciertos y un impacto económico que podría alcanzar billones de dólares en pérdidas, reconfigurando el panorama de la seguridad de infraestructuras críticas a nivel mundial. La crisis energética Antes del conflicto del 28 de febrero de 2026, la producción global de petróleo alcanzaba los 107,15 millones de barriles diarios, mientras que la demanda mundial era de 105,45 millones de barriles diarios. Para marzo de 2026, la producción mundial se ha reducido a 98,8 millones de barriles diarios. Esto ha dado lugar, a un déficit que oscila entre 9 y 10 millones de barriles diarios. Antes del conflicto, el promedio diario de petróleo crudo y combustibles líquidos que se transportaban por el Estrecho de Ormuz era de aproximadamente 19,2 millones de barriles diarios, de los cuales alrededor de 15 millones eran petróleo crudo. Actualmente, los niveles de transporte marítimo han caído más del 90 por ciento (https://tinyurl.com/22paa3lc). Mientras continúa el cierre del Estrecho de Ormuz, las interrupciones en el transporte de petróleo crudo han añadido presión sobre los inventarios. La capacidad de almacenamiento en tierra de los estados del Golfo está cada vez más saturada, y Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Irak y Kuwait se han visto obligados a implementar grandes recortes de producción, lo que resulta en una pérdida total de producción de 6,7 millones de barriles por día, o alrededor del 6% del suministro mundial de crudo (https://tinyurl.com/22paa3lc). La capacidad que tiene Rusia para exportar petróleo está inactiva en este momento debido a varios factores, incluyendo ataques con drones provenientes de Ucrania, daños en los conductos de petróleo y la confiscación de buques tanque en Europa. ¿Por qué están sucediendo estas alteraciones? Ucrania ha intensificado sus ofensivas contra la infraestructura energética de Rusia. Entre el 23 y el 25 de marzo, los ataques afectaron a los puertos de Primorsk y Ust-Luga, los más importantes en el Báltico. Esto ocurre en medio de un conflicto en el Golfo Pérsico, que ha elevado los precios del petróleo a más de 100 dólares por barril. Rusia intenta redirigir sus exportaciones hacia Asia, aunque sus capacidades logísticas son limitadas en comparación con las rutas occidentales. A pesar de los ataques, Rusia planea aumentar la capacidad de sus puertos para 2026, con un incremento de 15,5 millones de toneladas en Ust-Luga y 13,2 millones en Vladivostok. Actualmente, Primorsk y Ust-Luga enfrentan interrupciones, mientras que Novorossiysk opera con capacidad reducida. Kozmino y las rutas hacia China son más estables, con una capacidad de 1,9 millones de barriles diarios, lo que ha resultado en una pérdida de 2 millones de barriles diarios en exportaciones. El cierre simultáneo de los dos principales cuellos de botella en el Medio Oriente junto con el colapso de los puertos rusos del Báltico no es una suposición teórica. Los informes recientes indican que esto es precisamente lo que está sucediendo en este momento. El 30 de marzo de 2026, la crisis de los "dos cuellos de botella" se ha vuelto una realidad: el estrecho de Ormuz está prácticamente cerrado para la mayoría de las actividades comerciales, y los hutíes han designado el estrecho de Bab el-Mandeb como "zona de combate restringida". Al mismo tiempo, los ataques de drones desde Ucrania han inutilizado la capacidad de exportación de petróleo de Rusia, incluidos los puertos de Primorsk y Ust-Luga en el Báltico. En este panorama, Kozmino y las rutas hacia China siguen funcionando, pero esto no alivia la magnitud del impacto global. Conclusión Estos hechos se resumen en que los precios del petróleo Brent ya están sobre los $120. Los modelos de la Reserva Federal de Dallas estiman que un cierre de Ormuz por un trimestre reduciría el PIB global en 2,9 puntos porcentuales y elevaría el precio del petróleo a $98 por barril en el escenario moderado. Pero ese modelo no contemplaba el colapso simultáneo de