| Ángel Bernardo Viso y la memoria venezolana |
| Escrito por Ramón Escovar León | X: @rescovar |
| Martes, 12 de Mayo de 2026 00:00 |
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Eso me ocurre con Venezuela: Identidad y Ruptura, de Ángel Bernardo Viso. Por eso vuelvo hoy sobre esta obra años después de mi primera lectura. Viso pertenece a la tradición de los ensayistas que intentan comprender la historia nacional desde categorías culturales y no desde consignas ideológicas. En él se percibe claramente la influencia de la gran tradición francesa de pensamiento: el gusto por la claridad conceptual, la reflexión histórica de gran calado y una mirada crítica capaz de interrogar los mitos políticos sin complacencia. No es casual que en Las revoluciones terribles dedique páginas de admiración a Francia, país que asocia con una de las más altas expresiones de la cultura política occidental. Ese trasfondo intelectual le permite abordar un tema particularmente delicado de la historia venezolana: la forma traumática en que se produjo nuestra separación de España. La Independencia venezolana suele narrarse como una liberación absoluta: el nacimiento glorioso de la patria frente a un pasado hispánico —o colonial, como suele llamársele— reducido a oscuridad y opresión. Sin embargo, Viso observa que la ruptura con España no solo implicó la separación política de la metrópoli; significó también la negación simbólica de tres siglos de historia compartida. Allí se encuentra, según él, el origen de una fractura identitaria todavía no resuelta. Brasil ofrece un contraste revelador. Su independencia no produjo una guerra de devastación semejante a la venezolana. No hubo destrucción masiva de la economía ni una ruptura radical de la continuidad institucional. En Venezuela, en cambio, la guerra adquirió un carácter total. El Decreto de Guerra a Muerte condensó esa lógica extrema: el adversario político se convirtió en enemigo absoluto. Tal vez allí encuentra eco esa noción amigo-enemigo que más tarde Carl Schmitt convertiría en una de las categorías de su pensamiento político. Fue durante el período hispánico cuando se formaron nuestras ciudades, nuestras instituciones, nuestro idioma común y buena parte de la sensibilidad cultural venezolana. Pero la nueva república necesitó construir su legitimidad sobre el rechazo de ese pasado. El español dejó de ser únicamente un adversario político para convertirse en una figura moral e históricamente condenable. Viso sugiere entonces una idea incómoda: Venezuela terminó rechazando una parte esencial de sí misma. La nación surgió sobre una especie de amputación histórica. La consecuencia fue una conciencia nacional fracturada, incapaz de reconciliar continuidad y ruptura. Uno de los capítulos más relevantes del libro se titula precisamente “Se interrumpe la espera”. Allí Viso sostiene que la Independencia precipitó violentamente un proceso histórico todavía inconcluso. La sociedad venezolana no había consolidado instituciones civiles estables ni una cultura política madura cuando estalló la guerra de Independencia. La ruptura interrumpió una evolución gradual y abrió el camino al predominio militar. La consecuencia fue decisiva: la espada adquirió más legitimidad simbólica que las leyes. En este punto, Viso dialoga críticamente con Laureano Vallenilla Lanz y su célebre Cesarismo democrático. Aunque reconoce la agudeza histórica de Vallenilla, rechaza la idea de que Hispanoamérica estuviera fatalmente destinada al despotismo y al caudillismo. Viso recuerda que durante el período colonial existieron formas de descentralización, tradiciones municipales y espacios de representación política mucho más complejos de lo que posteriormente admitiría la interpretación cesarista. La Independencia —sostiene— no destruyó una sociedad condenada al atraso absoluto, sino una realidad histórica que todavía evolucionaba y que pudo haber seguido otro curso institucional. Por eso considera equivocado reducir la historia venezolana a una supuesta incapacidad congénita para la vida civil. Más bien, el drama venezolano habría surgido de una ruptura traumática que terminó exaltando la violencia, el mesianismo militar y la lógica amigo-enemigo como fundamentos de la política. Después de la Independencia, el héroe militar ocupó el centro de la conciencia nacional. El caudillo desplazó al ciudadano. La política comenzó a depender menos de instituciones que de figuras providenciales capaces de encarnar la salvación colectiva. Desde el siglo XIX Venezuela parece oscilar entre distintas versiones del mismo mesianismo político. Viso observa además que la historia republicana venezolana terminó organizándose alrededor de una narrativa épica donde el héroe militar eclipsó casi completamente la tradición civil. Bolívar dejó de ser solamente un personaje histórico para convertirse en símbolo absoluto. La Independencia adquirió rasgos de religión política. Y toda revisión crítica del pasado comenzó a percibirse como una forma de traición. La consecuencia fue una memoria simplificada, incapaz de aceptar matices, contradicciones o continuidades históricas. La historia dejó de servir para comprender y comenzó a utilizarse para movilizar emociones colectivas. Quizás allí resida una de las claves más profundas de la crisis venezolana contemporánea. Sin embargo, uno de los aportes más penetrantes de Viso sigue siendo su reflexión sobre el resentimiento venezolano. Mucho antes de la polarización contemporánea, identificó en nuestra cultura política una tendencia persistente a buscar culpables externos de nuestros males. Primero España; después el imperialismo, el capitalismo, las oligarquías, Estados Unidos o cualquier otra figura capaz de explicar nuestras frustraciones históricas. Ese resentimiento nace precisamente de la ruptura con el pasado. Una nación que no logra reconciliarse consigo misma termina construyendo su identidad alrededor del agravio y de la negación. La política deja entonces de orientarse por proyectos nacionales y comienza a organizarse alrededor de enemigos absolutos. La obra de Viso no propone nostalgias ni apologías de España. Su planteamiento es mucho más sofisticado: ninguna nación madura puede construirse sobre el odio hacia una parte de sí misma. Ese ensayo —publicado originalmente en 1982 y recuperado ahora por Editorial Dahbar en las obras completas de Viso— sigue siendo una de las reflexiones más originales sobre la psicología política venezolana. En tiempos de fractura y fanatismo, volver a Venezuela: Identidad y Ruptura constituye un ejercicio de lucidez intelectual y de reconciliación crítica con nuestra propia historia.
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