Renacimiento o metamorfosis de la bestia
Escrito por Ángel Menín Guerrero | IG @AngelgMenin   
Lunes, 11 de Mayo de 2026 00:00

altLas paredes de Venezuela están perdiendo el tono rojo.

Hoy asistimos al desmantelamiento de imágenes, gritos de guerra y consignas militares que, durante un cuarto de siglo, probaron el grado de totalitarismo al que fuimos sometidos. Los «ojos que todo lo veían» se tapan bajo capas de pintura fresca. Y yo, me pregunto:

¿Quién está al mando de esta purga simbólica, ideológica y cultural? ¿A quién debemos agradecer este repentino pudor estético? ¿Esto es un acto obligado de transición o una maniobra de supervivencia de un sistema que intenta mutar?  Solo estoy seguro que el cambio de poder en Venezuela responde a los intereses personales de Trump y que solo cuando sus intereses se lo permitan habrá elecciones en Venezuela y con eso la bestia tratará de incrustarse en poder nuevamente de forma democrática y corremos el riesgo de que el celebrar una simple metamorfosis, y que en realidad sea solo una pretención para presentarse renovados en un eventual periodo de elecciones ya que la democracia y la constitución asegura que todos los factores están invitados a participar, y justamente ahí está el peligro, porque la bestia de varias cabezas, esa estructura de control absoluto que secuestró el país hace décadas,  y a simple vista parece estar buscando una nueva fachada: una más democrática, unificadora y conciliadora, diseñada para sobrevivir al proceso judicial tras la captura de su cabecilla el 3 de enero y la presión de EE. UU. Sin embargo,  hay que ser cautelosos puesto que la bestia sigue adentro con rehenes en sus cárceles, agazapada, vestida de azul o naranja y armadas con un papel de víctima cínica. Independientemente de la intención de quienes hoy rigen el poder transicional, quitar esta simbología es un avance indudable. Es el primer paso para extirpar un cáncer que no solo consumió los fondos públicos, sino que intentó devorar nuestras buenas costumbres.

Chávez y sus cómplices ideológicos no solo buscaron el poder político; buscaron la propiedad absoluta hasta con el alma del venezolano. Para lograrlo, recurrieron a una herramienta del «totalitarismo popular»  enaltecer los antivalores de los sectores marginados. Bajo la pretensión de «empoderar al pueblo», el sistema trastornó la figura del ciudadano trabajador para imponer el mito del «Hombre nuevo del siglo XXI».

Este «Hombre nuevo  del siglo XXl y hecho en socialismo» no fue más que un constructo diseñado para normalizar la precariedad y el resentimiento y así gobernar una Venezuela polarizada.  Se confundió deliberadamente a las clases populares con la cultura del «enchufe manda». Se nos quiso convencer de que el irrespeto a la ley, la viveza criolla y el culto a la violencia eran rasgos de «autenticidad». El resultado: generaciones enteras crecieron normalizando antivalores, haciéndolos su cultura, porque no conocieron otro espejo donde mirarse. El sistema totalitario que se instaló gobernaba las mentes mediante la deformación propagandística y el miedo, vieras a donde vieras, el color rojo se volvía casi insoportable y una tortura psicológica para quienes nunca estuvimos a favor de la revolución.

Hoy, mientras transmutan las vallas y los colores representativos, debemos entender que la cultura venezolana no se recupera solo con pintura ni con algún que otro grito militar que enarbolaba el nombre del maligno. La verdadera purga debe ser cultural, educativa y espiritual Debemos rescatar el concepto del «buen venezolano», aquel definido por el esfuerzo, la decencia y la civilidad, de las garras de una dictadura totalitaria. Y, si no recordamos que la bestia solo está cambiando de piel para seguir habitando en Miraflores y en todas partes donde manejan al país hoy.  vamos a tener que enfrentarnos a una bestia renovada que usará todos los recuersos robados para seguir dañandonos desde el poder. Pero los Venezolanos de bien estamos llamados a cumplir con un deber sagrado de recordar a todos lo capaces que son de hacer por el poder y la plata. La libertad real empezará el día en que el «Hombre Nuevo» muera definitivamente en nuestro comportamiento cotidiano y recuperemos, por fin, el derecho a ser ciudadanos, no zombies de una estética de la decadencia.


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