Rusia y Bab el-Mandeb. La realidad actual supera ampliamente esas proyecciones. Con ambos estrechos cerrados, las navieras no tienen otra opción que rodear África: Esto implica un aumento de la distancia, el recorrido por el Cabo de Buena Esperanza añade aproximadamente 3.500 millas náuticas por viaje. El costo de enviar un contenedor de 40 pies desde Shanghái a Róterdam ha superado los $15,000, niveles no vistos desde las crisis de 2021-2022. Las tarifas para el flete de supertanqueros, en rutas alternativas, han alcanzado los $460,000 por día. El bloqueo de Ormuz impacta igualmente a otros bienes cruciales: el gas natural licuado reduce su oferta en alrededor del 20% del suministro mundial. La urea (fertilizante) cae cerca del 30% de la producción total y el amoníaco y los fosfatos caen aproximadamente en un 20% a nivel global y el azufre cae en torno al 50% de la oferta del mundo. Esto tendrá impactos directos en la producción de alimentos a nivel global, especialmente en regiones dependientes de fertilizantes importados. China se beneficia al recibir petróleo de Rusia y asegurar su suministro energético a corto plazo, pero enfrenta desventajas al tener que pagar más por sus exportaciones hacia Europa y depender de fertilizantes transportados por estrechos cerrados. India es muy vulnerable debido a su alta dependencia del petróleo importado, lo que podría afectar su economía si los estrechos se cierran. Europa, aunque redujo su dependencia del gas ruso, ahora enfrenta altos precios de la energía y la industria manufacturera se ve amenazada. Estados Unidos es el gran beneficiado como principal productor de petróleo y gas, aunque incurre en altos costos por tensiones geopolíticas. América Latina y África también ganan, con aumentos en la demanda de sus exportaciones y mejoras logísticas en puertos estratégicos. El Brent ya supera los 126 dólares y los modelos que anticipaban un tope de 98 parecen, en retrospectiva, ingenuamente optimistas. La realidad ha superado incluso las proyecciones más sombrías de Dallas: no es solo Ormuz, no es solo Rusia, no es solo Bab el-Mandeb. Es la simultaneidad de tres colapsos que nadie había modelizado junto, y que están reconfigurando el comercio global a una velocidad que solo la crisis del COVID había anticipado, pero con una diferencia crucial: esta crisis no tiene fecha de caducidad programada. Mientras los fletes se multiplican por cuatro y el comercio de contenedores se contrae entre un 10 y un 15 por ciento, está emergiendo algo más profundo que una simple crisis de precios. Los tres bloques comerciales que se perfilan —el Euroasiático, el Atlántico y el Sur Global— sugieren un orden que ya no gira alrededor de la globalización fluida, sino de la conectividad segmentada, fruto del miedo compartido a que un cable, un estrecho o un puerto pueda desaparecer mañana. Irán, empobrecido y aislado, ve cómo su propia supervivencia depende de que este caos se prolongue, de que el colapso no sea un evento sino una condición permanente. Y en esa paradoja reside la pregunta que el mundo deberá responder en los próximos meses: ¿se puede ganar una guerra mundial perdiendo una batalla local? El precio del petróleo lo sugiere. La fragmentación del comercio lo confirma. Pero solo el tiempo dirá si Irán ha calculado correctamente, o si ha pagado con su propia existencia el privilegio de haber demostrado al mundo cuán frágil era su prosperidad. Notas [2] Bab el-Mandeb significa literalmente "Puerta de las Lágrimas" o "Puerta del Dolor" en árabe (bāb = puerta, [3] Primorsk y Ust-Luga son los dos puertos de exportación de petróleo más estratégicos y de mayor volumen de Rusia en el mar Báltico, situados en el golfo de Finlandia. Actúan como centros logísticos clave para la salida de crudo, derivados del petróleo y gas licuado hacia mercados globales, siendo ambos objetivos frecuentes de ataques de drones ucranianos en 2026.
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